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Spotify relega en sus recomendaciones la música generada por IA

La plataforma etiquetará los perfiles construidos con inteligencia artificial y los apartará de sus listas automáticas; no consta litigio judicial vinculado a la decisión.

Por Redacción de El Hemiciclo·
4 min de lectura
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Spotify ha anunciado un cambio de política interna para identificar y relegar en sus recomendaciones automáticas las canciones y los perfiles de artistas construidos primordialmente con inteligencia artificial, según ha trascendido estos días.

La compañía crea una categoría específica que señalará las canciones y los perfiles construidos primordialmente con inteligencia artificial, apartándolos de las listas de reproducción automatizadas y de las recomendaciones algorítmicas, de modo que solo aparezcan ante quienes los busquen de forma expresa. Con ello revierte una postura previa más permisiva, que había dado cabida en sus playlists a perfiles enteramente artificiales como el atribuido a Tocanna.

No consta que exista causa abierta en la Audiencia Nacional, en ningún juzgado de instrucción español ni en instancias europeas contra Spotify, contra los creadores de esos perfiles ni contra terceros por este asunto. Se trata de una decisión empresarial, no de una sentencia ni de una medida cautelar dictada por ningún órgano judicial. La precisión importa porque el debate sobre la propiedad intelectual de las obras generadas por inteligencia artificial sí tiene, en paralelo, un frente judicial abierto en varios países, aunque no vinculado directamente a este anuncio.

En España, el texto refundido de la Ley de Propiedad Intelectual, aprobado por el Real Decreto Legislativo 1/1996 y modificado en sucesivas ocasiones para adaptarse a directivas europeas, no contempla expresamente la autoría de obras generadas íntegramente por sistemas de IA sin intervención humana significativa. Ese vacío ha empezado a abordarse caso por caso en distintas jurisdicciones, principalmente en Estados Unidos, donde la Oficina de Derechos de Autor ha rechazado registrar obras sin autoría humana.

La decisión se apoya en datos propios de la plataforma que muestran una caída del interés de los oyentes en cuanto se revela el origen artificial de una canción, así como un descenso paralelo en la disposición a pagar por esa música o por productos derivados. Ese patrón coincide con las conclusiones de un estudio de Jana Friedrichsen, Julia Schwarz y Michel Clement, publicado a través del centro de investigación económica CESifo, con sede en Múnich: cuando no se informa del origen de una pieza, los oyentes están dispuestos a pagar en torno a 0,55 euros por ella, cifra que cae hasta poco más de 0,35 euros cuando se les advierte de que fue generada por inteligencia artificial.

El propio estudio advierte de un riesgo estructural para las plataformas de streaming. Según sus autores, si la música generada por IA se etiqueta de forma sistemática, la menor disposición a pagar de los usuarios podría reducir el fondo total de regalías disponible para repartir entre los artistas, lo que afectaría no solo a los creadores de contenido artificial, sino también, indirectamente, a los músicos humanos que dependen del mismo fondo. El texto extiende esa preocupación a otras industrias sometidas a modelos de suscripción, como la edición de libros electrónicos, donde ya circula un volumen creciente de obras generadas por algoritmos.

A este cuadro se suma un informe de la firma especializada en analítica musical Luminate, que documenta un deterioro sostenido del interés de los consumidores por la música generada con inteligencia artificial: el descenso neto pasó de un 13% en mayo a un 20% en noviembre, según los datos recogidos por la compañía. El fenómeno afecta a todas las franjas de edad, aunque son las generaciones más jóvenes —la Generación Z y la Generación Alfa— las que muestran el mayor deterioro relativo, con una caída de diez puntos porcentuales, del 6% al 16% de descenso neto.

La reacción dentro de la industria no ha sido uniforme. Discográficas y representantes de artistas humanos han recibido la medida como una reivindicación frente a la proliferación de contenido artificial, mientras que sectores que han invertido en la producción de música generada por algoritmos han expresado inquietud por la pérdida de visibilidad y de ingresos que puede derivarse de la nueva etiqueta. Spotify no ha precisado, por el momento, un calendario detallado de aplicación ni los criterios técnicos que delimitarán qué perfiles quedan afectados.

El equilibrio que busca la compañía no es sencillo, porque mantiene su apuesta por otras herramientas de inteligencia artificial con papel activo en su producto, como el DJ digital que genera locuciones personalizadas o la función que convierte listas de reproducción en mezclas automatizadas al estilo de un mixtape. La frontera que traza separa, en teoría, las herramientas de IA que asisten a un proceso creativo con intervención humana de aquellas que generan contenido de forma autónoma y lo presentan como si procediera de un artista real.

Como precedente en la gestión de contenido generado por máquinas, cabe recordar el debate que atravesó la industria del streaming con la música de librería y los llamados «artistas fantasma» durante la última década, un fenómeno que ya entonces generó tensiones sobre la transparencia hacia el oyente sin derivar en litigios masivos ante los tribunales, salvo disputas puntuales por derechos de autor resueltas en la jurisdicción mercantil. La cuestión de la autoría de las máquinas enlaza, además, con debates más antiguos sobre los derechos conexos de intérpretes y productores.

De cara a los próximos meses, el desarrollo de esta política de etiquetado podría abrir la puerta a reclamaciones de creadores de contenido artificial que consideren perjudicada su visibilidad, aunque cualquier disputa de ese tipo tendría que plantearse ante los tribunales civiles o mercantiles competentes por eventual incumplimiento contractual, sin que exista indicio de que se haya presentado una demanda hasta la fecha. La aplicación progresiva del Reglamento de Inteligencia Artificial de la Unión Europea, en vigor desde 2024 con plazos escalonados de implantación, podría además reforzar las obligaciones de transparencia de plataformas como Spotify hacia sus usuarios en los próximos ejercicios.

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