El territorio conserva vestigios muy anteriores a sus primeros registros escritos. Según el centro de información turística Galiceando, en la comarca sobreviven el Dolmen de Axeitos, las mamoas de Pipín y Fieiteira y petroglifos como el conocido A Pedra das Cabras. Durante siglos el puerto tuvo una importancia limitada, entre otras razones por las incursiones de vikingos, sarracenos y piratas que asolaron el litoral atlántico, un condicionante que frenó el desarrollo de la villa en sus primeras centurias documentadas.
La trayectoria económica cambió a finales del siglo XVIII, cuando Ribeira se transformó en uno de los principales puertos pesqueros de Galicia. Según Bluscus Turismo Marinero, comerciantes catalanes impulsaron entonces la industria de la salazón, germen de la actual tradición conservera que todavía hoy convive con la lonja y el paseo marítimo como escenarios cotidianos de la vida local.
El reconocimiento institucional llegó en 1906, cuando Alfonso XIII concedió a Ribeira el título de ciudad en atención a su desarrollo industrial y comercial. Aquel hito marcó el inicio de una etapa de expansión que, con matices, se prolongaría hasta mediados del siglo XX, cuando la villa experimentó un crecimiento económico y demográfico estrechamente vinculado a la actividad marítima, con un modelo que combinaba la pesca artesanal y una industria conservera en auge.
Las décadas de 1960 y 1970 trajeron la modernización del sector, con una orientación progresiva hacia la pesca de altura que convivió con el mantenimiento de las artes tradicionales. La incorporación de España a la Comunidad Económica Europea, efectiva el 1 de enero de 1986, introdujo dificultades para el sector pesquero y para parte del tejido industrial asociado, un proceso de adaptación a la política pesquera comunitaria que afectó por igual a numerosas localidades del litoral atlántico español.
Ribeira logró, según las mismas fuentes turísticas, recuperar parte de su dinamismo gracias a la llegada y el regreso de población joven, un factor que explicaría la combinación actual entre actividad pesquera consolidada y un sector turístico estival que ha ganado protagonismo en las últimas décadas como complemento económico del municipio.
Patrimonio religioso y castros de Ribeira
Más allá de los restos prehistóricos, Ribeira conserva un patrimonio religioso y etnográfico que incluye varios cruceiros, entre ellos los de la Capeliña, O Castelo, la plaza de Teruel y O Pombal. La iglesia de Santa Uxía de Ribeira y capillas como la de A Guía, Santa María de Corrubedo y O Corazón de Xesús completan un itinerario que entrelaza la fe popular con la memoria de los antiguos castros, como el Castro da Cidá y el de Porto Baixo.
Los miradores del municipio ofrecen otra vía de aproximación a su geografía. El monte Tahume, el mirador de A Garita y Os Forcados permiten observar distintas perspectivas de la costa y de la península del Barbanza, mientras que A Pedra da Rá, una formación rocosa con apariencia de rana, se ha convertido en uno de los puntos más singulares de la zona por las vistas que ofrece hacia el parque natural de Corrubedo y, en días de buena visibilidad, hacia las islas de Sálvora, Ons y Cíes.
El parque de San Roque, el entorno de Couso y el monte de San Alberto, donde se levanta una ermita dedicada a este santo, amplían el catálogo de miradores que jalonan el municipio y que constituyen, junto con el patrimonio arqueológico, uno de los principales reclamos turísticos durante los meses estivales, cuando la afluencia de visitantes se intensifica de forma notable.
Las dunas móviles de Corrubedo
El Parque Natural de las Dunas de Corrubedo y las lagunas de Carregal y Vixán constituyen el principal activo medioambiental del municipio. En este espacio protegido se localiza una de las mayores dunas móviles del noroeste peninsular, con aproximadamente 1,2 kilómetros de longitud y una altura que alcanza los 15 metros, según los datos difundidos por los portales de turismo marinero.
Muy próximo a este paraje se encuentra el archipiélago de Sálvora, integrado en el Parque Nacional de las Islas Atlánticas de Galicia, una figura de protección que comparte con otros espacios insulares del litoral gallego y que amplía las posibilidades de conservación de un ecosistema marítimo singular en el conjunto de las Rías Baixas.
La transformación del litoral gallego que ilustra Ribeira se inscribe en un contexto más amplio, donde la actividad económica tradicional convive con los retos del sector pesquero europeo, entre ellos la evolución de los costes energéticos que Bruselas ha abordado al admitir una crisis mundial de precios de la energía, un factor que incide también en las comunidades costeras dependientes del mar.
El título de ciudad concedido por Alfonso XIII en 1906 permanece como el hito institucional más relevante de la historia de Ribeira, un reconocimiento que certificó el peso industrial y comercial alcanzado por el municipio tras siglos de desarrollo vinculado al mar.

