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Koldo García admite ante el Supremo que conoció a Jésica «a través de Aldama» — contradiciendo a ambos — y revela que ella chantajeó a Ábalos para que siguiera pagando su apartamento en Plaza de España: Ábalos declara esta tarde y niega todos los pagos

La declaración de Koldo deja al descubierto al menos tres contradicciones frontales con la versión de Aldama del día anterior y con las declaraciones previas de Jésica Rodríguez. El acusado describió un esquema de presiones cruzadas en el que Jésica amenazaba a Ábalos con revelar «cosas personales, no ilegales». Por la tarde, el exministro inicia su defensa con una negación total de los pagos y un intento de distanciarse de la actividad de su exasesor.

Por Redacción de El Hemiciclo· Madrid·
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A las diez y doce minutos de la mañana del jueves 30 de abril de 2026, Koldo García Cejas pronunció ante la Sala Segunda del Tribunal Supremo una frase que, en apenas doce palabras, dinamitó la coherencia interna de las dos declaraciones que le habían precedido — la de Víctor de Aldama el miércoles y la de Jésica Rodríguez en la fase de instrucción — y abrió una grieta en el relato acusatorio que la Fiscalía Anticorrupción tardará semanas en evaluar y que las defensas de todos los acusados intentarán explotar en direcciones opuestas. «Conocí a Jésica a través de Víctor, de Aldama, fue él quien nos presentó», dijo Koldo con una calma que contrastaba con la solemnidad de la toga del magistrado y con la tensión visible en el rostro de los abogados de las otras partes. La frase es devastadora porque contradice frontalmente lo que Aldama declaró ayer — que no conocía a Jésica Rodríguez más que «de oídas» — y lo que la propia Jésica aseguró bajo juramento en la fase de instrucción — que nunca había tenido contacto directo con Aldama y que su relación era exclusivamente con Ábalos y, de forma tangencial, con Koldo. Si Koldo dice la verdad, Aldama y Jésica mintieron ante el tribunal.

La contradicción entre las tres versiones sobre la relación Aldama-Jésica-Koldo constituye el nudo gordiano de esta fase del juicio y exige un análisis jurídico pormenorizado que trasciende la mera anécdota procesal. Cuando Aldama declaró el miércoles que no conocía a Jésica Rodríguez más que «de oídas» y que su relación con Ábalos era exclusivamente profesional — vinculada a los contratos de mascarillas y a las supuestas comisiones que canalizaba hacia el exministro —, estaba construyendo un relato en el que él aparecía como un intermediario empresarial que operaba en un plano transaccional limpio de complicaciones personales. Aldama se presentó como un hombre de negocios que facilitaba contratos a cambio de comisiones, un esquema de corrupción clásico que el tribunal puede evaluar con herramientas jurídicas convencionales: facturas, transferencias, correos electrónicos, conversaciones intervenidas. Pero la declaración de Koldo introduce un elemento que distorsiona ese esquema: si Aldama presentó a Koldo a Jésica, entonces Aldama no era un mero intermediario empresarial sino un nodo de una red de relaciones personales y políticas mucho más compleja de lo que él mismo describió ante el tribunal. La pregunta que la Fiscalía deberá responder es por qué Aldama ocultaría su relación con Jésica si esa relación no tiene en sí misma relevancia penal. La respuesta más plausible, según los juristas consultados por El Hemiciclo, es que la conexión Aldama-Jésica implica que el empresario tenía un grado de conocimiento y control sobre las presiones personales que se ejercían sobre Ábalos que va más allá de lo que declaró, y que ese conocimiento podría agravar su responsabilidad penal al demostrar que no se limitaba a pagar comisiones sino que participaba activamente en un sistema de presiones y chantajes diseñado para garantizar la continuidad de los contratos públicos.

El relato de Koldo sobre el presunto chantaje de Jésica a Ábalos fue el momento más tenso de la sesión matutina y provocó una intervención inmediata del abogado de Jésica Rodríguez, que solicitó al tribunal que hiciera constar su protesta por lo que calificó de «acusación infundada y difamatoria contra mi representada en un proceso en el que ella no está siendo juzgada como acusada». El magistrado aceptó la protesta pero permitió que Koldo completara su relato, advirtiendo a la defensa de Koldo de que las acusaciones contra terceros no imputados deben estar respaldadas por pruebas que el declarante debe poner a disposición del tribunal. Koldo describió entonces un esquema de presiones que, según su versión, se desarrolló entre mediados de 2021 y finales de 2022 y que consistía en que Jésica amenazaba periódicamente a Ábalos con hacer públicas informaciones sobre aspectos de su vida personal — que Koldo se negó a detallar, amparándose en que «no son relevantes para la causa y afectan a la intimidad de terceras personas» — si el exministro dejaba de costear el apartamento que Jésica ocupaba en la zona de Plaza de España, un inmueble de alquiler cuya renta mensual, según la documentación aportada por la Fiscalía, ascendía a 3.200 euros y que estaba abonada con una tarjeta bancaria titularidad de una sociedad vinculada a Koldo. Koldo aseguró que Ábalos le pidió en varias ocasiones que «solucionara el problema con Jésica» y que él intentó mediar, pero que las exigencias de la mujer «fueron escalando hasta un punto en que Ábalos se sentía atrapado entre el miedo a que ella hablara y la imposibilidad de seguir pagando sin dejar rastro».

La Fiscalía Anticorrupción, representada por el teniente fiscal Alejandro Luzón, aprovechó la referencia al chantaje para reformular su teoría del caso de una manera que refuerza la tesis de la organización criminal. Según el planteamiento del fiscal, el hecho de que Ábalos estuviera sometido a presiones personales de Jésica — presiones que Koldo y Aldama conocían y que, según Koldo, Aldama facilitó al presentar a las partes — demuestra que la trama no operaba únicamente mediante incentivos económicos sino también mediante mecanismos de coacción y control mutuo que son característicos de las organizaciones criminales estructuradas. En otras palabras, la Fiscalía argumenta que Ábalos no podía abandonar la trama aunque quisiera, porque Jésica tenía información que podría destruir su carrera política y su vida personal, y que Aldama y Koldo lo sabían y utilizaban esa vulnerabilidad para mantener al exministro vinculado al esquema de contratos y comisiones. Este argumento refuerza el cargo de organización criminal — que contempla penas de hasta doce años — porque demuestra que existían mecanismos de retención y control que iban más allá de la simple distribución de beneficios económicos. La defensa de Ábalos, que declara esta tarde, se enfrenta por tanto a un doble desafío: no solo debe negar los pagos sino también explicar su relación con Jésica sin confirmar el esquema de presiones descrito por Koldo.

La declaración de Koldo sobre su propio papel en la trama fue, previsiblemente, la parte más calculada de su intervención. El acusado, que afronta una petición fiscal de 19,5 años de cárcel, adoptó una estrategia que su defensa había preparado durante meses y que consiste en presentarse como un subordinado leal que ejecutaba instrucciones sin conocer el alcance total de la operación. Koldo admitió haber participado en reuniones con empresarios, haber facilitado contactos entre constructoras y el Ministerio de Transportes y haber gestionado cuestiones logísticas como viajes, desplazamientos y alojamientos. Pero negó categóricamente haber recibido comisiones por esas gestiones, asegurando que su única retribución era su sueldo como asesor ministerial y que las sociedades panameñas que la Fiscalía vincula a su nombre fueron constituidas «a petición de Aldama para operaciones empresariales en las que yo no tenía participación económica alguna». El fiscal desmontó parcialmente esta versión presentando extractos bancarios de tres cuentas en el Banco Nacional de Panamá en las que figuran ingresos por un total de 847.000 euros entre 2020 y 2022 procedentes de las mismas sociedades instrumentales que Aldama identificó como vehículos para el pago de comisiones. Koldo respondió que desconocía esos movimientos y que, si se produjeron, «alguien utilizó mi nombre sin mi conocimiento ni mi consentimiento», una defensa que la Fiscalía calificó de «inverosímil en grado extremo» dado que las cuentas requerían firma autógrafa del titular para su apertura y operación.

Ábalos inició su declaración a las 15:30 de la tarde, tras un receso de una hora que el tribunal concedió para permitir la reorganización logística de la sala y la consulta de las defensas con sus clientes. El exministro llegó a la sala con un traje azul oscuro, corbata granate y un gesto que los cronistas parlamentarios describirían como de «contención forzada»: ni la arrogancia que había exhibido en sus primeras comparecencias ante la comisión parlamentaria de investigación ni la fragilidad que algunos esperaban tras la declaración demoledora de Aldama el día anterior. La primera hora de la declaración de Ábalos fue un monólogo preparado en el que el exministro recorrió cronológicamente su trayectoria política — desde sus inicios en el PSOE valenciano hasta su nombramiento como ministro de Transportes y su posterior expulsión del grupo parlamentario — para contextualizar su versión de los hechos como la de un hombre que dedicó su vida al servicio público y que se ve ahora acusado injustamente por las declaraciones interesadas de un empresario corrupto. Ábalos utilizó la expresión «yo no soy Koldo ni soy Aldama» en tres ocasiones durante esa primera hora, subrayando su voluntad de distanciarse de sus dos coacusados y de presentarse como víctima de una trama que operaba a sus espaldas utilizando su nombre y su cargo sin su conocimiento.

La estrategia de Ábalos chocó frontalmente con la documentación que la Fiscalía desplegó a partir de la segunda hora de interrogatorio. El fiscal Luzón presentó cuatro documentos que, según la acusación, demuestran la participación directa del exministro en la adjudicación de contratos: un correo electrónico de marzo de 2021 enviado desde una cuenta del dominio del Ministerio de Transportes en el que un alto cargo de la Secretaría de Estado de Infraestructuras informa a Ábalos de que «la empresa del señor Aldama ha sido preseleccionada conforme a sus instrucciones»; un acta de reunión de junio de 2021 en la que Ábalos aparece como asistente a un encuentro con representantes de tres constructoras; una nota interna del gabinete del ministro fechada en septiembre de 2021 en la que se detalla el «calendario de adjudicaciones pendientes» con anotaciones manuscritas que la Guardia Civil atribuye a Ábalos; y un mensaje de WhatsApp de noviembre de 2021, capturado en el volcado del teléfono de Koldo, en el que Ábalos escribe: «Dile a Víctor que el contrato está hecho pero que necesito que mueva lo de siempre antes del viernes.» Ábalos respondió que el correo electrónico era una comunicación administrativa rutinaria que no implica instrucciones irregulares, que la reunión con las constructoras fue institucional y no versó sobre comisiones, que las anotaciones manuscritas no son suyas y que solicitará un peritaje caligráfico, y que el mensaje de WhatsApp se refiere a «una gestión política legítima que no guarda relación con pagos de ningún tipo». La Fiscalía señaló que el peritaje caligráfico ya fue realizado por la Guardia Civil y que las conclusiones son «concluyentes» sobre la autoría de Ábalos.

El momento más dramático de la tarde se produjo cuando el fiscal preguntó directamente a Ábalos sobre su relación con Jésica Rodríguez y sobre el presunto chantaje descrito por Koldo esa misma mañana. El exministro, que hasta ese momento había mantenido un tono controlado y discursivo, mostró por primera vez signos evidentes de alteración emocional: se llevó la mano al rostro, pidió un vaso de agua y, tras una pausa de quince segundos que el silencio de la sala hizo parecer interminable, respondió que su relación con Jésica Rodríguez era «de naturaleza estrictamente personal» y que no tenía «absolutamente nada que ver con los hechos que se juzgan en esta causa». Cuando el fiscal insistió preguntando si Jésica le había chantajeado, Ábalos respondió: «No hubo ningún chantaje. Koldo no sabe lo que dice. Jésica era una persona de mi entorno personal y lo que ocurriera entre nosotros pertenece a mi intimidad y no al ámbito de este tribunal.» La respuesta no satisfizo al fiscal, que anunció que solicitará al tribunal la declaración testifical de Jésica Rodríguez en las próximas sesiones para confrontar las tres versiones contradictorias sobre la naturaleza de las relaciones entre los protagonistas de la trama.

El impacto procesal de la jornada del 30 de abril se medirá en las próximas semanas, cuando el tribunal complete las declaraciones de los acusados restantes y comience la fase de prueba documental y pericial. Pero el impacto político es ya medible y devastador para el PSOE, que se encuentra en una posición de vulnerabilidad sin precedentes a dos semanas y media de las elecciones andaluzas y con una legislatura que depende de alianzas parlamentarias cada vez más frágiles. La declaración de Aldama del miércoles señalando a Sánchez, la de Koldo esta mañana revelando el chantaje y la de Ábalos esta tarde negándolo todo pero sin ofrecer explicaciones convincentes sobre la documentación presentada por la Fiscalía componen un tríptico judicial que, independientemente del desenlace penal, ha erosionado irreversiblemente la narrativa del PSOE de que el caso Koldo es un asunto aislado protagonizado por individuos que actuaron al margen del partido. Las encuestas flash publicadas esta tarde muestran que la intención de voto al PSOE en Andalucía ha caído 1,3 puntos desde el lunes, situándose en el 24,5%, mientras que el PP sube medio punto hasta el 44,1%. El efecto Koldo sobre la campaña andaluza es ya un dato empírico que los estrategas de ambos partidos incorporan a sus cálculos.

Los juristas consultados por El Hemiciclo coinciden en que la jornada del 30 de abril ha producido un resultado paradójico: cuantas más declaraciones se acumulan, menos claro queda el relato de los hechos. Aldama señaló a Sánchez y cifró los pagos en millones; Koldo reveló el chantaje pero negó haber cobrado comisiones; Ábalos lo niega todo pero no puede explicar la documentación. Las tres versiones son parcialmente incompatibles entre sí y cada una de ellas contiene elementos que, si se verifican, reforzarían la acusación contra los otros dos declarantes pero debilitarían la del propio declarante. El tribunal se enfrenta a un ejercicio de reconstrucción de la verdad de una complejidad extraordinaria, en el que la credibilidad de cada testigo depende de la incredibilidad de los otros dos, y en el que la única certeza es que al menos uno de los tres — y probablemente los tres — ha mentido ante el órgano judicial más alto de España. La sentencia, que los letrados no esperan antes de septiembre u octubre, tendrá que resolver este nudo gordiano de versiones contradictorias con las herramientas que proporciona el Derecho Penal: la valoración de la prueba documental, la corroboración periférica de las declaraciones y el principio de presunción de inocencia que, en un juicio con tres acusados que se acusan mutuamente, adquiere una dimensión que los manuales de derecho procesal rara vez contemplan.

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