El Omar ocupa más de cinco hectáreas sobre lo que en el siglo XX funcionó como un exclusivo club de golf. Desde hace 40 años es el principal parque urbano de la capital: sus lomas, bosques y senderos, sus canchas de tenis, parques infantiles y, más recientemente, la Biblioteca Nacional lo han convertido en refugio de deportistas, familias, estudiantes y visitantes que buscan un respiro frente al concreto y el calor de la ciudad.
El nuevo lago no se concibe como un elemento ornamental, sino como una solución basada en la naturaleza que combina infraestructura verde y azul. En una ciudad tropical donde las lluvias torrenciales se extienden casi ocho meses al año y los períodos de sequía se agudizan en verano —con los efectos adicionales del cambio climático y El Niño—, la gestión del agua pluvial constituye un desafío estructural para la capital.
El lago funcionaría como un estanque de retención capaz de amortiguar las escorrentías pluviales y almacenar el exceso de agua que hoy corre sin control sobre el terreno, reduciendo el riesgo de que el caudal se desborde hacia las avenidas que rodean el parque, tradicionalmente vulnerables a inundaciones puntuales. En la temporada seca, la misma infraestructura operaría en sentido inverso, como reserva de humedad para el riego de la vegetación del parque.
Más allá del manejo hídrico, la masa de agua aportaría beneficios ambientales medibles para el microclima del entorno. La evaporación y la capacidad térmica del agua contribuirían a atenuar la isla de calor urbana, con una reducción de la temperatura ambiente en sus inmediaciones. La introducción de un ecosistema acuático atraería además aves migratorias y residentes, libélulas y anfibios —aunque no fauna acuática superior como cocodrilos, al no existir conexión con ningún río—, lo que ampliaría la cadena trófica del parque y lo convertiría en un espacio de observación biológica dentro de la ciudad.
La obra, sin embargo, presenta una limitación en su diseño socioespacial. Tal como fue planteada en la propuesta del Órgano Ejecutivo, el lago aparece como una pieza desconectada de la dinámica habitual del parque: no cuenta con senderos accesibles, plazas ni jardines que conduzcan naturalmente hacia él, ni con mobiliario o equipamiento perimetral que invite a la permanencia de los visitantes. Esa ausencia de conexión peatonal corre el riesgo de convertir la obra en un área técnica de poca utilidad social, visible solo a la distancia.
Para evitar que el lago quede relegado a un estanque aislado, se plantea una intervención complementaria de diseño urbano centrado en las personas: una plaza perimetral, jardines con flora nativa, una red de aceras anchas y accesibles, bancas a la sombra, miradores y un sistema de iluminación eficiente que no altere la fauna nocturna. Estas adiciones podrían convertir el lago en un punto de encuentro y aprendizaje sobre biodiversidad urbana, además de servir de modelo replicable para otras áreas verdes de la capital.
La frecuencia creciente de eventos meteorológicos extremos vinculados al cambio climático, sumada a la limitada cultura ciudadana de adaptación climática, plantea la necesidad de que la ciudad de Panamá incorpore infraestructuras que protejan el entorno y, al mismo tiempo, generen apropiación ciudadana. El lago del parque Omar reuniría las condiciones técnicas para convertirse en un referente de urbanismo sostenible en la capital, siempre que su integración física y social acompañe el componente ambiental de la obra.