La escalada arranca el 10 de julio de 1987, cuando unidades antimotines de las entonces Fuerzas de Defensa, apodadas los "Doberman", dispersaron con gases lacrimógenos, perdigones y golpes la concentración pacífica convocada alrededor de la iglesia del Carmen por la Cruzada Civilista Nacional. Los manifestantes vestían de blanco y portaban pañuelos en señal de paz; la jornada quedó en la memoria colectiva como el Viernes Negro, inicio de una represión más dura contra la oposición al régimen de Manuel Antonio Noriega que, según el testimonio, alcanzó también a las redacciones.
El diario La Prensa, sometido en esos meses a censura previa con espacios en blanco en sus páginas, publicó el 21 de julio de 1987 la separata Nunca más, que documentaba torturas sufridas por detenidos en la entonces Cárcel Modelo. Cinco días después, de acuerdo con el relato, las Fuerzas de Defensa ocuparon las instalaciones del diario y ordenaron su clausura. La autora, que dirigía suplementos educativos y asesoraba la sección Revista del periódico, afirma haber elaborado esa separata sin firmarla, a partir de fotografías, denuncias y testimonios recogidos en oficinas de derechos humanos.
Propietaria de la editorial JRW, S.A. y militante democratacristiana comprometida con la oposición al régimen militar, Regales de Wolfschoon sostiene que había sido advertida desde el propio diario de que estaba bajo vigilancia. El 20 de octubre de 1987, según narra, militares vestidos de civil allanaron la editorial en la avenida Justo Arosemena; al no hallarla, detuvieron a su personal, entre ellos sus asociados chilenos Anita y Rein Blumenberg, empleados de secretaría y de ventas de publicidad, y un joven diseñador de los suplementos.
El saqueo y la deportación de los Blumenberg
Horas más tarde, de acuerdo con el testimonio, un camión militar regresó para vaciar por completo las oficinas de la editorial y de la escuela Nueva Acrópolis, que funcionaba en el mismo edificio y era dirigida también por los Blumenberg. El joven diseñador habría sido arrojado al mar y obligado a nadar hasta la orilla de la isla de Coiba, entonces sede de una colonia penal; los Blumenberg, según el relato, fueron deportados con la ropa que llevaban puesta.
El testimonio describe gestiones de la autora ante el mayor Madriñán, del Departamento Nacional de Investigaciones, quien —según narra— le advirtió que se cuidara y que no se permitirían más protestas en las calles, y ante Fernando Manfredo, entonces subadministrador del Canal de Panamá, a quien visitó a escondidas en sus oficinas de Balboa para interceder por los detenidos. Ninguna de esas diligencias, de acuerdo con el relato, revirtió la situación: las amenazas llegaron hasta su domicilio y la familia debió dejar de dormir en su hogar ante el riesgo de una nueva incursión.
El episodio corresponde al periodo de mayor tensión de la dictadura, que derivaría en la invasión estadounidense de diciembre de 1989 y el fin del régimen militar. La difusión de estos hechos coincide con una agenda de memoria que en las últimas semanas incluyó la apertura de la Sala IFF Panamá en el Museo del Canal, espacio ligado a la preservación de la memoria histórica del país.
El relato termina con la salida de la autora del país, forzada por la persecución que, dirigida contra ella, cayó sobre su entorno: colaboradores detenidos, familia aterrada y la editorial saqueada. Una y otra vez, escribe, le dijeron que debía marcharse de inmediato, en lo que describe como una de las crueldades del destierro: quienes quisieran retenerla terminaron pidiéndole que se fuera.

