El planteamiento central distingue entre dos escalas de tiempo que, según su autor, suelen confundirse en el debate público. El ciclo natural del agua —el que opera en el manto terrestre o en la atmósfera de un planeta lejano— se mide en millones de años. El ciclo social, el que llega a la pluma en Arraiján o acciona una turbina en Bayano, se mide en días. Esa diferencia, sostiene, explica por qué un país con lluvia abundante puede enfrentar escasez.
Investigaciones de la agencia espacial estadounidense citadas en el texto indican que en varios exoplanetas la roca se encuentra fundida y el agua se disuelve en ella, hundiéndose hacia el centro del planeta sin participar en ningún ciclo observable desde el exterior. Hace unos quince años, un equipo de astrónomos dirigido por Giovanna Tinetti confirmó la presencia de vapor de agua en planetas lejanos, aunque sin poder determinar la cantidad total presente.
El lago Gatún con 30% menos de lluvia
El ensayo detalla que entre mayo y septiembre de este año la cuenca del lago Gatún recibió un 30 por ciento menos de lluvia de la esperada. El fenómeno de El Niño, declarado en emergencia el 26 de agosto con vigencia prevista hasta junio de 2027, no inventa la crisis sino que la desnuda, según el autor, pues once cuencas del país se encontrarían en estrés hídrico. En el corregimiento de Capira se reporta la espera de camiones cisterna para abastecer a la población.
El lago Gatún, además de tanque para las esclusas del Canal, suministra agua a más de la mitad de la población panameña. El texto recuerda que la cobertura de acueducto no equivale a continuidad del servicio: cita el caso de Pacora, donde una cobertura cercana al 92 por ciento no impidió que la comunidad amaneciera sin agua por la obstrucción de un pozo de succión.
El autor atribuye parte del problema a la dispersión institucional: más de 15 entidades, 34 leyes y cerca de 3,500 juntas administradoras de acueductos rurales operarían sin un ciclo de gestión unificado. A ello suma el estado de 37 plantas de tratamiento de aguas residuales colapsadas, lo que provoca que agua sin tratar llegue a ríos que después alimentan potabilizadoras.
El texto retoma cuatro lecciones que el mismo autor planteó en abril, tras recorrer la cuenca del Canal entre Miraflores y el Atlántico: que las cuencas son un activo estratégico y no un adorno, que la coordinación interinstitucional debe funcionar en la práctica y no solo en la ley, que la ingeniería debe acompañar los procesos naturales, y que la premisa de que «siempre llueve» ya mostró su costo durante la sequía de 2023.
Sobre el proyecto de Río Indio, pensado para ampliar la capacidad de almacenamiento tanto para el Canal como para el consumo poblacional, el ensayo advierte que un embalse adicional no resuelve por sí solo el problema si persisten las fugas en la red o si el agua regresa contaminada. En ese sentido cuestiona también la perforación de pozos sin estudios previos como respuesta improvisada a la baja de caudal en los ríos.
La reflexión se suma a una serie de contenidos de divulgación científica difundidos en el país, en un momento en que la agenda cultural panameña combinó folclore, sinfónica y ciencia del 9 al 15 de octubre. El autor es ingeniero químico con especialización en matemática y dirige el Instituto de Investigaciones de Ingeniería de la Universidad de San Carlos, en Quetzaltenango.
«El agua que vemos —la que cae, brota en un río y llega a una casa, a una esclusa o a una turbina— es una capa delgada», escribe el autor del ensayo, que propone repensar el ciclo social del agua, reusar el recurso y proteger las zonas de recarga.
