La advertencia de Trump y su significado estratégico
La declaración de Trump no es una amenaza retórica ordinaria. En el lenguaje diplomático estadounidense, advertir a un aliado de que puede quedarse 'solo' equivale a condicionar el paraguas de seguridad que Washington ha sostenido sobre Israel de forma ininterrumpida desde la Guerra de los Seis Días de 1967. Ningún presidente estadounidense —ni en los momentos de mayor tensión entre ambos ejecutivos, como la crisis de los asentamientos durante la administración Obama en 2010— había formulado una amenaza de abandono con esta crudeza pública.
El contexto inmediato es el ataque iraní del domingo: Teherán lanzó una oleada de misiles balísticos contra territorio israelí, en lo que las fuerzas armadas iraníes describieron como respuesta directa a operaciones israelíes previas. Israel interceptó la mayoría de los proyectiles con sus sistemas Arrow y David's Sling, aunque fuentes militares israelíes, citadas por medios como Haaretz y The Times of Israel, reconocieron impactos en zonas del sur del país. El número exacto de bajas y daños materiales no ha sido confirmado de forma oficial por ninguno de los dos gobiernos a la hora de cierre de esta edición.
El dilema de Netanyahu: responder o ceder a Washington
Para Netanyahu, la presión de Trump llega en un momento de extrema fragilidad interna. El gabinete de guerra israelí —formado por el propio Netanyahu, el ministro de Defensa Israel Katz y representantes del Estado Mayor— enfrenta una división entre quienes exigen una respuesta contundente, encabezados por el ministro de Finanzas Bezalel Smotrich y el ministro de Seguridad Nacional Itamar Ben-Gvir, y quienes abogan por medir los tiempos en función del respaldo estadounidense. Históricamente, Israel nunca ha ejecutado una operación militar de gran escala contra Irán sin coordinación previa con Washington, un principio que hunde sus raíces en la doctrina de la 'consulta estratégica' formalizada en el Memorándum de Entendimiento de 1981 y reforzada sucesivamente hasta el acuerdo de asistencia militar de diez años firmado en 2016 por Obama, que comprometió 38.000 millones de dólares en ayuda de defensa.
La presión trumpiana se suma a una situación de dependencia estructural difícil de eludir. Según datos del Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI) correspondientes a 2023, Israel recibe en torno al 16% de toda la ayuda militar exterior de Estados Unidos, una cifra que lo convierte en el mayor receptor individual per cápita del mundo. Sin el acceso a munición de precisión, repuestos para aviones F-35 y cobertura diplomática en el Consejo de Seguridad de la ONU —donde Washington ha vetado más de cuarenta resoluciones contrarias a Israel desde 1972—, el margen de maniobra israelí se estrecha de forma determinante.
Irán: la lógica de la escalada calculada
Teherán, por su parte, lleva décadas perfeccionando una doctrina de 'presión graduada' que busca evitar el umbral de respuesta total estadounidense mientras erosiona la superioridad disuasoria israelí. El arsenal balístico iraní —que según el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS) incluye más de 3.000 misiles de corto y medio alcance, entre ellos el Shahab-3 con un alcance de hasta 2.000 kilómetros— ha sido concebido precisamente como instrumento de coerción, no necesariamente de destrucción masiva en un primer estadio.
La economía iraní, castigada por sanciones desde el abandono unilateral del acuerdo nuclear JCPOA por parte de Trump en 2018, presenta datos de deterioro sostenido. El Fondo Monetario Internacional estimó en su informe de octubre de 2024 una inflación en Irán superior al 35% anual y un PIB per cápita que no ha recuperado los niveles previos a las sanciones de 2012. Esta debilidad económica no ha reducido, sin embargo, el presupuesto militar: según el IISS Military Balance 2024, Irán destina aproximadamente el 2,3% de su PIB a defensa, con una orientación prioritaria hacia misiles, drones y fuerzas proxy en la región.
La geometría de las alianzas: OTAN, Arabia Saudí y el eje de Resistencia
La crisis tensiona también el tablero europeo y atlántico. La OTAN no es parte directa del conflicto —Israel no es miembro de la Alianza—, pero varios de sus socios europeos, en especial Reino Unido, Francia y Alemania, participan activamente en la arquitectura de inteligencia compartida con Tel Aviv y en la coalición multinacional de defensa antimisiles en el mar Rojo conocida como Operación Prosperity Guardian, lanzada en diciembre de 2023. Cualquier escalada entre Israel e Irán que alcance infraestructuras críticas o rutas de navegación del estrecho de Ormuz —por donde transita, según la Agencia Internacional de la Energía (AIE), aproximadamente el 20% del petróleo mundial comerciado— tendría consecuencias directas sobre los mercados energéticos europeos, aún en proceso de diversificación tras la crisis del gas ruso de 2022.
Arabia Saudí ocupa un lugar ambivalente. Los Acuerdos de Abraham de 2020, que Trump impulsó en su primer mandato y que normalizaron las relaciones entre Israel y Emiratos Árabes Unidos, Baréin, Sudán y Marruecos, nunca llegaron a incluir a Riad. La guerra en Gaza ha congelado las negociaciones de normalización saudí-israelí que se encontraban, en fase avanzada a principios de 2023. El reino saudí, que también teme el expansionismo iraní —Teherán financia a los hutíes en Yemen, que han atacado infraestructuras saudíes—, observa la crisis con la calculada ambigüedad de quien no quiere elegir bando antes de conocer el resultado.
El precedente de 1991: cuando Israel no respondió
El antecedente histórico más pertinente es el de la Guerra del Golfo de 1991. Durante la operación Tormenta del Desierto, Irak lanzó 39 misiles Scud sobre territorio israelí. El entonces presidente George H.W. Bush pidió personalmente a Yitzhak Shamir que Israel no respondiera para no fracturar la coalición árabe-occidental. Israel obedeció, a cambio de la instalación acelerada de baterías Patriot estadounidenses. Aquella decisión, profundamente impopular entre sectores de la derecha israelí, estableció un precedente sobre la subordinación táctica de Israel a los imperativos estratégicos de Washington cuando la presión es suficientemente explícita.
La diferencia con el escenario actual es estructural: en 1991, el agresor era Irak, un actor regional entonces debilitado. Hoy, Irán posee un programa nuclear que, según el último informe del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) de noviembre de 2024, ha acumulado uranio enriquecido al 60% en cantidades suficientes para, previa elevación al 90%, fabricar varios artefactos nucleares. Esta variable —la del umbral nuclear iraní— es la que convierte cualquier cálculo de respuesta israelí en algo cualitativamente distinto a todos los precedentes de la Guerra Fría o los noventa.
Qué puede ocurrir en las próximas horas y días
El gabinete de seguridad israelí tiene previsto reunirse de forma extraordinaria para evaluar la respuesta, según medios israelíes. La decisión, cualquiera que sea, deberá tomarse en un plazo operativo breve: la inteligencia militar considera que la ventana de represalia efectiva se cierra a medida que Irán dispersa y oculta los sistemas de lanzamiento empleados. Trump, cuya administración acaba de reactivar la política de 'presión máxima' sobre Irán —reimponiendo todas las sanciones levantadas por Biden—, se encuentra en la paradoja de apretar económicamente a Teherán mientras frena militarmente a Tel Aviv, una combinación que algunos analistas de la Brookings Institution han descrito como 'contención por doble palanca'.
En el plano europeo, la Alta Representante de la UE para Asuntos Exteriores, Kaja Kallas, ha convocado consultas de urgencia con los ministros de Exteriores del bloque. La posición europea oficial, expresada en el comunicado del Consejo de la UE del pasado octubre ante el primer ataque iraní, defiende el derecho de Israel a la autodefensa pero condiciona su respaldo político a la proporcionalidad y al respeto del derecho internacional humanitario. Esa fórmula, deliberadamente ambigua, refleja la fractura interna entre países como Alemania y Austria, más proclives al apoyo israelí, y España, Irlanda o Bélgica, que han adoptado posiciones más críticas con las operaciones militares israelíes en Gaza.
La próxima semana será determinante en varios planos simultáneos: la decisión israelí sobre si responde y cómo; la reacción del mercado del petróleo ante la posibilidad de cierre del estrecho de Ormuz —el barril de Brent ya registró subidas superiores al 3% en los primeros minutos de negociación del lunes—; y la posición que adopte el Consejo de Seguridad de la ONU, donde Rusia y China han bloqueado sistemáticamente cualquier resolución vinculante sobre el programa nuclear iraní. Si Israel opta por una respuesta militar directa contra suelo iraní, el ciclo de escalada entrará en una fase sin precedentes desde la Revolución Islámica de 1979, con consecuencias que ningún actor del sistema internacional puede calcular con precisión.