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La psicología vincula la necesidad de ganar siempre con baja autoestima

Investigaciones en psicología de la personalidad relacionan la hipercompetitividad extrema con una autoestima inestable y no con la simple afición al juego

Por Redacción de El Hemiciclo·
4 min de lectura
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Diversos estudios de psicología de la personalidad, desarrollados desde 1990, describen un patrón conocido como hipercompetitividad: la necesidad casi obsesiva de ganar en cualquier contexto, incluso frente a un niño pequeño en un juego de mesa.

La distinción de partida separa la competitividad sana —la que impulsa el esfuerzo y permite disfrutar del reto— de la hipercompetitividad, un rasgo caracterizado por la necesidad de vencer a cualquier precio y en cualquier situación, sin que importe la naturaleza del rival ni el contexto. En el primer caso el juego es un fin en sí mismo; en el segundo, el resultado se convierte en un termómetro del propio valor personal.

El psicólogo Richard Ryckman y su equipo desarrollaron en 1990 la primera escala científica diseñada para medir este rasgo, publicada en el Journal of Personality Assessment, una de las revistas de referencia en evaluación psicológica. Aquel trabajo sentó las bases metodológicas sobre las que se han construido buena parte de los estudios posteriores.

Ryckman se inspiró en la teoría de la neurosis formulada por la psicoanalista Karen Horney, figura relevante de la psicología del siglo XX, quien había descrito décadas antes a personas que necesitaban ganar de forma sistemática como mecanismo para sostener o reforzar una autoestima frágil. Según ese marco, la necesidad compulsiva de vencer sería síntoma, y no causa, de una inseguridad de fondo.

La autoestima de estas personas, de acuerdo con esa hipótesis, no sería estable ni interna, sino que fluctuaría en función del resultado de cada partida, cada discusión o cada pequeño enfrentamiento cotidiano. Ganar aportaría una validación externa momentánea, un efecto transitorio que obligaría a buscar la siguiente victoria para recuperar la sensación de valía. Ganarle a un niño de seis años cumpliría, en esta lectura, la misma función que cualquier otra victoria: el marcador pesaría más que el contexto, y la edad o la experiencia del rival resultarían irrelevantes.

Raíces en la crianza y correlatos de personalidad

Un estudio publicado en 2019 en la revista Personality and Individual Differences, especializada en diferencias individuales de personalidad, rastreó los antecedentes de la hipercompetitividad hasta etapas tempranas del desarrollo. Sus autores concluyeron que el rasgo no surgiría de manera espontánea en la edad adulta, sino que tendría raíces observables ya en la infancia.

Entre los factores asociados a su desarrollo, la investigación de 2019 señala dos extremos aparentemente opuestos: una disciplina parental excesivamente estricta y, de forma paradójica, una sobreprotección materna intensa. En ambos escenarios, según ese trabajo, el niño crecería con la sensación de que su valor personal depende de cumplir determinadas expectativas o de destacar sobre los demás, una idea que después se trasladaría a cualquier situación susceptible de interpretarse como competición, por trivial que sea.

El trabajo original de Ryckman y las investigaciones posteriores describen además correlaciones entre la hipercompetitividad y otros rasgos de personalidad, entre ellos el narcisismo y niveles más elevados de neuroticismo. Esa misma línea documenta una mayor propensión a la hostilidad y a la agresividad verbal cuando el resultado no es favorable, así como una tendencia a priorizar el reconocimiento y la admiración externa por encima de la conexión genuina con los demás, lo que podría deteriorar las relaciones interpersonales a medio y largo plazo.

Conviene precisar el marco: no existe un diagnóstico clínico formal ni un tratamiento específico asociado a la hipercompetitividad como trastorno independiente. Se trata de un rasgo estudiado dentro de la psicología diferencial y no de una categoría recogida en los manuales diagnósticos de referencia, como el DSM-5 de la Asociación Americana de Psiquiatría. Tampoco constan cifras oficiales sobre su prevalencia en la población general.

Los autores de esta línea de investigación sostienen que identificar el patrón —tanto en uno mismo como en terceros— no tiene como finalidad emitir un juicio moral, sino comprender el mecanismo psicológico que subyace a una conducta que, observada superficialmente, podría confundirse con un simple exceso de espíritu competitivo. La escala de Ryckman se concibió precisamente como herramienta de medición, no como instrumento de etiquetado.

La psicología de la personalidad lleva más de tres décadas explorando esta hipótesis, desde la escala original de 1990 hasta el estudio de 2019 sobre los factores de crianza. El debate sigue abierto en el terreno de la investigación aplicada, sin que exista aún consenso sobre en qué medida la hipercompetitividad puede modularse en la edad adulta, una pregunta que los especialistas del campo continúan examinando.

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