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De la Espriella ofrece beneficios judiciales a investigados por corrupción que aporten pruebas

El presidente condicionó cualquier rebaja a que los señalados «entreguen las pruebas» y ligó el planteamiento a los recursos ilícitos y al caso Ungrd.

Por Redacción de El Hemiciclo·
4 min de lectura
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Retrato de De la Espriella
Foto: Equipo de Abelardo de la Espriella, CC0

El presidente Abelardo De La Espriella planteó la posibilidad de otorgar beneficios judiciales a personas investigadas por corrupción que colaboren con la justicia, condicionando esa opción a que «entreguen las pruebas» que sustenten los procesos. El mandatario vinculó la propuesta a los recursos provenientes de actividades ilícitas y a casos que involucran a entidades como la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (Ungrd).

La figura que insinúa el jefe de Estado remite a los principios de colaboración con la justicia ya recogidos en el ordenamiento penal colombiano. La Ley 906 de 2004 contempla mecanismos de preacuerdos y principio de oportunidad para quienes aporten información relevante en investigaciones por corrupción y delitos conexos. Cualquier ampliación o flexibilización de esos beneficios requeriría, sin embargo, una iniciativa legislativa que pasara por el Congreso de la República, con ponencia, debate en comisiones y sanción presidencial, un trámite que no consta radicado.

El escándalo de la Ungrd, que estalló en 2024 tras conocerse presuntos sobrecostos en contratos de carrotanques para atender la emergencia por sequía en La Guajira, se mantiene como uno de los casos de corrupción con mayor exposición pública en el país. La Fiscalía General de la Nación ha adelantado imputaciones contra varios exfuncionarios de la entidad, mientras la Comisión de Investigación y Acusación de la Cámara de Representantes ha explorado el rol de otros altos cargos señalados en el entramado. En ese contexto se inscribe la referencia presidencial a beneficios para quienes colaboren.

El presidente también aludió a los recursos provenientes de actividades ilícitas, un asunto que en Colombia atraviesa tanto el crimen organizado como el narcotráfico y que ha sido objeto de escrutinio por parte de la Contraloría General de la República en auditorías a contratos públicos con presunta infiltración de dineros irregulares. La conexión entre corrupción administrativa y flujos de dinero ilícito no es nueva en el debate colombiano.

El proceso 8.000, destapado en 1995, investigó el ingreso de dineros del narcotráfico a la campaña presidencial de Ernesto Samper y marcó un antes y un después en la relación entre justicia y política. Ese episodio, que llevó a la condena de tesoreros y congresistas, sigue siendo el punto de referencia obligado cada vez que se discute la penetración de recursos ilícitos en la esfera pública.

De concretarse en un proyecto formal, la propuesta de beneficios para colaboradores tendría que sortear el reparo sobre el riesgo de impunidad que este tipo de mecanismos ha generado en el país, especialmente cuando se aplican a delitos de cuello blanco. La Procuraduría General de la Nación ha insistido en el pasado en que cualquier rebaja de penas o beneficio procesal debe ir acompañado de garantías de reparación efectiva y de que la información aportada resulte verificable y sustancial para el esclarecimiento de los hechos.

El material disponible no precisa si el mandatario aludió a un proyecto de ley concreto, a una reforma al Código de Procedimiento Penal o a una directriz de política criminal. La mención se produce en un momento en que el Congreso analiza distintas iniciativas contra la corrupción, entre ellas medidas orientadas a fortalecer la trazabilidad de contratos públicos y vigencias futuras. En ese frente, Noguera reporta faltante de $5,5 billones en vigencias futuras de la ANI, un caso que ilustra las dificultades del control fiscal sobre contratos de infraestructura de largo plazo.

La JEP como referente de justicia premiada

La justicia colombiana no es ajena a los acuerdos de colaboración. La Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), creada tras el Acuerdo de Paz de 2016, opera bajo una lógica de justicia transicional que otorga beneficios a excombatientes que aporten verdad sobre crímenes del conflicto armado. Ese marco es distinto del que regiría para la corrupción ordinaria, que se tramita ante la justicia penal común y, en el caso de aforados, ante la Corte Suprema de Justicia. Extender un esquema similar de incentivos a la colaboración en casos de corrupción administrativa exigiría una definición clara de los delitos cubiertos y de los límites de la rebaja punitiva.

El planteamiento presidencial se suma a un ambiente de desconfianza institucional que otros episodios recientes han alimentado. La denuncia ante organismos de control que señala presuntas prácticas de clientelismo en la Cancillería y el hallazgo de un lote de espacio público cedido de forma irregular en Puerto Colombia en 2017, recuperado recientemente por la administración local, muestran la persistencia de irregularidades en distintos niveles del Estado.

Ni el Banco de la República ni el DANE cuantifican en sus reportes oficiales el impacto agregado de la corrupción administrativa sobre el Presupuesto General de la Nación. Transparencia por Colombia ha situado históricamente el fenómeno entre los principales obstáculos para la ejecución eficiente del gasto público. En ese marco, una propuesta orientada a incentivar la delación de esquemas corruptos tendría potencial para la recuperación de recursos malversados, siempre que se acompañe de garantías procesales robustas.

La diferencia entre un preacuerdo y un principio de oportunidad no es menor: el primero rebaja la pena a quien acepta cargos, mientras el segundo permite a la Fiscalía suspender o renunciar a la acción penal a cambio de colaboración. Ambos mecanismos exigen control judicial de garantías, de modo que cualquier fórmula que ampliara sus efectos para delitos contra la administración pública tendría que definir con precisión hasta dónde llega el beneficio y qué reparación se exige a cambio.

El caso de los carrotanques de la Ungrd ilustra el tipo de entramado que una figura de colaboración premiada buscaría desarticular: contratos con sobrecostos, cadenas de intermediarios y señalamientos que escalan hasta altos cargos. La Fiscalía ha construido varias de sus imputaciones en ese proceso a partir de testimonios de exfuncionarios que aceptaron colaborar, lo que anticipa el peso que la delación tendría en cualquier esquema ampliado.

El material disponible no precisa si la idea presidencial se traducirá en un proyecto de ley que deba surtir trámite en el Congreso, ni en qué plazo. La definición formal que el Gobierno decida dar al planteamiento determinará si se traduce en una reforma penal, en una directriz de política criminal o en un simple anuncio, y con ella, el alcance real de los beneficios ofrecidos a los investigados que «entreguen las pruebas».

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