El dato de julio no es un pico aislado. En la última década, solo 2022 —que cerró con más de 300.000 hectáreas quemadas en el conjunto del año— y 2025, que rozó las 400.000 y constituye hasta ahora el peor ejercicio del periodo reciente, superan la magnitud de lo ocurrido en las primeras semanas de este mes. La comparación revela un patrón que los técnicos forestales llevan años señalando: los años especialmente destructivos no coinciden necesariamente con los de mayor número de fuegos, sino con aquellos en que confluyen olas de calor prolongadas, sequía acumulada y vientos fuertes.
La paradoja del combustible que se acumula
Desde la década de 1980, el número de incendios forestales registrados anualmente en España ha descendido de forma sostenida, una tendencia que se repite en todo el sur de Europa: los datos difundidos por El País apuntan a una caída de alrededor del 40% en la media anual de fuegos en la última década respecto al periodo de referencia 1981-2010. Los especialistas atribuyen esa reducción a la mejora de los sistemas de vigilancia, la profesionalización de los servicios de extinción y las campañas de prevención impulsadas por las administraciones autonómicas y el Ministerio para la Transición Ecológica.
Ahí reside, sin embargo, la paradoja que atraviesa toda la discusión técnica sobre el fuego en la península ibérica: cuantos menos incendios se producen, más biomasa —hojarasca, matorral, restos de poda, vegetación seca— se acumula en los montes sin quemarse. Ese combustible, cuando finalmente arde, lo hace con una intensidad y una velocidad de propagación muy superiores a las de décadas pasadas, en parte porque las condiciones meteorológicas extremas que impulsa el cambio climático —temperaturas más altas, sequías más prolongadas y rachas de viento más violentas— multiplican el poder destructivo de cada foco. Los expertos consultados sostienen que la lucha contra las llamas ha mejorado con el tiempo, pero es precisamente esa eficacia la que alimenta la acumulación de vegetación.
El fenómeno no es exclusivo de España. Francia ha registrado en los últimos veranos una tendencia similar, con incendios que afectan a regiones tradicionalmente menos expuestas al fuego forestal, incluidas zonas de clima atlántico donde antes los grandes incendios eran una rareza estadística. La combinación de sequías estivales más severas y vegetación acumulada por años de gestión forestal insuficiente contribuiría, según el diagnóstico de los especialistas, a la aparición de fuegos de gran magnitud en territorios donde hasta hace poco resultaban infrecuentes.
El precedente más citado sigue siendo el verano de 2022, cuando España vivió una de las peores temporadas de incendios de su historia reciente, con episodios especialmente virulentos en Galicia, la Comunidad Valenciana y Castilla y León, agravados por una ola de calor prolongada. Aquel año se popularizó entre los técnicos la noción de «incendios de sexta generación»: fuegos que se comportan de forma errática, generan sus propias dinámicas convectivas y superan la capacidad de respuesta de los medios de extinción convencionales. El ejercicio de 2025, con cerca de 400.000 hectáreas calcinadas, confirmó esa tendencia y llevó a varias comunidades a revisar sus protocolos de prevención.
El reparto de competencias y las voces del sector
El Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico ha defendido en sucesivas comparecencias que la gestión forestal activa —desbroce, aprovechamiento de biomasa y silvicultura preventiva— es la principal palanca disponible para reducir la carga de combustible sin depender exclusivamente de la meteorología. Desde el sector agrario y forestal, organizaciones como Asaja y COAG reclaman desde hace años mayor inversión en el mantenimiento de los montes y en la ganadería extensiva como herramienta de desbroce natural, advirtiendo de que el abandono rural y la despoblación del interior dejan sin gestionar amplias superficies de monte mediterráneo.
Las comunidades autónomas son competentes en materia de extinción de incendios forestales según el reparto establecido tras la Constitución de 1978. En los episodios que superan su capacidad de respuesta, coordinan sus medios con el Estado mediante la declaración de emergencia de nivel 2 o 3 prevista en el Plan Estatal de Protección Civil ante Incendios Forestales, que habilita el despliegue de recursos estatales como la Unidad Militar de Emergencias. En Francia, la Sécurité Civile ha reforzado su flota de medios aéreos en los últimos años.
La cooperación transfronteriza se articula a través del Mecanismo de Protección Civil de la Unión Europea, que permite el despliegue de brigadas y aviones cisterna cuando la magnitud de un incendio desborda los recursos nacionales. Ese instrumento se ha convertido en una pieza habitual del dispositivo de respuesta conjunta del sur de Europa durante los grandes episodios de los últimos veranos.
Una temporada de riesgo cada vez más larga
El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) y la Agencia Europea de Medio Ambiente vienen advirtiendo de que el Mediterráneo es una de las regiones donde el calentamiento global se traduce con mayor claridad en un alargamiento de la temporada de incendios, que en España tiende a extenderse desde finales de la primavera hasta bien entrado el otoño en lugar de concentrarse en julio y agosto. Esa ampliación del periodo de riesgo complica la planificación de los medios de extinción, que deben mantener un nivel de alerta más prolongado con recursos limitados.
La cuestión que queda abierta, y que centrará el debate técnico y político en los próximos meses, es si la respuesta actual —basada fundamentalmente en la extinción una vez declarado el fuego— resulta suficiente frente a un escenario en el que los grandes incendios, aunque menos frecuentes, concentran una proporción creciente de la superficie quemada total. La discusión sobre el peso de la prevención frente a la extinción quedará condicionada por las partidas que aprueben Estado y comunidades para las próximas campañas, aún pendientes de concreción presupuestaria.