Lavio llega al proyecto tras años en el mundo del lujo, en particular en relojería, un sector donde el valor de una pieza puede dispararse por su rareza, su historia o la demanda puntual del mercado. De esa experiencia surgió una inquietud personal: había recurrido a distintos lugares para guardar sus propios objetos y consideraba que el modelo existente tenía margen de mejora. «Yo conocía muy bien las necesidades de alguien que compra un reloj, una joya o cualquier objeto de valor. Cuando empecé a pensar en este proyecto, tenía muy presentes todas las expectativas que yo mismo había tenido como cliente», explica.
Esa reflexión cristalizó en un espacio que, según su fundador, no quería limitarse a ser una cámara acorazada más. «No queríamos hacer simplemente una caja de seguridad. Tampoco queríamos hacer un almacén de arte. Queríamos crear un espacio para que las personas pudieran disfrutar de sus cosas y protegerlas en el tiempo», afirma.
El planteamiento rompe con la lógica en la que la caja de seguridad formaba parte de un paquete de productos financieros vinculados al cliente. «En un banco, la caja de seguridad formaba parte de toda la relación bancaria. Nosotros planteamos justamente lo contrario: aquí custodiamos cosas que no son nuestras», sostiene Lavio, que resume su papel con la figura del conserje que vigila sin interferir. Esa filosofía se traduce en los horarios: el centro opera en jornada diurna y contempla accesos extraordinarios si el propietario los solicita con antelación. «Si un cliente necesita venir a las tres de la mañana, nos avisa con antelación y nosotros estamos aquí para recibirle», asegura.
«Si lo que hay dentro no es nuestro, el cliente tiene que poder venir cuando él quiera, no cuando nosotros digamos», Brian Lavio, fundador de Centro de Valores.
Sensores, muros invisibles y doble llave
La seguridad se construye en capas. Según Lavio, uno de los objetivos del diseño ha sido minimizar el tiempo de exposición del cliente en el exterior del edificio, por lo que quienes llegan en coche pueden entrar directamente hasta la zona de espera interior antes de someterse a los controles. El sistema incorpora sensores de vibración, temperatura y movimiento capaces de generar perímetros de detección sin elementos visibles. «No todo es como en las películas, con láseres cruzando una habitación. Podemos crear muros virtuales que no se ven», detalla. En determinados puntos, la tecnología analiza el volumen y la densidad de lo que atraviesa esas zonas: «Puede pasar un gato, pero no puede pasar una persona».
Para el acceso a cada caja, el centro exige la coincidencia de dos llaves, la del propietario y la del custodio. «Aquí no hay una sola llave. Para abrir una caja hacen falta las dos: la del cliente y la que tenemos nosotros», explica Lavio, que añade que ese mecanismo permite compartir el acceso sin perder el control: «El cliente puede decidir que su hija tenga acceso. Pero para que pueda entrar tiene que darle físicamente su llave. Si no tiene la llave, no puede abrir». El personal acompaña siempre al cliente hasta su compartimento, una precaución que considera relevante en contextos de conflicto familiar. «Puede haber separaciones, problemas familiares o simplemente una persona que intenta acceder a algo que no le corresponde. Por eso no basta con tener una buena cerradura: también hay que controlar quién entra y dónde puede entrar», señala.
El modelo de la doble llave no es ajeno a la tradición española: las cajas de seguridad bancarias funcionaron durante décadas con un sistema de doble cerradura que exigía la presencia simultánea del titular y de un empleado de la entidad. La custodia privada de patrimonio en Madrid convive además con el reciente interés cultural por los objetos de valor y su simbolismo, de las joyas de escenario a las colecciones familiares que han llegado al teatro con montajes como el personaje que encarna Penélope Cruz en 'La bola negra'.
Lavio insiste en que el patrimonio que custodia no se reduce a lo económico. «El valor puede ser monetario, histórico, sentimental o documental», afirma, y pone como ejemplo una escritura notarial: «Una escritura puede no valer nada como objeto, pero si la pierdes puedes tardar seis meses en conseguir que te la vuelvan a hacer». También menciona los testamentos como documentos que algunos clientes prefieren mantener fuera de casa: «Hay personas que no quieren tener determinados documentos en casa porque no quieren que otra persona los lea. No todo lo que protegemos tiene que ver con dinero».
