Las manifestaciones se han extendido durante las últimas semanas por ciudades del interior como Maracay, Guanare, Barinas, Valencia y Maracaibo, donde los vecinos han salido casi cada noche de este caluroso septiembre a expresar «su hastío por los apagones», que cada vez son más prolongados y alcanzan las diez o doce horas diarias. El fin de semana hubo gente en las calles exigiendo una fecha para las elecciones y el regreso de la dirigente opositora María Corina Machado.
En Guayana, el foco se sitúa en las empresas básicas del Estado, columna vertebral de la industria pesada venezolana desde su nacionalización en los años setenta. Los trabajadores reclaman mejoras salariales en un contexto de deterioro económico prolongado, con un poder adquisitivo erosionado por una década de crisis inflacionaria.
La chispa más reciente de la indignación en Caracas fue la muerte de una reclusa en el Instituto Nacional de Orientación Femenina (INOF). Un grupo se concentró para reclamar por la libertad de los presos políticos, sumando este episodio a las denuncias sobre las condiciones del sistema penitenciario venezolano.
A ese malestar se añade la exigencia de un calendario electoral y el reclamo por el regreso de Machado, cuya situación se ha convertido en un punto de fricción constante entre el chavismo y la oposición. La dirigente aparece atrapada, como se ha detallado en la encrucijada de María Corina Machado entre Washington y Caracas, entre las presiones externas y el bloqueo político interno.
El propio Gobierno se comprometió, en una segunda ronda de negociaciones con la oposición, a mejorar la libertad de prensa en el país. El gesto no ha frenado el descontento en las calles ni ha despejado las dudas sobre la fecha de las elecciones.
La crisis eléctrica no es nueva: el país arrastra fallos recurrentes en su sistema de generación desde el gran apagón nacional de marzo de 2019, que dejó a buena parte del territorio sin suministro durante varios días. Lo que distingue el episodio actual es la persistencia de los cortes en pleno septiembre, con temperaturas elevadas que han agravado el malestar, sobre todo en las regiones alejadas de la capital.
La combinación de fallos energéticos, deterioro económico y bloqueo político ha devuelto a las calles venezolanas una conflictividad social que recuerda a las protestas masivas de 2017 y 2019, aunque esta vez con un carácter más disperso, localizado en ciudades del interior antes que concentrado en Caracas.


