El dato del 96% se refiere únicamente al valor económico de los materiales recuperados, no al peso ni al volumen total del panel desmontado. Un módulo fotovoltaico no es un residuo homogéneo: según la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA), el vidrio supone alrededor del 75% de su peso, mientras el resto se reparte entre el marco de aluminio, las células de silicio, polímeros protectores y pequeñas cantidades de plata y cobre. Las capas que aíslan el panel de la lluvia y de los cambios de temperatura dificultan su desmontaje, por lo que separar cada componente exige procesos mecánicos, térmicos o químicos distintos.
Esa complejidad tiene un reflejo directo en el coste. Un informe del Laboratorio Nacional de Energías Renovables estadounidense (NREL), publicado en 2021, situaba el precio de reciclar un módulo entre 15 y 45 dólares, frente a tarifas de depósito inferiores a un dólar en vertederos de residuos no peligrosos y de menos de cinco en los de residuos peligrosos. Son referencias históricas, no un presupuesto actualizado de retirada, transporte y tratamiento, pero ilustran una brecha de al menos quince veces entre enterrar un panel y reciclarlo.
El mismo laboratorio modeló un escenario para el periodo 2020-2050 en el que cerca del 80% de los módulos retirados en Estados Unidos acabaría en vertedero y solo el 10% pasaría por un proceso de reciclaje. No es un recuento del destino real de los paneles en 2026, sino una simulación que explica la lógica económica que todavía mueve a propietarios, instaladores y gestores de residuos a elegir la opción más barata. El investigador del NREL Julien Walzberg resumió así el problema:
«Una solución puede ser técnicamente viable, pero si no hay incentivos para que los consumidores la adopten, no funcionará», señaló Julien Walzberg, investigador del NREL.
La salida que ensaya SolarCycle pasa por la integración vertical: la compañía proyecta una fábrica de vidrio solar junto al centro de reciclaje de Cedartown, con la primera producción prevista para 2028, según el anuncio de enero. La idea es devolver el vidrio recuperado —ese 75% del peso del panel— directamente a la cadena de fabricación de nuevos módulos, cerrando un círculo que hoy se detiene en la separación de materiales.
Prologis y Southern Power, clientes de volumen
El modelo necesita, además de tecnología, un flujo constante de paneles que procesar. En marzo de 2026, SolarCycle cerró un acuerdo para reciclar los módulos retirados de la cartera estadounidense de la logística Prologis, con el argumento, según la compañía, de que un volumen previsible permite planificar mejor las instalaciones e invertir en reducir costes por unidad. Southern Power detalló en una comunicación del 2 de julio de 2026 que había contratado hasta abril el reciclaje de más de 800 módulos procedentes de tres instalaciones, con previsión de sumar entre 2.000 y 3.000 paneles dañados antes de cerrar el ejercicio. Ninguna de las dos compañías ha hecho público su coste por panel.
En España, el marco regulatorio ya obliga a gestionar este tipo de residuo: el Real Decreto 110/2015 incluye los paneles fotovoltaicos dentro de la normativa de residuos de aparatos eléctricos y electrónicos (RAEE) y traslada a los productores la financiación de su gestión. Quien sustituye placas en un tejado puede exigir al instalador que especifique por escrito, junto al presupuesto, quién retira los módulos usados y a qué gestor autorizado se entregan. El impulso a la fotovoltaica doméstica ha ido en paralelo al debate sobre el papel del Estado en el sector energético, como ilustra el análisis de que los decretos de vivienda dejan al Estado como único comprador.
El precedente que ordena esta fase inicial es el mismo que rige cualquier cadena de reciclaje que arranca: primero se recupera lo fácil —el marco de aluminio—, después lo que exige procesos más costosos, como el vidrio o las células de silicio. La cifra del 96% es un valor declarado por la propia empresa, sin auditoría independiente conocida, y el coste por panel sigue sin hacerse público. Los módulos de primera generación instalados hace más de una década empiezan ya a retirarse, y su destino marcará si el sector fotovoltaico logra cerrar su propio círculo de materiales o traslada el problema a la próxima década.


