El movimiento se enmarca en la presión que la Administración estadounidense ejerce sobre las empresas extranjeras que operan en Cuba. Fuentes del sector comparan la situación con lo ocurrido en Venezuela, donde la captura de Nicolás Maduro habría abierto la puerta a que petroleras estadounidenses recuperasen posiciones. La hipótesis que circula entre los operadores turísticos es que Washington podría estar dispuesto a dirigir una transición económica en la isla que sustituya el modelo estatal cubano por uno de apertura, con las compañías estadounidenses como principales beneficiarias.
Cuba dispone de 86.559 habitaciones hoteleras repartidas por todo el país, de las que aproximadamente un 35% —más de 30.000— estarían operadas hasta ahora por las tres cadenas españolas. Meliá, Iberostar y Barceló construyeron esa presencia a partir de los años noventa, aprovechando una ventaja regulatoria de la que Estados Unidos no permitía disfrutar a sus propias empresas debido al embargo comercial, vigente desde 1960 y reforzado por la Ley Helms-Burton de 1996, que contempla sanciones a terceros países que operen con activos expropiados tras la revolución de 1959.
Un embargo de seis décadas con un breve deshielo
El bloqueo estadounidense sobre Cuba constituye uno de los más prolongados de la historia contemporánea. Impuesto tras la nacionalización de empresas norteamericanas por el Gobierno de Fidel Castro, se ha mantenido con distintos grados de intensidad bajo administraciones demócratas y republicanas. El precedente más cercano a una relajación se produjo durante la presidencia de Barack Obama, entre 2014 y 2016, cuando se restablecieron relaciones diplomáticas y se permitieron ciertas operaciones comerciales, entre ellas la gestión por Marriott de un hotel en La Habana, además de otros proyectos en cartera.
Aquella apertura fue revertida por la Administración de Donald Trump, que en 2020 obligó a Marriott a abandonar sus posiciones en la isla como parte de un paquete de medidas de presión económica contra el Gobierno cubano, cancelando además los proyectos de expansión previstos.
Si se confirma la retirada de las cadenas españolas, las grandes hoteleras estadounidenses encontrarían un terreno preparado: infraestructura construida, personal formado y rutas turísticas consolidadas en destinos como La Habana, Varadero, Cayo Coco o Cayo Santa María. Marriott, Hilton, Hyatt y Wyndham suman en conjunto alrededor de cuatro millones de habitaciones en todo el mundo, una escala que multiplica ampliamente la de las cadenas españolas presentes en el Caribe.
La ventaja de las hoteleras estadounidenses no se limitaría a su tamaño. Estas marcas cuentan con programas de fidelización con decenas de millones de clientes en Estados Unidos, su principal mercado emisor de turistas hacia el Caribe. A ello se sumaría el respaldo de aerolíneas como American Airlines y Delta, y de plataformas de reserva online como Booking, la mayor del planeta, lo que garantizaría un flujo constante de visitantes en caso de levantarse las restricciones que hoy limitan el turismo directo desde Estados Unidos. Otras candidatas al desembarco serían Best Western o Choice Hotels.
Fuentes del sector apuntan a que las grandes cadenas de EE.UU. tenderían a posicionarse en el segmento urbano premium y en resorts de lujo, alejándose del modelo de todo incluido que ha dominado el negocio turístico en el Caribe hispanohablante durante décadas y que las cadenas españolas han explotado con éxito tanto en Cuba como en el resto de la región. Esa distinción de segmento abriría, según las mismas fuentes, una posible vía de regreso para Meliá, Iberostar y Barceló en destinos vacacionales de playa como Varadero o los cayos del norte, donde el todo incluido conserva demanda entre turistas europeos y canadienses. Esa hipotética reentrada, no obstante, se produciría en un mercado mucho más competitivo y sin la ventaja regulatoria de la que disfrutaron durante treinta años.
Las cadenas españolas no serían las únicas afectadas por el cambio de escenario. La canadiense Blue Diamond, que competía en el segmento vacacional cubano, también habría abandonado sus operaciones, según las mismas fuentes. Junto a los hoteles gestionados por empresas estatales cubanas, estas cadenas conformaban hasta ahora el grueso de la oferta de la isla frente a la ausencia casi total de marcas estadounidenses.
Ni Meliá, Iberostar ni Barceló han confirmado oficialmente una salida de Cuba, y tampoco existen anuncios formales de Marriott, Hilton, Hyatt o Wyndham sobre planes concretos de expansión. El propio sector reconoce que, por el momento, no hay movimientos oficiales, aunque da por descontado que los pasos ya estarían diseñados en caso de confirmarse el escenario de apertura dirigido por Washington.
El desenlace dependerá en última instancia de decisiones políticas aún no publicadas, tanto en materia de sanciones como de relaciones diplomáticas entre Washington y La Habana. Cualquier levantamiento sustancial del embargo requeriría en principio la intervención del Congreso de Estados Unidos, dado que buena parte del bloqueo está codificado en ley federal desde la Helms-Burton, lo que introduce un elemento de incertidumbre sobre los plazos reales de una eventual apertura.
Para las tres cadenas españolas, la salida supondría un golpe en uno de sus mercados históricos de referencia desde los años noventa. Su reposicionamiento en el Caribe y la evolución de las relaciones entre Washington y La Habana marcarán en los próximos meses el alcance real de un giro que, por ahora, permanece en el terreno de las hipótesis del sector.
