El Hanakotoba bebe de la filosofía budista y de la sensibilidad hacia la belleza efímera de las cosas. Bajo este prisma, cada flor, color y forma de marchitarse adquiere un significado que trasciende lo visual y que durante generaciones ha orientado tanto el diseño de jardines como la elección de regalos y el envío de condolencias.
El crisantemo (kiku) ocupa un lugar paradójico en este código. Por un lado es el emblema del Trono Imperial de Japón y aparece en el sello del emperador, simbolizando longevidad y vida eterna. Por otro, el color de sus pétalos altera radicalmente el mensaje: mientras el amarillo evoca el sol y la inteligencia, el blanco queda reservado de forma casi exclusiva para expresar dolor y luto, según explican los especialistas de la floristería Interflora citados en la difusión de esta tradición.
Esa asociación no es casual. En la cultura japonesa, a diferencia de la occidental, el blanco es el color tradicional del duelo. El crisantemo blanco se ha convertido así en la flor por excelencia de los funerales y de la decoración de tumbas, donde según la creencia popular sirve como guía visual para que el difunto camine hacia la luz del más allá. Introducir esta variedad concreta en un jardín doméstico, bajo la óptica de la cultura nipona, podría interpretarse como una evocación de la melancolía y del recuerdo de la pérdida.
La lectura fúnebre convive, sin embargo, con usos festivos. El Kiku no Sekku, o Festival del Crisantemo, se celebra cada 9 de septiembre y en él la flor simboliza la energía, la protección frente a los malos espíritus y el deseo de longevidad. Esa ambivalencia —vida eterna en el escudo imperial, luto en el ramo funerario— ilustra hasta qué punto el significado en el Hanakotoba depende del contexto y, sobre todo, del color de los pétalos.
La camelia (tsubaki) presenta un historial más antiguo y, si cabe, más gráfico. Los antiguos samuráis llegaron a apodarla «la flor de la muerte», un mote que no aludía a su fragancia ni a su hábitat, sino a su forma peculiar de marchitarse: mientras la mayoría de las flores pierden los pétalos uno a uno, la cabeza completa de la camelia se desprende del tallo de un solo golpe. Para la clase guerrera, ese movimiento recordaba a una decapitación.
El tiempo ha suavizado buena parte de esa carga simbólica. Hoy la camelia roja se emplea en Japón como obsequio para expresar amor y admiración, y su cultivo ornamental está extendido en jardines públicos y privados. Sin embargo, en las regiones más apegadas a la tradición y entre quienes conocen su origen histórico, la planta conserva un poso de respeto que no comparten otras flores de similar vistosidad.
El Hanakotoba no se limita a estas dos especies. El código asigna significados específicos a numerosas flores que durante generaciones han orientado desde la ceremonia nupcial hasta el envío de condolencias. Se trata de un sistema cultural comparable, salvando las distancias, al lenguaje victoriano de las flores que floreció en la Europa del siglo XIX, aunque con raíces filosóficas y religiosas propias.
Para quienes fuera de Japón incorporan elementos del diseño de jardines japoneses, ligados al interés por el minimalismo y el concepto de jardín como espacio de contemplación, estos significados suelen pasar inadvertidos. La estética prevalece sobre la simbología, y plantas como el crisantemo blanco o la camelia se eligen habitualmente por su resistencia, su floración invernal o su porte, sin conocimiento del trasfondo cultural que las acompaña en su país de origen.
No se trata, en cualquier caso, de una prohibición literal ni de una superstición que deba condicionar las decisiones de jardinería en Occidente, sino de un dato cultural: en Japón, estas flores concretas siguen ligadas, en el imaginario colectivo, a los funerales y al recuerdo de quienes ya no están. Conocer ese significado permite a quien busca replicar la armonía de un jardín japonés auténtico entender por qué ciertas especies acompañan, desde hace siglos, el silencio de los cementerios del archipiélago.