Moreno Gallo, graduado también en Geografía e Historia por la UNED, ha dedicado buena parte de su carrera a analizar sobre el terreno las construcciones romanas que aún sobreviven. Su método, según explica, se aparta de la reconstrucción teórica: «Solo con el análisis directo de las estructuras y de las obras de ingeniería que aquellos técnicos realizaron podemos deducir el alcance y el verdadero funcionamiento de estas». El origen de ese interés, cuenta, está en su doble formación: «La Historia me gustó desde siempre, sin embargo, mi formación inicial fue ingenieril».
Entre las obras que el ingeniero señala como más admirables figuran la desecación del lago Fucino, los acueductos de abastecimiento de la ciudad de Roma y el muro de Adriano, en la frontera norte de Britania. De este último destaca en particular el volumen de movimiento de tierras que exigió su construcción. Para Moreno Gallo, esa magnitud solo se explica por un esquema de trabajo que resume así: «Planificación, proyecto, valoración y puesta en obra, es la única forma en la que las obras pueden llevarse a cabo con éxito».
Pero es en las calzadas donde encuentra la clave para entender el funcionamiento del territorio bajo dominio romano. Lejos de reducirlas a una red de desplazamiento militar, las presenta como el armazón que sostuvo la organización social y la difusión cultural del imperio.
«El comercio, las mercancías, la cultura, la lengua y la romanización en general, se transmitieron por las carreteras romanas», sostiene Isaac Moreno Gallo, ingeniero técnico de Obras Públicas y experto en historia antigua.
El ingeniero reivindica además el papel del abastecimiento de agua como herramienta de asimilación cultural, por encima incluso de la conquista militar. En su opinión, la capacidad de ofrecer un servicio cotidiano a las poblaciones sometidas resultó más eficaz que la fuerza para consolidar el dominio romano en los territorios anexionados.
«Disponer de agua potable y de calidad en la ciudad y hasta en tu propia casa, es un hecho que logra más adeptos entre las culturas indígenas con las que contactaban, que la propia victoria por las armas», afirma Moreno Gallo.
El mito de los caminos de cabras
Moreno Gallo aprovecha la entrevista para desmontar una idea extendida sobre las vías romanas, a las que a menudo se atribuye una tosquedad que, según él, no corresponde a la realidad técnica de la época. «Desgraciadamente, se sigue estudiando que las carreteras romanas eran caminos de cabras con losas en la superficie, confundiéndolas con la estética de las calles de las ciudades», denuncia el experto, que insiste en la sofisticación del método constructivo romano frente a la imagen popular.
Esa reivindicación de la ingeniería antigua conecta con otros hallazgos recientes que han devuelto protagonismo al patrimonio de civilizaciones milenarias, como la estela asiria de 2.700 años hallada en Nínive con el relieve de Asurbanipal, otro testimonio de cómo el poder antiguo dejó huella física en el territorio que gobernaba.
Pese a décadas de estudio sobre el terreno, Moreno Gallo reconoce que el alcance de la obra pública romana sigue superando su propia capacidad de comprensión. «Tengo la sensación de que es inalcanzable acabar de entender todo lo que aquella gente llegó a construir y los logros tan impresionantes que hicieron», concluye el ingeniero, que mantiene su labor divulgativa a través del proyecto Ingeniería Romana.

