El error de atribución no es nuevo ni exclusivo de esta sentencia. Internet ha convertido a ciertos autores, especialmente a poetas con obra extensa y popular como Neruda, en receptores habituales de frases ajenas que ganan credibilidad al colgarse de un nombre reconocible. En este caso, la cita pertenece a un pensador que escribió siglos antes de que existiera el concepto moderno de relación de pareja, lo que no ha impedido que su mirada sobre el amor siga resultando reconocible para cualquiera que haya atravesado una ruptura.
Para Llull, el amor nace de un recuerdo: una imagen, un gesto o un momento concreto que queda grabado y que da origen al vínculo. No se trata de un sentimiento espontáneo sin causa, sino de algo que arranca de una experiencia compartida y que necesita esa memoria inicial para echar a andar. Después, ese amor requiere de la inteligencia para mantenerse vivo, es decir, de un cuidado consciente y una atención sostenida. Y termina, según la sentencia, cuando aparece el olvido: cuando el recuerdo original deja de sostenerse y el vínculo se apaga, sin necesidad de un final abrupto.
Trasladada al presente, la frase funciona como recordatorio de que el amor no se sostiene por sí solo, sino que exige un cuidado activo. Muchas relaciones no terminan de forma repentina, sino que se apagan cuando dejan de dedicarle atención al vínculo que las originó. La reflexión de Llull invita también a distinguir entre el impulso inicial, casi siempre ligado a un recuerdo o una emoción concreta, y el trabajo posterior que sostiene la relación en el tiempo.
El fenómeno de las citas mal atribuidas convive hoy con otros debates sobre la transmisión de ideas y lecturas clásicas en el espacio digital, como demuestra la reciente reaparición de un verso de Goethe sobre la crianza, que también ha circulado ampliamente fuera de su contexto original.
Senescal, peregrino y misionero
Hijo de un barcelonés instalado en la isla poco antes de su nacimiento, Llull estuvo vinculado durante su juventud a la corte y llegó a ser senescal del heredero del reino. Según relata él mismo en su obra autobiográfica Vida coetánea, llevó hasta los treinta años una existencia disoluta pese a estar casado con Blanca Picany y tener dos hijos.
El giro en su biografía llegó, según su propio testimonio, cuando se le apareció Jesucristo en varias ocasiones y le pidió que abandonara esa vida mundana. Llull dejó entonces a su familia y emprendió una peregrinación a Santiago de Compostela, desde donde pasó por Barcelona antes de retirarse durante nueve años al estudio y la contemplación en su isla natal, un periodo de reclusión voluntaria que marcaría el resto de su obra filosófica y teológica.
En 1276 fundó el colegio de Miramar para formar misioneros y más tarde viajó a París, donde expuso sus ideas en La Sorbona y obtuvo el magisterio en artes. Intentó también, sin éxito, convencer al papa Nicolás IV de organizar una nueva cruzada en tierras paganas. Sus viajes posteriores por Chipre, Armenia y el norte de África lo llevaron a ser hecho prisionero en Bugía y a sobrevivir a un naufragio frente a las costas de Pisa, episodios que consolidaron su perfil de pensador itinerante y misionero.
Sin ese segundo paso que reclamaba Llull —el del cuidado consciente—, advierte la sentencia, hasta el vínculo más intenso corre el riesgo de diluirse en el olvido, por mucho que en su día pareciera indestructible.

