Los directores explican que la propuesta nació de una convicción compartida: la historia del grupo trascendía lo musical. «Hay muchas bandas de música, pero tienen algo diferente al resto. Han trascendido generaciones y su propia historia es fascinante», señalan Arnaiz y Ortega, que trazan un paralelismo entre los tres picos de popularidad de la banda. «En el 85 se convirtieron en virales cuando la palabra viral no existía. En su regreso en el 2002, les volvió a pasar, y ahora otra vez. Esa historia había que contarla», apuntan.
El asunto más delicado del rodaje fue el que los propios músicos trataron de minimizar. Según relatan los directores, la banda llegó a desaconsejar que se abordara su separación con el argumento de que carecía de interés para el público. La respuesta del equipo creativo terminó por abrir una conversación inédita entre los cuatro integrantes, registrada por primera vez durante el rodaje.
«Lo único que nos dijeron, fíjate si son humildes, es 'no le interesa a nadie la separación'. ¿Cómo no va a interesar? Es algo que ni siquiera entre ellos habían hablado. Se reunieron y faltaba una conversación, y tuvimos la suerte de que esa conversación sucediera por primera vez en la película», explican Charlie Arnaiz y Alberto Ortega, directores del documental.
Esa escena, sostienen, funciona como columna vertebral del relato porque rompe con el tono triunfalista que suele dominar los documentales musicales. «Una historia de éxito tiene las patas muy cortas. El espectador necesita empatizar con el artista viendo que su ídolo también sufre como cualquiera. Para nosotros era la parte fundamental, el corazón de la película», apuntan los cineastas, que sitúan el quiebre del grupo en el instante en que termina la exposición pública: «De la noche a la mañana se apagan los focos, se acaban los aplausos y toca enfrentarse a la vida».
El triunfo de una historia condenada a fracasar
Arnaiz resume el origen del fenómeno con una paradoja: Hombres G reunía, según explica, todos los ingredientes para no funcionar comercialmente. «Era un grupo en una discográfica independiente, con un cantante con una voz nasal —que entonces era una cosa muy rara—, y con unas canciones con unas letras que eran una locura, como Marta tiene un marcapasos. Era una cosa condenada a no haber funcionado nunca y, sin embargo, se salió de madre», afirma el director. El cuarteto, surgido en Madrid a comienzos de los ochenta, se convirtió en uno de los primeros fenómenos de fans masivos del pop español.
El material de archivo permitió constatar que las dinámicas internas del grupo se mantienen reconocibles tras décadas de carrera. «Ves ese material y veías que las dinámicas eran las mismas que ahora, con 60 y pico años. Uno le llama gilipollas al otro, el otro se ríe… Qué guay ver que se puede seguir siendo fiel a uno mismo después de tantos años», sostienen los directores, que interpretan esa continuidad como un contraste frente a la gestión de imagen propia de la era de las redes sociales.
El documental incorpora, como elemento narrativo, el proceso de composición de la canción que da título al largometraje, escrita por David Summers durante el desarrollo del proyecto. «Nos pusimos en una reunión y se puso a contarnos la letra, todavía sin melodía ni nada, y se nos pusieron los pelos de punta», relatan Arnaiz y Ortega sobre ese momento, que quedó en el montaje final. Para construir el relato, optaron por limitar las voces externas y ceder el peso testimonial a los músicos y su entorno, con apariciones puntuales de Carlos Vives o Carín León, que aportan la perspectiva del grupo en el mercado latinoamericano.
El estreno llega en un momento de transformación del propio género documental, que según los cineastas ha dejado atrás su fama de formato somnífero al adoptar recursos propios de la ficción, en paralelo al crecimiento de los catálogos de las plataformas —en la misma línea en que Netflix ha anunciado que sumará diez películas de Filmin cada mes a su catálogo en España—.
«Tienes que coger la realidad que ha sucedido y la adaptas a esquemas de ficción que tienen que funcionar: técnicas de guion, de cámara, de postproducción. Todo eso hace que el espectador no tenga la sensación de que un documental es para dormir; a lo mejor te consumes tres capítulos del tirón, con giros y con los ojos como platos», concluye Alberto Ortega, director del documental.

