«Nosotros estamos viviendo una época que se parece mucho a la decadencia del Imperio Romano. Sólo que la decadencia del Imperio Romano ocurrió en tres siglos aproximadamente, y nosotros la vamos a vivir en cincuenta años. Sabemos de dónde venimos, pero no sabemos exactamente a dónde vamos», explicó el autor, que atribuye el desorden actual a la propia naturaleza de los procesos de transición histórica: «en todas las transiciones hay desorden».
Buena parte de su análisis la dedica a desmontar la envoltura ideológica de la Guerra Fría para señalar su motor económico. «El comunismo es realmente una religión moderna y la gente le es absolutamente fiel y fanática, a pesar de que la historia nos está demostrando que todos los países que han tenido un régimen comunista han fracasado», afirmó. Lo describe como «un régimen perfecto, como el catolicismo, desde el punto de vista teórico», cuyo fallo reside en la imperfección humana: «los seres humanos somos imperfectos y, por tanto, no es aplicable».
Como ejemplo de ese desfase entre teoría y práctica, el historiador recurre al sudeste asiático. «En el momento en que los americanos se fueron de Vietnam y se instituyó un régimen comunista, sobrevinieron hambrunas terribles… hasta que decidieron hacerse capitalistas», relató. El país, recuerda, «hoy tienen una economía boyante», en lo que presenta como prueba de que, a su juicio, el modelo colectivista no resiste el contacto con la realidad productiva.
Sobre el papel histórico de Estados Unidos, Eslava Galán describe una potencia dividida entre el aislacionismo y la intervención forzosa. «Estados Unidos tiene un espíritu muy contradictorio. Por una parte, siempre se ha acogido a una especie de aislamiento internacional; pero después de lo de Pearl Harbor no tuvieron más remedio que meterse en la guerra», señaló. Según su relato, el ideal expansivo de la Komintern obligó a Washington a articular el Plan Marshall como dique de contención, partiendo de una premisa que conecta con su tesis central: «el comunismo crece mucho con la pobreza y Europa estaba entonces empobrecida».
El Plan Marshall, aprobado por el Congreso estadounidense en 1948, canalizó unos 13.000 millones de dólares de la época hacia la reconstrucción europea entre 1948 y 1952, una cifra que sigue siendo el referente histórico de la ayuda económica como instrumento de contención geopolítica. Eslava Galán lee aquel programa precisamente bajo esa clave: no filantropía, sino estrategia frente al avance soviético en una Europa arrasada.
La caída de la Unión Soviética, sostiene, no fue tanto una derrota militar como un colapso productivo. «Estados Unidos generaba un producto interior bruto tres veces mayor que el de la Unión Soviética, y la URSS tenía que ponerse a la par. La economía soviética no se podía mantener», explicó. A esa brecha estructural se sumó, según el autor, el deseo popular de acceder al bienestar occidental.
«Cuando se abrió la primera hamburguesería en Moscú, había colas de cinco horas. La fascinación por el consumismo de Occidente era terrible: bajabas en el ascensor de un hotel y los botones te cambiaban un abrigo carísimo de pieles por tus pantalones vaqueros. Es más, el Muro de Berlín se levantó porque la gente huía del sector comunista al capitalista. Jamás se dio el caso contrario», Juan Eslava Galán, historiador y divulgador.
La apertura de aquel primer McDonald's moscovita, en enero de 1990, se convirtió en símbolo de los últimos meses de la URSS, que se disolvería formalmente en diciembre de 1991. El escritor utiliza ese episodio para argumentar que la atracción material del capitalismo, más que la presión diplomática occidental, precipitó el final del experimento soviético.
China como potencia dominante del futuro
El historiador traslada ese marco al presente para describir una Guerra Fría mutada en disputa comercial y tecnológica. «La Guerra Fría era una guerra ideológica; ahora eso ha ido mutando y se trata de una guerra meramente comercial. Ya es dudoso que exista una guerra parecida a la Segunda Guerra Mundial. Si acaso, las grandes potencias se enfrentan en países no desarrollados; allí prueban sus armas y machacan a la gente, mientras ellos quedan indemnes», advirtió, en una lectura que conecta con los conflictos por delegación que hoy sostienen potencias como Estados Unidos, Rusia o Irán, en la línea de lo que ya se analizó al abordar la diplomacia que intenta frenar otra guerra de Israel y EEUU contra Irán.
En ese tablero reconfigurado, Eslava Galán sitúa a Pekín como el actor con mayor horizonte estratégico: «mientras los demás países piensan en el mañana, China ya piensa en el pasado mañana». El autor no duda al señalar quién ocupará la posición hegemónica: «habrá varias grandes potencias, pero en la nueva era el poder dominante, desde luego, será China».
La convergencia de todos los bloques hacia el capitalismo, sin embargo, no supone para el historiador una victoria de las libertades. «Lo único que sabemos es que en todas esas potencias ha triunfado el capitalismo», apunta, antes de trasladar su diagnóstico más sombrío sobre el control social a escala planetaria.
«Estamos cediendo libertades. El futuro será el gran hermano que ya existe en la dictadura de China, donde prácticamente todo el mundo está perfectamente controlado. El Gran Hermano de Orwell es lo que vamos a tener en el futuro, y lamento mucho decirlo, pero es lo que creo», Juan Eslava Galán, historiador y divulgador.
El autor extiende ese pulso estratégico más allá de las cancillerías tradicionales hacia el control de la Inteligencia Artificial y de las materias primas críticas, las tierras raras, con India como potencia tecnológica emergente, Brasil ganando peso en Sudamérica frente al repliegue de la hegemonía estadounidense y África convertida en escenario de disputa por sus recursos.
Rusia, orgullo herido tras 1991
Sobre la Rusia de Vladímir Putin, Eslava Galán señala una herida que considera aún abierta: la humillación nacional que supuso la desintegración soviética de 1991 para una población orgullosa de logros como la carrera espacial. A esa fractura psicológica, concluye, se suma una debilidad estructural que condiciona el margen de maniobra del Kremlin, el talón de Aquiles de una potencia que, según su diagnóstico, apenas ha trascendido lo militar y lo aeroespacial.
