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El Museo del Greco expone la biblioteca de Juana I de Castilla en Toledo

El comisario Israel Marín defiende librar a la reina del apodo de 'la Loca': «La biblioteca de Juana es un reflejo de su vida»

Por Redacción de El Hemiciclo·
3 min de lectura
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El Museo del Greco de Toledo dedica la exposición 'Juana, otra lectura' a la biblioteca personal de Juana I de Castilla, con un manuscrito cedido por Patrimonio Nacional y un cuadro del Museo del Prado que nunca se había mostrado al público. La muestra reconstruye la formación intelectual de la reina —bautizada y jurada heredera en la ciudad— frente a la imagen de enajenación que arrastra su figura desde el siglo XIX.

El eje de la muestra es un manuscrito que reúne dos textos capitales de la tradición medieval europea: Calila e Dimna, una colección de relatos morales de origen hindú muy difundida en las cortes medievales, y el Mapamundi de San Isidoro de Sevilla. El volumen, custodiado habitualmente en la Real Biblioteca del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, pertenece a los fondos cedidos por Patrimonio Nacional para la cita toledana.

Israel Marín, bibliotecario del Museo del Greco y comisario de la exposición, explica que esos ejemplares pertenecieron primero a Isabel la Católica y pasaron después a su hija como legado directo. Los libros incluyen anotaciones atribuidas a la Reina Católica y están escritos, según Marín, «con una letra minuciosa y cuidada en un gótico castellano precioso», sin erratas ni tachones: testimonio de los primeros años de instrucción de Juana.

El comisario sitúa el origen de la muestra en la relación física entre la reina y el edificio que hoy alberga el museo. Juana fue bautizada en Toledo y jurada heredera de Castilla en la ciudad, y durante aquellos preparativos residió en el Palacio del Marqués de Villena, situado frente al actual museo, el mismo inmueble donde vivió después El Greco.

«La reina es una figura muy vinculada a Toledo, ya que fue bautizada aquí y también jurada como heredera de Castilla. Por tanto, ambos personajes compartieron espacio, aunque no tiempo», apunta Israel Marín, bibliotecario del Museo del Greco y comisario de la exposición.

Marín reivindica desprender a la monarca del apodo que la acompaña: afirma estar «un poco cansado del tema de la leyenda negra alrededor de Juana, sobre todo la que se construye en el s. XIX. Esa que habla de una supuesta enajenación o locura de la reina». El retrato de una lectora culta se apoya en la biografía 'La Reina Juana. Gobierno, Piedad y Dinastía', de Bethany Aram, catedrática de Historia de la Universidad de Granada, que documenta el inicio de sus estudios a los siete años bajo la tutela de Andrés de Miranda, religioso del Monasterio de Santo Domingo de Burgos.

Según esa biografía, Juana recibió entonces instrucción cristiana y entrenamiento en latín, y ese mismo año le entregaron una caja para cartas y un libro de horas con candado de plata y bordes dorados. A los diez años ya poseía libros de oración impresos y una edición propia de 'De Consolatione' de Boecio; hacia los catorce dominaba la lectura en esa lengua, cuando recibió ediciones de Vidas de Padres de la Iglesia y Vidas de Santos. Un viajero alemán que visitó la corte de Isabel la Católica dejó constancia del elogio de Miranda al talento de la infanta para recitar y componer versos en latín.

El catálogo de lecturas de la reina iba «más allá de lo religioso y lo litúrgico», con obras de música, filosofía y materias jurídicas en latín, castellano y francés, idioma que manejaba desde su etapa como archiduquesa consorte en Flandes. Según los datos recogidos por Aram, la biblioteca de Juana llegó a sumar alrededor de 116 volúmenes, entre ellos 29 libros de horas, 12 libros de canciones y siete misales, un conjunto que conservó hasta el final de su vida, aunque parte de los tratados religiosos pasaron a su hija Catalina cuando esta se trasladó a Portugal a mediados del siglo XVI.

El comisario relaciona esa disposición hacia el estudio con el ejemplo de Isabel la Católica, que al llegar al trono detectó carencias en su propia educación y decidió formarse con maestros. Esa misma exigencia, trasladada a la crianza de Juana, explica para Marín la existencia de una biblioteca tan diversa en una infanta que no estaba destinada a reinar en Castilla, sino a convertirse en consorte en el extranjero con posibilidad de ejercer como regente. El reivindicar la faceta culta de figuras históricas conecta con otras propuestas de la ciudad, como el retrato de Baroja setenta años tras su muerte.

La muestra se completa con 'La reina Juana la Loca, recluida en Tordesillas con su hija, la infanta Catalina', obra de Francisco Pradilla pintada en 1906 y perteneciente a los fondos del Museo del Prado, que nunca había salido al público. El cuadro, de corte historicista, dialoga con los manuscritos de la infancia de la reina. «Esa biblioteca personal es un reflejo de su vida», resume Marín.

Fuentes

  1. OKDiariookdiario.com

Material del que parte esta pieza. El texto es propio; los enlaces llevan al original.

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