Los mismos trabajos de 2026, enfocados en una serie de mausoleos tardorromanos, sacaron a la luz un sarcófago excavado en la roca y un sello de plomo atribuido a la emperatriz bizantina Irene Comnena, lo que sitúa la zona en un arco cronológico que va de la Roma imperial al mundo bizantino. El material y las fotografías fueron aportados por el propio Ovcharov y difundidos por el portal especializado Arkeonews.
Las dos dolabras, herramientas de hierro con una hoja similar a un hacha en un extremo y una punta o cabeza de martillo en el otro, aparecieron en buen estado de conservación cerca de la fortaleza romana, en los Ródopes orientales. Su nombre deriva del verbo latino dolare, cortar o recortar, y los legionarios las empleaban para talar madera, cavar zanjas, levantar empalizadas y terraplenes, aflojar la tierra y hasta partir piedra o dañar muros con el extremo en punta.
La punta de lanza, identificada por Ovcharov como una hasta, correspondía a un arma distinta del pilum arrojadizo de la legión: la lanza larga con que los soldados golpeaban de frente al enemigo, sobre un mango de alrededor de 2,4 metros, y aparece documentada tanto en los ejércitos de la República como en los de época tardía.
El historiador Flavio Josefo, en el siglo I, incluyó hachas, sierras, herramientas de cavar, cestos y provisiones entre el equipo que acompañaba a la legión. No todos los soldados cargaban con todo: Ovcharov plantea que ese material se repartía entre los ocho hombres del contubernio, la unidad básica que compartía tienda, mientras las piezas más pesadas viajaban con la impedimenta del ejército.
La dolabra contra los crupellarii, año 21
La dolabra tuvo además un uso ocasional en combate. Según recoge Tácito, cuyo aforismo «cuanto más corrupto es el Estado, mayor es el número de leyes» rescatan los Anales, durante la revuelta de la Galia del año 21 después de Cristo los legionarios emplearon hachas y picos para abrir las corazas de los crupellarii, unos gladiadores con armadura pesada, como si derribaran un muro. El episodio no convierte, sin embargo, a la herramienta en un arma habitual de batalla.
Perperikon se alza sobre un acantilado a 470 metros de altitud, unos 20 kilómetros al noreste de la ciudad búlgara de Kardzhali. El culto en la cima se remonta a la Edad del Cobre, con un altar circular de la Edad del Bronce que las investigaciones recientes identifican con un templo dedicado a Dioniso, al que la tradición asocia dos profecías pronunciadas allí, una para Alejandro Magno y otra para el emperador Augusto.
Entre el último milenio antes de Cristo y los primeros siglos de la era cristiana, el asentamiento se convirtió en una ciudad fortificada con palacios, probablemente residencia real de los besos, una tribu tracia. Ya en los siglos III y IV, bajo dominio romano, sumó templos y mausoleos, y la muralla de la fortaleza se reforzó a finales del siglo III, el mismo periodo del que procederían las herramientas ahora halladas.
En el año 378, tras la derrota del emperador Valente en la batalla de Adrianópolis, los godos tomaron e incendiaron Perperikon. Los expertos de Arkeonews precisan que los hallazgos actuales no pueden vincularse de forma directa con ese episodio, ni demuestran que las herramientas sirvieran para levantar una construcción concreta.
A comienzos del siglo V, la ciudad pasó a ser centro episcopal tras la cristianización de los pueblos de los Ródopes, y entre los siglos VII y XIV fue disputada entre búlgaros y bizantinos, hasta que los otomanos la conquistaron y destruyeron a finales del siglo XIV. Buena parte de las piezas recuperadas en el yacimiento se exhiben hoy en el Museo de Historia de Kardzhali, cuyos guías también organizan visitas al enclave rupestre.