George no compró aquel lote como coleccionista ni por interés histórico. Su plan era revender las bobinas a televisiones locales, que en aquella época reutilizaban cinta magnética para grabar sus propias emisiones. Una bobina nueva podía costar entonces unos 260 dólares, de modo que el precio pagado por las 1.150 unidades, 217,77 dólares en total, representaba una ganga incluso sin conocer su contenido.
Decenas de aquellas cintas acabaron en manos de cadenas locales, otras fueron donadas y algunas terminaron convertidas en chatarra. Solo tres se libraron de ese destino porque el padre de George reparó en la inscripción de sus cajas y le insistió en que las conservara. Así lo hizo, y las tres bobinas permanecieron guardadas más de tres décadas sin que nadie, ni siquiera su propietario, supiera con certeza qué contenían.
El asunto resurgió a comienzos de 2008, cuando George coincidió con un ingeniero de vídeo de la NASA. Con el 40 aniversario de la misión Apolo 11 a la vista, la agencia llevaba tiempo tratando de localizar las grabaciones originales de la señal lunar de 1969, que nunca coincidieron en calidad con las imágenes emitidas por televisión aquel 20 de julio: la cámara utilizada en la misión empleaba un formato incompatible con los estándares de emisión de la época, por lo que la señal tuvo que convertirse antes de distribuirse, con la consiguiente pérdida de nitidez.
La búsqueda de la NASA se topó con un obstáculo mayor: buena parte de las cintas originales había sido borrada y reutilizada en los años posteriores a la misión, una práctica habitual en la gestión de archivos magnéticos de coste elevado durante los años setenta. George, sin saberlo con certeza, llevaba treinta y dos años custodiando tres de las piezas que la agencia daba por perdidas.
Un formato casi imposible de leer
El contacto entre George y la NASA no derivó en un acuerdo sobre la titularidad ni el destino de las cintas, pero sí puso en marcha la búsqueda de una máquina capaz de reproducirlas: el formato utilizado en 1969 había caído en desuso y apenas quedaban equipos operativos para leerlo. Las bobinas terminaron en DC Video, una empresa californiana que conservaba el hardware necesario, y se reprodujeron por primera vez en octubre de 2008. La imagen resultante, en buen estado de conservación, superaba en calidad a cualquier copia televisiva conocida hasta entonces.
Las tres grabaciones, de aproximadamente 45, 49 y 50 minutos de duración, mostraban a Neil Armstrong y Buzz Aldrin durante su estancia sobre la superficie lunar, con un nivel de detalle superior al de las emisiones que habían seguido en directo millones de espectadores en 1969. El episodio recuerda que la carrera espacial también dejó tras de sí un rastro documental disperso, hoy objeto de coleccionismo, en la estela de otros hitos como los que persigue el sector privado, donde Elon Musk augura más de 1.000 millones de robots humanoides en diez años.
La tasación llegó once años después del hallazgo, el 20 de julio de 2019, cuando se cumplían cincuenta años del alunizaje. Sotheby's sacó las tres cintas a subasta con una estimación de entre uno y dos millones de dólares. La puja final se cerró en 1,82 millones, una cifra que multiplicó por más de ocho mil el desembolso original de George en aquel excedente gubernamental de 1976.


