El primer detonador es el PSOE, y es el que más ruido hace porque los partidos políticos, cuando se rompen, producen un estruendo que los terremotos envidian: el comunicado de Toledo firmado anoche por Page, Lambán y Gallardo no es un documento orgánico cualquiera sino la declaración de independencia de la mitad del socialismo español respecto a su secretario general, un acto de rebeldía institucional que solo tiene dos precedentes en la historia del PSOE — la rebelión de Alfonso Guerra contra González en 1994 y la defenestración de Sánchez por el comité federal en 2016 — y que esta vez es más grave que ambos porque se produce en un contexto en el que la crisis orgánica no es la única crisis sino que compite por la atención con seis crisis más que, individualmente, ya serían suficientes para paralizar a cualquier gobierno. Sánchez prepara una comparecencia para las 13:00, y la pregunta que todos nos hacemos — periodistas, analistas, ciudadanos que esta mañana leen las portadas con la incredulidad de quien descubre que el incendio que veía a lo lejos ha llegado a su calle — es qué puede decir un presidente que tenga la capacidad de apagar siete fuegos a la vez. La respuesta, me temo, es nada, porque el lenguaje político carece de extintores múltiples y porque la crisis del PSOE no se resuelve con discursos sino con congresos, y los congresos no se convocan con palabras sino con votos que Sánchez no tiene.
El segundo detonador es la sentencia del Koldo, y es el más peligroso porque es el único de los siete que tiene una hora exacta de detonación: mañana, martes 27, a las 10:00, Marchena leerá 312 páginas que pueden cambiar la historia del PSOE para siempre. Las sentencias judiciales son dispositivos binarios que no admiten matices una vez que el magistrado pronuncia las palabras «fallo que debo condenar y condeno»: o Ábalos es inocente o es culpable, y todos los indicios apuntan a que será culpable, y la cuestión no es si será condenado sino por cuánto tiempo y, sobre todo, si la sentencia incluirá las referencias a la financiación del partido que convertirían la condena de un individuo en la condena de una institución. La ironía histórica es tan perfecta que duele: Sánchez llegó a la Moncloa en 2018 gracias a una moción de censura provocada por una sentencia del Supremo que acreditó la corrupción del PP; ocho años después, es su propio partido el que afronta el espejo del Supremo, y la imagen que devuelve el cristal es igual de fea.
El tercer detonador es el Hondius, y es el más impredecible porque los virus no entienden de calendarios políticos ni de estrategias comunicativas: un virus muta cuando quiere, contagia a quien puede y mata a quien no se protege a tiempo, y el hantavirus cepa Andes que viaja en las células de una enfermera de 34 años en Alicante no sabe que España tiene siete crisis simultáneas ni le importa. El ECDC ha activado esta madrugada el protocolo europeo de vigilancia reforzada, un paso que no es alarmismo sino prudencia epidemiológica, pero que añade a la jornada de hoy una capa de incertidumbre sanitaria que ninguno de los otros seis detonadores tiene: las crisis políticas, judiciales, comerciales y electorales son manejables porque son humanas, tienen actores con intereses comprensibles y calendarios negociables; las crisis sanitarias no, porque su evolución depende de la biología molecular y no de las decisiones de los comités federales. Si esta tarde los 47 contactos rastreados en Alicante dan negativo, el Hondius será un susto que se recordará como anécdota; si uno solo da positivo, la cadena de transmisión se habrá ramificado y España — y Europa — afrontarán una crisis sanitaria cuyo horizonte temporal y cuya magnitud nadie puede calcular esta mañana.
El cuarto detonador son los aranceles de Trump, y es el más lento pero también el más destructivo a largo plazo porque las guerras comerciales no matan personas ni derriban gobiernos en un día, pero erosionan el tejido industrial de un país con la paciencia del agua que horada la piedra: los 3.400 trabajadores de SEAT en Martorell que esta mañana están en sus casas cobrando el 70% de su salario no saben si volverán a trabajar la semana que viene o dentro de tres meses, y esa incertidumbre, multiplicada por los 120.000 empleos que ANFAC estima en riesgo, produce un malestar social que no se mide en las encuestas de intención de voto pero que se acumula en las conversaciones de las barras de los bares, en las reuniones de los comités de empresa y en las angustias de las familias que hacen cálculos sobre cuántos meses pueden sobrevivir con el 70% del salario antes de que la hipoteca se les coma. Sefcovic intenta esta mañana una contrapropuesta agrícola que excluya los coches; si Trump la acepta, habrá sido la negociación más importante de la presidencia de Von der Leyen; si la rechaza, el 4 de julio dejará de ser la fiesta nacional de Estados Unidos para convertirse en el día que la industria automovilística europea empezó a morir.
El quinto detonador es Canarias, que esta mañana celebra un consejo de gobierno extraordinario para gestionar una doble crisis — sanitaria y de luto — que ha convertido al archipiélago en el epicentro geográfico de dos de las siete crisis que sacuden a España. Clavijo, un presidente autonómico que hasta hace una semana aparecía en los periódicos nacionales solo cuando las pateras desbordaban la capacidad de acogida de las islas, se ha convertido en las últimas 72 horas en un actor político de primera línea que gestiona la cuarentena del Hondius con una mano y la procesión de Isla Cristina con la otra, un ejercicio de equilibrismo institucional que ningún manual de ciencia política contempla y que ningún presidente autonómico ha tenido que ejecutar en la historia del Estado de las Autonomías. Si Canarias sale bien de esta semana, Clavijo será recordado como el presidente que gestionó la crisis con competencia y dignidad; si sale mal, será recordado como el presidente al que la crisis le estalló en las manos mientras miraba a otro lado.
El sexto detonador son las elecciones andaluzas del 17-M, que a nueve días de la votación viven la campaña más silenciosa, más extraña y más previsible de la democracia andaluza. Moreno gana sin hacer campaña. Espadas pierde sin que le dejen debatir. Gavira crece en TikTok mientras sus rivales callan en la calle. Y ocho millones de andaluces observan un espectáculo político que se parece más a una procesión de Semana Santa — con sus silencios, sus pasos medidos y sus saetas que nadie canta — que a una campaña electoral del siglo XXI. La cancelación del debate de Canal Sur, la congelación de los actos por el luto de Huelva y la contaminación de la crisis del PSOE nacional sobre la campaña del PSOE andaluz han creado un vacío de información electoral que los votantes llenarán como puedan: con las encuestas, con la inercia, con el recuerdo de la legislatura anterior. Y lo que las encuestas dicen es que Moreno gobierna otros cuatro años, probablemente con mayoría absoluta. Si no es un detonador en sí mismo, la explosión que provoque en la noche electoral del 17-M completará la detonación del PSOE que Toledo ha iniciado anoche.
El séptimo detonador son los mercados, y es el que mide la temperatura de todos los demás porque los mercados financieros tienen la capacidad de convertir la incertidumbre política en números concretos que las familias entienden mejor que los comunicados de los barones socialistas: la prima de riesgo, el euríbor, el precio de la gasolina, la cotización de las acciones del banco donde tienen su hipoteca. Goldman eleva a España a nivel naranja. JP Morgan rebaja la perspectiva a negativa. El VIX sube a 22,4. Y el IBEX abre apuntando a los 17.790 con la resignación de un índice que sabe que esta semana será larga, dura y volátil, una semana en la que los traders madrileños dormirán poco, comerán mal y mirarán las pantallas con la intensidad de quien busca señales de vida en un electrocardiograma que parece querer aplanarse.
Siete detonadores. Siete crisis simultáneas. Un país que funciona — que tiene que funcionar, porque los hospitales atienden a los enfermos aunque el gobierno se derrumbe, y los colegios abren aunque los mercados caigan, y los pescadores salen a faenar aunque los guardias civiles mueran en el mar — pero que funciona con la precariedad de una máquina a la que le faltan tres tornillos y que vibra con una frecuencia que los ingenieros reconocen como la antesala de la rotura. España no se va a romper este lunes, porque los países no se rompen en un día: se rompen lentamente, por acumulación de fracturas que cada crisis agranda un poco más, como esas grietas de los edificios antiguos que los arquitectos llaman «patologías estructurales» y que los vecinos llaman «lo de siempre, ya se arreglará». El problema es que las grietas de este lunes no son de yeso sino de carga, y los siete detonadores que suenan esta mañana no son petardos de feria sino cargas de profundidad que, si estallan todas a la vez, pueden producir una onda expansiva cuyas réplicas se sentirán durante meses — en las urnas, en los juzgados, en los mercados, en los hospitales, en los puertos pesqueros — y que harán de este lunes 26 de mayo el día en que España descubrió que su capacidad de absorción de crisis tiene un límite que nadie quería medir pero que la realidad ha medido por nosotros.