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Editorial

El altar como puerta de salida

Nos han explicado por qué en 2024 nos casamos a los 39,8 años. Sigamos el razonamiento hasta el final: verá quién sostenía el cerrojo.

Por EL HEMICICLO·
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El altar como puerta de salida

No se llame usted a engaño con la cifra: 39,8 años de media al casarse en España en 2024, según el INE. Parece un dato sobre el amor y no lo es. Tienen razón quienes explican, corriente sociológica en mano, que en aquella España de los cincuenta y sesenta la gente no se casaba tanto por amor como por salir de casa. Concedámoslo entero y de buena gana: el matrimonio era una puerta, no un destino. La única puerta legítima, dicen, para abandonar el hogar paterno. Aceptado.

Sigamos, que la explicación es impecable y merece ser tomada en serio. Segunda premisa: independizarse sin pasar antes por el altar resultaba prácticamente inviable, y muy en especial para las mujeres. Concedido también. No era pereza ni falta de deseo de libertad; era que la libertad tenía una sola llave y esa llave venía con anillo. Quien no se casaba, se quedaba. Y quien se quedaba, obedecía. Modelo de familia nuclear: padre proveedor, madre en casa, hijos bajo la autoridad parental hasta el matrimonio. Un organigrama, no una familia. Aceptémoslo tal cual lo describen.

Tercera premisa, la material, que es la que de verdad importa y por eso la dejan para el final: alquilar o comprar vivienda sin estar casado era, en la práctica, opción cerrada en buena parte de las ciudades españolas de la época. Fíjese usted en la elegancia del cierre. No hacía falta prohibir la soltería: bastaba con que la soltería no tuviera dónde dormir. El matrimonio quedaba así consagrado como requisito previo para crear un hogar. No un sacramento: un trámite de acceso. La entrada a un club que administraba techos.

Y como todo club que se precie, tenía cuota de inscripción. Se llamaba dote. Lo recoge sin pudor un manual de la época, «Cortesía y buenos modales», de María Adela Oyuela, publicado en 1956: la costumbre de la dote y la preocupación por la posición económica de la familia del cónyuge. No se casaba usted con una persona; se casaba usted con un balance. Aceptemos también esto, que está escrito negro sobre blanco y nadie lo desmiente.

Concedidas las tres premisas, la conclusión se ordena sola. En aquella España el amor era el relato y la vivienda era el mecanismo. Se casaba usted porque era la única manera legal de tener llave propia, y la casa se compraba a peso de dote. El altar no unía dos corazones: certificaba dos patrimonios y repartía dos techos. Quien controlaba el acceso a la vivienda controlaba el acceso a la vida adulta, y quien controlaba eso no necesitaba prohibir nada más. Todo cierra. Y precisamente porque cierra tan bien es donde conviene detenerse.

Lo escribió Larra hace casi dos siglos, y no como adorno sino como diagnóstico: «Escribir en Madrid es llorar.» Traducido a esto que nos ocupa: describir cómo funcionaba de verdad una institución que se vendía como amor eterno es, también, una forma de llanto documentado. Oyuela lo apuntaba en 1956 con la frialdad del que dicta un protocolo. La corriente sociológica lo confirma en 2024 con la frialdad del que lee una estadística. Setenta años y el mecanismo intacto: la casa manda sobre la biografía.

Y aquí revienta solo, sin que nadie tenga que empujarlo. Porque si aquellos se casaban tardísimo respecto a lo que hoy nos imaginamos, no, se casaban jovencísimos precisamente porque no había otra llave; y si nosotros nos casamos ahora a los 39,8, la lectura oficial nos felicita: es la autonomía económica, es que ya no dependemos del matrimonio para tener techo. Magnífico. Salvo que la cifra dice justo lo contrario de lo que celebra. Si a los 39,8 seguimos sin poder crear un hogar, no es que nos hayamos emancipado del cerrojo: es que el cerrojo cambió de manos. Antes lo tenía el padre proveedor. Ahora lo tiene quien administra los techos, que ya no pide dote sino aval. La institución que exigía casarse para tener casa ha sido sustituida por otra que exige tener casa para poder plantearse siquiera lo demás, y a los 39,8 uno ya casi no está para plantearse nada.

Compárelo usted con Europa, que la propia estadística lo pone al lado sin querer: más de una decena de países nos superaban ya en 2005, Suecia en 34,7, Alemania en 32,6. Y dentro de casa, Canarias en 40,30 y, en el otro extremo, Ceuta en 34,97 y Melilla en 35,17. No es que allí amen antes. Es que allí, o antes, la puerta se abría antes. La conclusión que nadie firmará, aunque salga limpia de sus propias premisas, es esta: hemos progresado tanto que hemos tardado setenta años en volver al punto de partida, con la diferencia de que ahora el que tiene la llave ni siquiera se sienta a la mesa a comer con usted. Elaine Spaulding y Arthur Aron, cincuenta años juntos, lo resolvían escuchándose cinco minutos sin interrumpir y posponiendo la bronca veinticuatro horas para ver el dolor que causaban. Método admirable. Solo funciona, eso sí, cuando ya hay una casa dentro de la cual discutir.

Así que la pregunta no es sociológica ni sentimental, y tiene respuesta concreta aunque nadie la pronuncie: si el matrimonio era la llave de la casa y hoy la casa es la llave del matrimonio, ¿quién guarda hoy exactamente la llave que en 1956 guardaba el padre de la dote?

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