Austin no fue el primero en introducir la especie en el continente: la primera flota británica ya había llevado conejos europeos en 1788. Pero la suelta de 1859 resultó ser el detonante de una expansión descontrolada que ningún episodio previo había provocado. A los siete años de aquella liberación, en la propia propiedad de Austin ya se habían cazado 14.000 ejemplares, una cifra que anticipaba la magnitud del problema que se avecinaba para el resto del país.
La reproducción de los conejos, favorecida por la ausencia de depredadores naturales adaptados a su control, se aceleró durante las décadas siguientes hasta alcanzar, según las estimaciones recogidas, los 600 millones de ejemplares en la década de 1940. El impacto sobre la vegetación autóctona y las explotaciones agrícolas generó un desequilibrio ecológico que mermó cultivos y fauna local, al competir los conejos por los recursos con especies nativas.
Ante la escala del problema, Australia recurrió primero a la ingeniería civil. Entre 1901 y 1907 se construyó una cerca de 3.256 kilómetros en Australia Occidental, pensada para frenar el avance de la plaga hacia las zonas agrícolas del oeste del país. La infraestructura, una de las más extensas levantadas con ese propósito, no logró contener por sí sola la propagación de la especie por el resto del territorio.
Mixomatosis y calicivirus contra la plaga
Con el desarrollo de la biología moderna, las autoridades optaron por el control biológico. La liberación del virus de la mixomatosis, transmitido mediante la picadura de mosquitos, provocó la muerte de unos 500 millones de conejos silvestres. En 1995 se introdujo un calicivirus causante de una enfermedad hemorrágica específica de la especie, una estrategia que con el tiempo ha ido perdiendo eficacia a medida que las poblaciones supervivientes desarrollaban resistencia.
Pese a estas intervenciones sucesivas, la población actual se sitúa en torno a los 150 millones de conejos, cifra muy inferior al pico de los años 40 pero que mantiene la presión sobre la agricultura y los ecosistemas australianos. El episodio se cita como ejemplo de cómo la introducción deliberada de una especie no autóctona con fines recreativos puede derivar en una alteración ecológica de alcance nacional y duración multigeneracional.
El caso australiano no es el único en que una decisión humana puntual genera un impacto ambiental que se prolonga durante décadas, una dinámica que también atraviesa el registro de la OMM, que confirma que los gases de efecto invernadero marcan máximos históricos. En ambos casos, los efectos se extienden mucho más allá del momento y la escala de la acción que los originó.
Más de 160 años después de que Austin soltara aquellos 13 ejemplares para una cacería navideña, Australia sigue destinando recursos a contener una plaga que las autoridades locales consideran una de las mayores crisis ecológicas provocadas por la acción humana en el país.