El resultado deja la gobernabilidad en manos de los partidos árabes israelíes, que según las proyecciones de los canales 11 y 13 habrían duplicado su representación hasta sumar entre 16 y 18 escaños, frente a los 10 de 2022. Ni el bloque de Netanyahu ni el liderado por Gadi Eisenkot alcanzarían la mayoría absoluta sin su concurso, lo que los convierte en árbitros de la próxima legislatura. La Knéset se compone de 120 escaños y exige una coalición de al menos 61 para investir un Ejecutivo.
Gadi Eisenkot, líder del bloque opositor y antiguo jefe del Estado Mayor israelí, se declaró este miércoles listo para formar gobierno pese al empate técnico en escaños, al que presentó como una derrota política del primer ministro.
«Es un voto de desconfianza total hacia Netanyahu y el Gobierno del 7 de octubre, por parte de la mayoría sionista y de la mayoría de ciudadanos israelíes», declaró Gadi Eisenkot, líder del bloque opositor.
Eisenkot había votado el día anterior en Herzliya junto a su esposa, Hannah, con un mensaje de corte fundacional: «Estamos poniendo a Israel en un nuevo camino y responderemos a la confianza de la gente». Fue recibido por sus seguidores con gritos de «¡Gadi, Gadi, Gadi!». El contraste con la sede del Likud en la Feria de Muestras de Jerusalén fue nítido: allí Netanyahu, al grito de «¡Bibi, Bibi, Bibi!», compareció sin el tono triunfal de anteriores citas tras conocerse los resultados.
El peso decisivo del voto árabe
La participación entre los ciudadanos árabes, que representan aproximadamente una quinta parte de la población israelí, fue particularmente intensa y explica buena parte del vuelco en la correlación de fuerzas. El líder de la Lista Conjunta, Yousef Jabareen, calificó la jornada de hito en declaraciones The Jerusalem Post, tras conocerse unas proyecciones que otorgan a su formación y a la Lista Árabe Unida (Raam) entre 16 y 18 escaños.
«El público ha hablado. El Gobierno manchado de sangre debe irse. Hemos demostrado que somos una fuerza política que no puede ser ignorada y que no se puede construir un futuro aquí sin nuestra voz», afirmó Yousef Jabareen, líder de la Lista Conjunta.
En términos similares se pronunció Mansur Abbas, presidente del partido islamista Raam, que fijó como objetivo explícito reemplazar al Ejecutivo de Netanyahu «en casi todas las formas posibles», según trasladó al Canal 12 de la televisión local. Abbas introdujo una cautela sobre la aritmética parlamentaria: «Con los números que tenemos ahora, no hay gobierno», advirtió, condicionando cualquier coalición alternativa a que el bloque opositor sume los 61 escaños incluso con el respaldo árabe. El dirigente añadió que convertirán sus escaños «en una nueva realidad para el país».
Netanyahu moviliza contra el voto árabe
La jornada estuvo marcada por los mensajes de Netanyahu, que durante todo el día instó a su electorado a votar presentando la participación árabe como una amenaza. El primer ministro, el dirigente que más tiempo ha gobernado el país, reclamó la ampliación del horario de votación y repitió en redes sociales —con mensajes e imágenes generadas por inteligencia artificial ya usados en comicios anteriores— que los ciudadanos árabes «están intentando robarnos las elecciones».
«Nada de playa, nada de barbacoas. Todo el mundo a votar al Likud. Lo que está en juego es el futuro de nuestro Estado judío», llegó a decir el líder conservador, antes de advertir de que una victoria opositora «supondrá el fin del Estado judío tal y como lo conocemos». Netanyahu apenas mencionó Irán durante la jornada, centrado en la amenaza que atribuía al voto de los ciudadanos no judíos.
Yashar, el partido de Eisenkot, respondió con un comunicado que anticipaba una eventual impugnación de los resultados: «Netanyahu está entrando en pánico y ha empezado a inventarse historias y a afirmar que le están robando las elecciones. No es ninguna casualidad. Ya está preparando el terreno para impugnar los resultados electorales».
La cita electoral se celebró bajo la sombra directa de los atentados de Hamás de 2023, que abrieron una guerra en Gaza cuyas consecuencias han pesado en cada decisión del Ejecutivo israelí desde entonces. La campaña se convirtió, de facto, en un referéndum sobre la gestión de Netanyahu de aquella crisis, y el empate técnico entre bloques confirma la fractura que atraviesa a la sociedad israelí tres años después.
La movilización masiva remite a 1973, año de la Guerra de Yom Kipur y primer registro de participación comparable que recogen los medios israelíes, lo que subraya la dimensión excepcional de estos comicios. Los datos de la jornada ya anticipaban el vuelco: la participación llegó al 45% a las 14.00, su máximo histórico a esa hora. El resultado definitivo dependerá del escrutinio completo y de las negociaciones que ambos bloques inicien para atraer a unos partidos árabes cuya entrada en una coalición de gobierno sería inédita en la historia reciente de Israel.
Netanyahu y su esposa, Sara, habían votado en un colegio de Jerusalén con un mensaje a los israelíes: «¡Id a votar!». La contraposición de aquella mañana resume la noche: según el material, las únicas celebraciones se vivieron en las sedes de los partidos árabes, las fuerzas que ahora sostienen la llave de la gobernabilidad.