Ayuso, que creció en una familia de clase media, acudía a un colegio concertado religioso de Chamberí, donde transcurría buena parte de su rutina escolar. «Jugábamos en el asfalto y éramos felices», señaló al describir aquellos años previos a su etapa universitaria y a su posterior entrada en política.
Sobre la situación económica familiar, la presidenta fue explícita: «Tuve lo justo. Una educación de barrio y veranos en el pueblo, pero nunca dejé de buscar mi independencia», afirmó durante la charla, en la que sostuvo que la ausencia de comodidades no condicionó su infancia.
Las vacaciones escolares las pasaba en Sotillo de la Adrada, un municipio de la provincia de Ávila donde residían sus abuelos maternos. No se trataba de visitas puntuales, sino de estancias prolongadas en las que compartía la rutina diaria de la familia. De su abuelo recordó su curiosidad y su gusto por viajar: «Viajaba muchísimo, era muy culto y tenía muchas inquietudes».
«Me gustaba pasar grandes temporadas con mis abuelos. Antes los niños eran más educados por todos: por tíos, abuelos, vecinos…», Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid.
Esa convivencia con los abuelos y con el entorno del pueblo es, según explicó, la raíz de su idea de que la educación de los menores recaía antes en un círculo más amplio que el estrictamente familiar.
Ayuso también habló de la relación con sus padres, a quienes describió con personalidades muy distintas. «La relación con mis padres era muy buena. Más con mi madre porque mi padre tenía un carácter complicado, le costaba mucho expresar sus sentimientos», explicó. Según relató, su padre pasó parte de la infancia en un internado antes de trasladarse a Madrid, una circunstancia que ella misma vinculó a su forma de ser. «En aquellos años, en algunas partes de España, los niños se tenían que hacer adultos pronto», señaló.
Con su madre, en cambio, aseguró tener mayor confianza para compartir asuntos personales. «Tenía más confianza para confesar mis sueños, mis aspiraciones, mis caídas», afirmó, y añadió que de ella cree haber heredado un carácter sereno: «He heredado quizás la templanza, para no ser de grandes pasiones».
La conversación se alejó de la actualidad política que marca su agenda habitual, en la línea de otras semblanzas recientes de figuras del ámbito madrileño como la que recoge que el patrimonio de Irene Montero figuraba en 143.616 euros en su última declaración al BOE.