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Vance: EEUU negociará con Irán aunque Israel se oponga

Washington prioriza frenar el programa nuclear iraní por vía diplomática y desvincula esa agenda del veto israelí.

Por Redacción de El Hemiciclo·
4 min de lectura
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El vicepresidente estadounidense JD Vance declaró públicamente, en declaraciones recogidas por medios estadounidenses en los últimos días, que la administración Trump continuará manteniendo conversaciones con Irán sobre su programa nuclear con independencia de la posición de Israel, país que rechaza cualquier acuerdo que no implique el desmantelamiento total de las capacidades nucleares de Teherán.

Vance traza una línea roja frente a Tel Aviv

La declaración de Vance no es un desliz retórico: es una señal de posicionamiento deliberada. Al afirmar que Washington seguirá dialogando con Teherán 'aunque Israel no esté de acuerdo', el vicepresidente rompe con la pauta de coordinación táctica que ha regido la relación bilateral desde los años de Obama, cuando EEUU consultaba sistemáticamente a Israel cada avance en las negociaciones del JCPOA. Que sea Vance —y no un funcionario de segundo rango— quien lo verbalice otorga a la afirmación rango de doctrina, al menos provisional.

La prioridad declarada de la Casa Blanca es impedir que Irán obtenga armamento nuclear. Esa formulación, aparentemente idéntica a la israelí, esconde una diferencia de método sustancial: Washington acepta el camino de la negociación como instrumento legítimo; Tel Aviv sostiene que cualquier acuerdo que no suponga el desmantelamiento completo del programa de enriquecimiento iraní equivale a una capitulación estratégica. El primer ministro israelí Benjamin Netanyahu ha reiterado en múltiples foros que 'un mal acuerdo es peor que ningún acuerdo', posición que choca frontalmente con la disposición de EEUU a explorar umbrales intermedios.

El programa nuclear iraní: estado actual y marcos jurídicos aplicables

El punto de partida técnico es el Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA, por sus siglas en inglés), firmado en julio de 2015 en Viena entre Irán y el grupo P5+1 —los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU más Alemania—. El acuerdo limitaba el enriquecimiento de uranio al 3,67% de pureza, reducía las reservas a 300 kilogramos y circunscribía la actividad de centrifugadoras avanzadas, a cambio del levantamiento progresivo de sanciones económicas. El Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) actuó como verificador.

La retirada unilateral de EEUU del JCPOA en mayo de 2018, bajo la primera administración Trump, desencadenó el colapso progresivo del acuerdo. Teherán comenzó a superar los límites pactados de enriquecimiento a partir de 2019 y, según informes del OIEA publicados en 2023 y 2024, ha alcanzado niveles de pureza del 60% —a un paso técnico del 90% necesario para uso armamentístico— y acumula reservas de uranio enriquecido que superan en decenas de veces los techos del JCPOA. El OIEA estima que Irán podría producir material suficiente para un artefacto nuclear en cuestión de semanas si decidiera hacerlo, aunque la producción de un arma operativa requeriría meses o años adicionales de trabajo de ingeniería.

Antecedentes históricos: la larga sombra del programa nuclear iraní

La tensión entre Israel y EEUU sobre cómo gestionar la ambición nuclear iraní no es nueva. Ya en 2012, el entonces primer ministro Netanyahu presionó al presidente Obama con diagramas y plazos ante la Asamblea General de la ONU para exigir una línea roja militar, mientras la Casa Blanca optaba por la senda de las sanciones. La crisis culminó en el JCPOA de 2015, que Israel rechazó entonces también con idénticos argumentos: el acuerdo no era suficientemente restrictivo y permitía a Irán mantener infraestructuras que podría reactivar pasado el período de vigencia.

El precedente más relevante en términos de geometría diplomática es el proceso que condujo a los Acuerdos de Abraham de 2020, también negociados por la primera administración Trump. Washington demostró entonces capacidad para reconfigurar las alianzas regionales —normalizando relaciones entre Israel y países del Golfo como Emiratos Árabes Unidos y Baréin— sin necesitar el aval previo de Tel Aviv en cada paso. La actual disposición de Vance sugiere que la Casa Blanca aplica la misma lógica: Israel es un aliado prioritario, no un poder de veto.

Los intereses materiales de cada actor

Irán gestiona la cuarta reserva de petróleo del mundo —aproximadamente 210.000 millones de barriles, según datos de la OPEP actualizados en 2023— y la segunda de gas natural. Sus ingresos por exportación de hidrocarburos han estado crónicamente mermados por las sanciones: el Banco Mundial estimó que las sanciones reimplantadas tras 2018 contrajeron la economía iraní cerca de un 6% en 2019, aunque Teherán encontró cauces alternativos de venta a través de China y otros compradores asiáticos. Un acuerdo que levantara sanciones podría movilizar entre 50.000 y 100.000 millones de dólares en activos congelados en el exterior, cifra que el Departamento del Tesoro de EEUU ha manejado en distintas estimaciones a lo largo de los últimos años.

Para Israel, cuya doctrina de seguridad nacional codificada —la llamada 'Begin Doctrine', aplicada desde el bombardeo al reactor iraquí Osirak en 1981— establece la legitimidad del ataque preventivo contra instalaciones nucleares de potencias hostiles, un Irán con capacidad nuclear no es un problema diplomático sino existencial. Israel no ha firmado el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) y no reconoce públicamente su propio arsenal, estimado por el Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI) en aproximadamente 90 ojivas en su informe de 2024. Esa ambigüedad calculada —la llamada 'opacidad nuclear'— quedaría comprometida si un rival directo alcanzara paridad.

EEUU mantiene el mayor gasto militar del mundo, con 886.000 millones de dólares en el presupuesto de defensa para el ejercicio fiscal 2024 según el Departamento de Defensa. Sus intereses en la región combinan la seguridad de las rutas del Estrecho de Ormuz —por donde transita aproximadamente el 20% del comercio mundial de petróleo, según la Agencia de Información de Energía de EEUU (EIA)— con la gestión de la proliferación nuclear como amenaza sistémica global y la contención de la influencia iraní sobre sus proxies regionales: Hezbolá en el Líbano, Hamás en Gaza, los hutíes en Yemen y diversas milicias en Irak.

Europa ante la encrucijada: el E3 y el mecanismo 'snapback'

La posición europea merece atención específica. Francia, Alemania y Reino Unido —el llamado E3— son partes firmantes del JCPOA y han invertido capital diplomático considerable en mantener el acuerdo con vida tras la retirada estadounidense de 2018, activando el mecanismo de resolución de disputas en 2020. En 2023, ante el avance del programa iraní, el E3 apoyó una resolución crítica en el Consejo de Gobernadores del OIEA. El 'snapback', cláusula del JCPOA que permite a cualquier participante reactivar todas las sanciones de la ONU en caso de incumplimiento iraní, fue invocado por el E3 en septiembre de 2023 —con un plazo de 30 días para su efecto—, lo que supone que el marco jurídico del JCPOA sigue técnicamente operativo pese al deterioro práctico del acuerdo.

La Unión Europea, cuyo comercio con Irán antes de las sanciones alcanzaba los 21.000 millones de euros anuales según Eurostat —cifra desplomada a menos de 2.000 millones en los últimos años de máximas restricciones—, tiene un interés económico en la normalización, pero también el compromiso de no financiar indirectamente un programa nuclear con potencial armamentístico. La Alta Representante para Política Exterior de la UE, Kaja Kallas, no se ha pronunciado específicamente sobre las declaraciones de Vance, aunque la posición institucional europea respalda la vía negociada dentro del marco del JCPOA o de un acuerdo sucesor.

Qué ocurre a partir de ahora: plazos e hitos

Las conversaciones entre EEUU e Irán que Vance confirma como vigentes se desarrollan en un contexto de máxima presión acumulada. La administración Trump reimplantó en 2025 la política de 'máxima presión' económica contra Teherán desde su llegada al poder en enero, al tiempo que mantiene canales diplomáticos discretos —con mediación omaní, según fuentes citadas por Reuters y The Wall Street Journal— que apuntan a explorar si existe margen para un nuevo marco acordado. Los plazos son estrechos: el propio OIEA ha advertido de que la capacidad técnica iraní para producir material fisionable suficiente para varios dispositivos es ya una realidad, lo que estrecha la ventana de utilidad de la negociación.

El calendario político añade presión adicional. Israel celebra sus propios debates internos sobre una posible acción militar unilateral —la opción que Tel Aviv consideró activamente en 2012 y que fue finalmente descartada por la distancia operativa y los riesgos de escalada—, debate que Netanyahu ha vuelto a alimentar en los últimos meses. Cualquier movimiento israelí unilateral comprometería las negociaciones en curso y colocaría a Washington en la posición incómoda de tener que gestionar las consecuencias de una acción que no ha autorizado.

Para la diplomacia multilateral, el hito inmediato es la próxima sesión del Consejo de Gobernadores del OIEA, donde se debatirá el grado de cooperación iraní con las inspecciones. Un informe crítico del organismo podría servir tanto de argumento a quienes abogan por más sanciones como de incentivo para Teherán para acelerar las negociaciones. La declaración de Vance, en ese contexto, funciona como señal de que Washington no abandonará la mesa diplomática, independientemente de la presión aliada, y convierte las próximas semanas en una prueba de hasta dónde está dispuesto a ceder cada actor para evitar el escenario que todos dicen querer evitar: una nueva potencia nuclear en Oriente Próximo.

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