El recorrido se realiza al amanecer o al atardecer, las franjas en las que, según explica el guía Samuel Plá, aumentan las posibilidades de avistamiento. Plá, que trabajó durante más de veinte años en proyectos de conservación de especies amenazadas centrados en el lince ibérico y el águila imperial, actúa como narrador de una experiencia que combina turismo premium y biología de campo. Por encima de los 25 grados, apunta, las probabilidades de ver un ejemplar descienden de forma notable.
«En este hotel todo está relacionado con la tierra, incluidas las actividades», explica Juan José Martínez, director del hotel, que abrió sus puertas en 2018 y se convirtió en el único establecimiento de la comunidad autónoma en contar con una Llave Michelin y el primero en obtener una estrella Michelin.
94 ejemplares hace dos décadas
El relato de la recuperación del lince ibérico atraviesa toda la experiencia. La especie estuvo al borde de la extinción hace poco más de una década, cuando los censos apenas contabilizaban un centenar de individuos en toda España.
«Cuando empezamos el proyecto hicimos un sondeo de linces ibéricos y descubrimos que solo había 94 ejemplares en toda España. Entonces, tratamos al lince como un enfermo terminal: tenemos que estabilizar esta especie y evitar que se extinguiera», Samuel Plá, guía de Lynxperience.
Años de cría en cautividad y sueltas en fincas como La Caminera habrían permitido, según Plá, que la población actual ronde los 2.600 ejemplares en libertad. En la finca conviven dos hembras y varios machos, y en esta época del año es posible observar a las madres adiestrando a las crías con persecuciones fallidas tras las liebres, que constituyen, según el guía, el 95% de la dieta de la especie. La recuperación del felino, una de las operaciones de conservación de fauna más citadas en Europa, convive aquí con el turismo de lujo: el mismo entorno natural que alimenta la fotografía de fauna premiada en el Wildlife Photographer of the Year se convierte en reclamo comercial.
Preferencia por el frío
«No les gusta la civilización, prefieren espacios en los que no haya infraestructuras», apunta Plá, quien añade que los meses fríos ofrecen mejores condiciones de observación porque los linces mudan el pelaje de invierno y resultan más visibles. El mejor momento, señala, es el crepúsculo, aunque prefiere la primera hora de la mañana, cuando las temperaturas son más bajas.
El safari se completa con una parada en un cenador situado en el centro de la finca, donde se sirve una degustación de embutidos, quesos y vinos locales. Si la salida se realiza por la mañana, el almuerzo se acompaña de un espectáculo de cetrería con águilas reales, águilas imperiales, ratoneros y milanos.
Martínez subraya que el hotel busca ser un destino en sí mismo, no una parada de paso: «Esta zona no es turística, por eso hicimos del hotel un destino, no como lugar de paso, sino como destino final». La cartera de actividades, que incluye también la berrea del ciervo, está reservada en exclusiva a los huéspedes. «No queremos prostituir la finca», concluye el director del hotel.
