Los participantes de ese trabajo asociaron la vivienda propia con el control sobre su vida cotidiana y la privacidad, más que con un simple techo. Según la investigación, permanecer en el hogar les permitía mantener su identidad y seguir decidiendo sobre asuntos que, al mudarse, pasarían a depender de otros: horarios, rutinas, espacios y pequeñas decisiones diarias.
El estudio distingue cuatro factores que explican el apego al hogar en la vejez: la autonomía y la privacidad, el mantenimiento de la identidad personal, el vínculo con los recuerdos acumulados y el apego al lugar físico. Los autores sostienen que negarse a abandonar la vivienda puede funcionar como una forma de preservar el lugar que la persona ocupa en el mundo, no como un gesto de resistencia hacia la familia.
Otra investigación, publicada en el Canadian Geriatrics Journal, abordó las dificultades del envejecimiento en el propio domicilio entre personas con deterioro cognitivo autopercibido y sus cuidadores informales. El trabajo documenta problemas asociados a esa decisión, como la movilidad reducida, las dificultades para las tareas cotidianas y el aislamiento social. Pero también señala que envejecer en casa, cuando es posible, favorece la calidad de vida y refuerza los sentimientos de independencia e identidad.
Los propios autores matizan que vivir solo no es automáticamente la mejor opción en todos los casos. Cuando aparecen limitaciones físicas o cognitivas, las necesidades de cuidado y seguridad pueden requerir adaptaciones en el hogar o algún tipo de apoyo externo. El punto que subrayan ambos estudios es que esa ayuda no debería sustituir por defecto la capacidad de decisión de la persona mayor.
El 87,3% prefería su propia casa
En España, la Encuesta de Personas Mayores 2010 del IMSERSO ofrece un dato que respalda este patrón: el 87,3% de los encuestados prefería vivir en su propia casa, incluso en soledad, antes que trasladarse al domicilio de un familiar. El 16% de los mayores vivía solo, y el informe señala que la mayoría de ese grupo eran mujeres, con una presencia especialmente marcada en el medio rural.
El mismo documento matiza que preservar la vivienda propia no equivale a un alejamiento familiar: un 68% de las personas mayores encuestadas mantenía contacto diario con sus hijos, y los niveles de satisfacción con las relaciones familiares se situaban en cotas elevadas. La autonomía residencial y el vínculo afectivo con los descendientes, según estos datos, pueden coexistir sin contradicción.
El equilibrio entre independencia y bienestar en la vejez conecta con otros hallazgos sobre salud en edades avanzadas, como el estudio que vincula dormir menos de cinco horas con 37 enfermedades distintas, que subraya cómo los hábitos cotidianos —muchos ligados al control que una persona ejerce sobre su propio entorno— inciden en la calidad de vida de los mayores.
La Encuesta de Personas Mayores de 2010 sigue siendo, según los datos disponibles, una de las radiografías más completas sobre las preferencias residenciales de este grupo de población en España.