A diferencia de otros trabajos que dependen de lo que los propios participantes recuerdan o declaran dormir, los investigadores recurrieron a un algoritmo de aprendizaje profundo para estimar, a partir de los registros del acelerómetro, la duración total del sueño, sus distintas fases, la irregularidad entre noches y el tiempo que cada persona permanecía despierta tras haberse dormido. Esa medición objetiva se cruzó después con 1.049 resultados de salud registrados a lo largo del seguimiento.
El análisis detectó 156 asociaciones estadísticamente significativas entre los patrones de sueño y la aparición posterior de enfermedades. De las 41 asociaciones adversas identificadas al comparar los distintos grupos de duración del sueño con el grupo de referencia —seis a ocho horas—, 37 correspondían específicamente a quienes dormían menos de cinco horas por noche. Entre las patologías señaladas figuran la diabetes tipo 2, la enfermedad renal crónica, la enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC), la insuficiencia cardiaca, determinados trastornos mentales como el de pánico, los problemas relacionados con el consumo de alcohol y algunas formas de demencia, incluidos el parkinsonismo y la enfermedad de Parkinson, para los que la asociación resultó especialmente elevada.
La cifra de 37 enfermedades no implica que toda persona que duerma poco vaya a desarrollarlas: se trata de asociaciones estadísticas detectadas en el conjunto de la población estudiada, no de un pronóstico individual. Para 69 de los 86 tipos de enfermedad que mostraron una relación no lineal con la duración del sueño, el nivel de riesgo más bajo estimado se situó entre las seis y las ocho horas, lo que refuerza ese intervalo como referencia en los análisis ajustados por factores demográficos, ambientales y de estilo de vida.
Los propios autores subrayan la principal limitación del trabajo: su naturaleza observacional impide establecer causalidad. Dormir menos de cinco horas podría contribuir a la aparición de ciertas enfermedades, pero también es posible que una dolencia incipiente, aún sin diagnosticar, altere el descanso antes de manifestarse clínicamente. Ambas direcciones son compatibles con los datos y el estudio no permite distinguir cuál predomina en cada caso.
El recurso a acelerómetros para objetivar el descanso conecta con una tendencia creciente a trasladar la medición clínica a dispositivos portátiles, como la que permite que un accesorio para móvil detecte cataratas con un 96,1% de acierto en campañas rurales de India. En ambos casos, la tecnología amplía la escala de los datos, pero el diseño observacional de este estudio, a diferencia de un ensayo controlado, no habilita conclusiones sobre causa y efecto.
Los investigadores insisten en que serán necesarios nuevos estudios para confirmar los hallazgos y aclarar los mecanismos biológicos que podrían explicar cada asociación. Mientras tanto, los resultados se presentan como una señal de asociación entre los patrones de sueño y la salud, no como una prueba de que dormir poco provoque directamente estas enfermedades.
El trabajo refuerza la idea de considerar el sueño como parte de la salud general, junto con la alimentación y la actividad física. Las recomendaciones habituales sitúan la duración del sueño para la mayoría de los adultos entre siete y nueve horas por noche, aunque los autores reconocen que las necesidades individuales varían según la edad, el estado de salud y la presencia de trastornos del sueño previos.
Los resultados, en definitiva, no demuestran que aumentar las horas de sueño vaya a prevenir por sí solo ninguna de las 37 enfermedades señaladas, sino que apuntan a una correlación que, según los autores del estudio publicado en PLOS Medicine, exige confirmación mediante investigaciones adicionales que aclaren qué mecanismos subyacen a cada una de las asociaciones detectadas.