Chusov explicó a la agencia Associated Press que el resultado no fue fruto del azar, sino de un proceso meticuloso que combinó la selección de semillas específicas y un control ambiental extremo. Para ello construyó un invernadero exclusivo, equipado con calefacción en el suelo y en el aire, que le permitió mantener una temperatura constante durante todo el desarrollo de la planta.
El agricultor reguló con precisión el riego y las necesidades nutricionales del cultivo, y monitorizó cada fase del crecimiento con instrumentos que le permitieron ajustar la humedad y la composición del suelo. «Un trabajo científico», resumió sobre un proceso que, según la organización, se prolonga durante meses y exige una vigilancia casi diaria.
El certamen reunió a más de 3.000 participantes, entre agricultores, investigadores y aficionados a la horticultura. Su organizadora, Daria Yermilova, trasladó la magnitud del esfuerzo que exige esta práctica.
«Es un deporte a largo plazo. Estás seis meses completamente concentrado en el proceso», explicó Daria Yermilova, organizadora del certamen de hortalizas gigantes de Moscú.
Junto a la calabaza de Chusov, el concurso premió otras piezas destacadas, como una sandía de 144 kilos y un calabacín de 73 kilos, aunque ninguna concentró tanta atención como el ejemplar de casi mil kilos, tanto por su peso como por la técnica empleada en su desarrollo.
Exposición en el Jardín del Boticario
Tras la finalización del concurso, las hortalizas premiadas fueron trasladadas al Jardín del Boticario, un espacio histórico de Moscú que acoge cada año exposiciones de botánica y agricultura experimental, donde la calabaza de Chusov se exhibirá junto a otros ejemplares para que los visitantes aprecien el resultado de meses de trabajo.
El logro ruso queda lejos de la marca europea. En 2024 el belga Mario Vangeel alcanzó los 1.152 kilos durante el Campeonato Europeo de Calabazas celebrado en Luisburgo, una cifra que sitúa el récord de Chusov como nacional, no continental. Aun así, la proeza refleja la expansión de estas competiciones, habituales en el mundo anglosajón y cada vez más frecuentes en Europa del Este.
España cuenta también con su propia tradición en este terreno, como el concurso de Sidamon, en Lleida, donde cada otoño se exhiben calabazas, melones y sandías de dimensiones inusuales. En todos estos certámenes el objetivo no es el sabor —las variedades gigantes suelen tener un alto contenido en agua y poco gusto— sino la técnica y la paciencia necesarias para alcanzar semejante tamaño, un terreno que combina agricultura, biotecnología y estudios sobre adaptación al cambio climático.
