El gobernador de la región rusa de Rostov, Yuri Sliusar, confirmó la muerte de varios civiles y daños en viviendas, infraestructuras y fábricas tras lo que calificó como uno de los bombardeos más masivos sufridos por la región en los últimos tiempos. Según su relato, las defensas antiaéreas locales derribaron 187 drones durante la noche. En la región fronteriza de Bélgorod, el gobernador Alexandr Shuváyev informó de la muerte de una persona y nueve heridos cuando un dron impactó contra un autobús que trasladaba a trabajadores de una empresa, un ataque que atribuyó a Kiev y calificó de terrorismo.
El episodio de mayor repercusión fue el ataque contra el centro logístico de Wildberries, la plataforma de comercio electrónico conocida como el equivalente ruso de Amazon, situado en Podolsk, a 36 kilómetros del centro de Moscú. Se trataría, según la propia compañía, de su instalación más grande en Rusia, con unos 200.000 metros cuadrados de superficie. La empresa aseguró que todo el personal fue evacuado a tiempo y que no hubo heridos, aunque se declaró un incendio que los servicios de emergencia lograron localizar sin conseguir extinguirlo por completo.
Los ataques ucranianos también alcanzaron un almacén de medicamentos en Domodédovo, localidad que da nombre al mayor aeropuerto de Moscú, y una empresa del complejo militar-industrial en Rostov dedicada a la fabricación de combustible para cohetes. El alcalde de Moscú, Serguéi Sobianin, cifró en tres los heridos en la capital y en unos 600 los drones derribados que se dirigían hacia la ciudad, de 13 millones de habitantes, desde la tarde del sábado.
El parte de guerra matutino del Ministerio de Defensa ruso elevó la cifra total a 822 drones derribados desde la tarde del sábado sobre los cielos de 16 regiones, la península de Crimea —anexionada por Rusia en 2014 en un proceso no reconocido por la comunidad internacional— y las aguas de los mares Negro y de Azov. La magnitud del ataque ilustra la creciente dependencia de ambos bandos de enjambres de drones de largo alcance, una táctica que se ha intensificado ante las limitaciones de sus respectivas defensas antiaéreas.
Rusia golpea la industria de misiles y drones ucraniana
Rusia respondió con ataques contra dos factorías militares en Kiev, según informó su Ministerio de Defensa. Una de ellas sería Fire Point, empresa privada ucraniana creada al inicio de la guerra que fabrica componentes, cargas explosivas y propulsores de combustible sólido para los misiles de crucero Flamingo, un sistema que Kiev ha presentado como una de sus bazas tecnológicas. La otra planta atacada, según la misma fuente, produciría piezas para drones de asalto.
El parte castrense ruso menciona además un ataque contra Ukrdefense, compañía que fabrica elementos para los drones Khrush y Garpiya, así como bombardeos contra una refinería en la región central de Poltava y una planta metalúrgica en Krivi Rig, ciudad natal del presidente ucraniano, Volodímir Zelenski. El Ejército ruso también habría alcanzado con drones un buque mercante, aunque la fuente no precisa su ubicación ni la magnitud de los daños.
El recuento de víctimas civiles sigue siendo uno de los puntos más disputados del conflicto. Según las autoridades rusas, al menos 201 civiles murieron en julio de 2026 a causa de ataques ucranianos, mayoritariamente con drones, contra territorio ruso y las regiones ucranianas ocupadas por Moscú. El grupo independiente ruso Conflict Intelligence Team, en cambio, eleva esa cifra a 634 víctimas civiles de ambos bandos durante el mismo mes, de las que dos tercios serían ciudadanos ucranianos, una disparidad que refleja la dificultad de verificación independiente en zonas de guerra activa.
De la guerra de trincheras al desgaste con drones
El conflicto, iniciado con la invasión rusa a gran escala del 24 de febrero de 2022, ha ido mutando en su naturaleza militar. Si en sus primeras fases predominaba el combate terrestre convencional en torno a Kiev, Jersón o Bajmut, en los últimos años ambos ejércitos han priorizado los ataques con drones de largo alcance y misiles contra infraestructura energética, industrial y logística en la retaguardia del contrario, en una lógica de desgaste que recuerda, salvando las distancias tecnológicas, a las campañas de bombardeo estratégico del siglo XX.
Las negociaciones de paz, impulsadas de forma intermitente desde 2022 por Estados Unidos, Turquía y otros mediadores, no han logrado hasta la fecha un alto el fuego duradero. Ni Moscú ni Kiev han cedido en sus posiciones de fondo: Rusia reclama el reconocimiento de la anexión de Crimea y de las regiones de Donetsk, Lugansk, Jersón y Zaporiyia, mientras Ucrania exige la retirada de las tropas rusas de todo su territorio reconocido internacionalmente y garantías de seguridad, vinculadas a su acercamiento a la OTAN, organización que mantiene abierta desde la cumbre de Bucarest de 2008 la puerta a una futura adhesión ucraniana sin fecha concreta.
El respaldo occidental a Ucrania sigue canalizándose a través de la Unión Europea y aliados individuales como Estados Unidos, Alemania o Reino Unido, con paquetes de ayuda militar y financiera renovados periódicamente pese a las tensiones internas sobre su magnitud. Rusia, por su parte, ha sostenido su capacidad productiva militar pese a las sanciones impuestas por la UE, el G7 y otros socios desde 2022, apoyada en su comercio energético con países como China e India y en la cooperación militar con Corea del Norte e Irán, según han denunciado reiteradamente fuentes occidentales.
A corto plazo, no hay indicios de que los intercambios de bombardeos vayan a remitir. Ambos ejércitos han demostrado capacidad para sostener ataques de esta magnitud de forma recurrente, y una eventual ronda de contactos diplomáticos previsiblemente no alteraría de forma inmediata la dinámica sobre el terreno. El seguimiento de los partes de guerra de ambos ministerios de Defensa, contrastados cuando es posible con fuentes independientes como el Conflict Intelligence Team o con organismos de Naciones Unidas, seguirá siendo la principal vía para calibrar el alcance real de un conflicto que en 2026 no muestra signos claros de resolución.


