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Trump recibe el plan CENTCOM de ataque «corto pero potente» contra Irán: la coalición naval MFC bloquea 41 petroleros mientras España veta las bases de Rota y Morón y el Pentágono amenaza con represalias dentro de la OTAN

El Mando Central ha presentado al presidente una batería de opciones militares que incluyen ataques aéreos selectivos a infraestructura nuclear y naval iraní. La Maritime Freedom Construct ha interceptado 42 embarcaciones en el estrecho de Ormuz. España se enfrenta a presiones sin precedentes: un correo interno del Pentágono advierte de «consecuencias» para los aliados que no colaboren. Europa se divide entre el atlantismo y la prudencia.

Por Redacción de El Hemiciclo· Bruselas·
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Trump recibe el plan CENTCOM de ataque «corto pero potente» contra Irán: la coalición naval MFC bloquea 41 petroleros mientras España veta las bases de Rota y Morón y el Pentágono amenaza con represalias dentro de la OTAN
Foto: Daniel Torok / The White House (jun 2025), dominio público

En algún lugar del Pentágono — probablemente en la Tank, la sala de reuniones del Estado Mayor Conjunto que debe su nombre no a un blindado sino a un depósito de agua que ocupó ese espacio durante la Segunda Guerra Mundial —, un grupo de generales y almirantes de cuatro estrellas desplegó esta tarde ante el presidente Donald Trump un conjunto de opciones militares cuyo nombre en clave es, según tres fuentes del Departamento de Defensa citadas por The Washington Post y confirmadas por Reuters, Operation Persian Shield. Las opciones, preparadas por el Mando Central de los Estados Unidos (CENTCOM), el mando combatiente responsable del teatro de operaciones de Oriente Medio, abarcan un espectro que va desde ataques aéreos selectivos contra instalaciones nucleares iraníes hasta operaciones navales de interdicción marítima a gran escala en el estrecho de Ormuz, pasando por ciberataques contra infraestructura energética y acciones encubiertas de sabotaje contra la cadena de suministro de los programas de misiles iraníes.

La Maritime Freedom Construct (MFC), la coalición naval ad hoc que Estados Unidos ha organizado para reabrir el tráfico marítimo en el estrecho de Ormuz, es el elemento operativo más visible de la escalada y el que mayores consecuencias económicas está generando ya. Según los datos del Mando Central actualizados esta tarde, la MFC ha interceptado 42 embarcaciones en las últimas tres semanas — incluyendo buques mercantes de bandera iraní, buques de países terceros sospechosos de transportar petróleo iraní contrabandeado y embarcaciones de la Armada de los Guardianes de la Revolución que realizaban labores de vigilancia —, y ha bloqueado la salida de 41 petroleros iraníes que se encontraban cargados y listos para partir desde los terminales de la isla de Jark, el principal punto de exportación de crudo de Irán. El bloqueo ha retirado del mercado aproximadamente 1,5 millones de barriles diarios de producción iraní, una cifra que representa el 1,5% de la oferta mundial y que explica en gran medida la escalada del Brent desde los 96 dólares de principios de marzo hasta los 122 dólares con los que cierra hoy. La MFC opera bajo un mandato de «libertad de navegación» que Estados Unidos invoca como derecho internacional consuetudinario, pero que Irán considera un acto de guerra y que los juristas internacionales debaten con intensidad: ¿tiene una coalición naval liderada por un solo país el derecho de impedir el tránsito de petroleros por aguas internacionales? La respuesta depende de si las sanciones unilaterales de Estados Unidos a Irán son aplicables en aguas internacionales, una cuestión que el Tribunal Internacional del Mar nunca ha resuelto y que la MFC está decidiendo de facto mediante la fuerza naval.

La posición de España es, de todos los aliados europeos de la OTAN, la más comprometida y la más reveladora de las tensiones internas que la crisis iraní está generando en la alianza atlántica. El Gobierno de Pedro Sánchez ha comunicado formalmente al Departamento de Estado estadounidense — a través del embajador español en Washington, según fuentes diplomáticas — que España no autorizará el uso de las bases de Rota (Cádiz) y Morón de la Frontera (Sevilla) para ninguna acción ofensiva contra Irán. La decisión se basa en dos argumentos jurídicos: primero, que el Convenio de Defensa hispano-norteamericano de 1988 establece que el uso de las bases requiere consultas previas y consentimiento del Gobierno español, que no ha sido otorgado; segundo, que España no reconoce las sanciones unilaterales de Estados Unidos a Irán como base jurídica suficiente para una acción militar que no cuenta con el respaldo del Consejo de Seguridad de la ONU. La respuesta del Pentágono ha sido, según un correo interno al que ha tenido acceso el diario The Hill y que Reuters ha verificado con fuentes del Departamento de Defensa, una amenaza velada pero inequívoca: «Los aliados que no contribuyan a la seguridad colectiva en momentos críticos deben ser conscientes de que la arquitectura de la OTAN se ajusta periódicamente para reflejar los compromisos reales, no los nominales, de cada miembro.» La expresión «se ajusta periódicamente» ha sido interpretada por los analistas de defensa como una referencia a la posibilidad de que Estados Unidos reubique activos militares, reduzca la cooperación en inteligencia o revise los planes de defensa colectiva que incluyen a España en caso de que Madrid mantenga su negativa.

Europa se encuentra dividida ante la crisis iraní en tres bloques que reflejan las líneas de fractura geopolíticas del continente. El primer bloque, liderado por el Reino Unido y seguido por los países bálticos, Polonia y Dinamarca, apoya sin reservas la posición estadounidense y ha ofrecido contribuciones militares a la MFC: el Reino Unido ha desplegado un destructor y dos fragatas, Estonia ha aportado un equipo de desminado y Polonia ha ofrecido su espacio aéreo para el tránsito de aeronaves de combate estadounidenses. El segundo bloque, encabezado por Francia y seguido por Italia, Grecia y España, rechaza la acción militar unilateral y aboga por una solución diplomática que pase por la reactivación del acuerdo nuclear de 2015 — el JCPOA — abandonado por Trump en su primer mandato en 2018. Emmanuel Macron ha declarado esta tarde que «Europa no será el teatro de una guerra que no ha decidido, y Francia no participará en acciones militares que no cuenten con el respaldo del derecho internacional». El tercer bloque, formado por Alemania y los países nórdicos, intenta mantener un equilibrio entre el atlantismo y la prudencia: apoya las sanciones económicas a Irán pero rechaza la acción militar, y ha propuesto una sesión extraordinaria del Consejo Europeo para debatir una posición común de la UE que, por ahora, no existe. La alta representante Kaja Kallas ha convocado una reunión informal de ministros de Exteriores de la UE para mañana viernes 1 de mayo, una convocatoria inusual que refleja la urgencia de la situación.

Las implicaciones para España van mucho más allá de la cuestión militar y afectan a la totalidad de su posición dentro de la alianza atlántica y de la arquitectura de seguridad europea. Las bases de Rota y Morón no son meros puertos y aeródromos: son nodos estratégicos de la presencia militar estadounidense en el Mediterráneo y el Atlántico que albergan sistemas de defensa antimisiles (Aegis Ashore), escuadrones de reabastecimiento aéreo, unidades de operaciones especiales y centros de inteligencia que monitorizan el tráfico naval en el estrecho de Gibraltar y el Mediterráneo occidental. La negativa española a permitir su uso para operaciones contra Irán no pone en riesgo la presencia de estas capacidades — los acuerdos bilaterales tienen vigencia independiente de las crisis puntuales —, pero sí genera una tensión con Washington que podría traducirse en consecuencias indirectas: menor cooperación en inteligencia antiterrorista, reducción de la inversión en las infraestructuras de las bases, retrasos en los programas de modernización militar que España gestiona conjuntamente con Estados Unidos o, en el escenario más adverso, una revisión de los planes de defensa de la OTAN que afecte a la cobertura del flanco sur de la alianza, donde España es el actor principal. El ministro de Defensa, Margarita Robles, ha declarado esta noche que «España es un aliado leal de la OTAN pero la lealtad no significa la obediencia ciega a decisiones que no compartimos y que no respetan el derecho internacional» — una fórmula diplomática que intenta conciliar la firmeza de la negativa con la voluntad de mantener la relación bilateral en términos constructivos.

La dimensión energética de la crisis es la que mayor impacto tiene sobre la vida cotidiana de los ciudadanos europeos y la que convierte una tensión geopolítica lejana — el estrecho de Ormuz está a más de 5.000 kilómetros de Madrid — en un problema doméstico tangible y urgente. Aproximadamente el 20% del petróleo que se comercia mundialmente transita por el estrecho de Ormuz, y cualquier disrupción prolongada de ese tránsito — ya sea por bloqueo naval, por acción militar o por decisión iraní de cerrar el estrecho como represalia — tendría consecuencias catastróficas para los precios de la energía mundial y, por extensión, para la inflación, el crecimiento económico y la estabilidad social de los países importadores. Europa es especialmente vulnerable porque carece de reservas estratégicas de petróleo suficientes para compensar una interrupción prolongada: las reservas de la UE cubren aproximadamente 90 días de consumo, pero solo si se activan los mecanismos de emergencia de la Agencia Internacional de la Energía, lo cual requiere una coordinación entre 31 países que nunca se ha puesto a prueba en una crisis real. España, que importa el 99% del petróleo que consume, se encuentra en una posición de vulnerabilidad extrema: cualquier escalada que empuje el Brent por encima de los 140 dólares — un nivel que los analistas de JPMorgan consideran probable si la MFC intensifica sus operaciones — se traduciría en un incremento inmediato de los precios de los carburantes que podría llevar la gasolina por encima de los 2 euros por litro, un umbral psicológico que en 2022 provocó protestas de transportistas y que el Gobierno prefiere no volver a alcanzar.

La reunión de Trump con el CENTCOM ha generado una reacción inmediata en los mercados energéticos asiáticos, donde el Brent alcanzó los 126 dólares por barril durante la madrugada europea antes de estabilizarse en los 122 dólares que ha mantenido durante la sesión europea. Los operadores de commodities señalan que el precio actual del Brent incorpora una «prima de guerra» de aproximadamente 15-20 dólares por barril — es decir, que el precio del petróleo basado exclusivamente en los fundamentales de oferta y demanda estaría en la horquilla de 100-107 dólares, y que los 15-22 dólares restantes reflejan la probabilidad que el mercado asigna a una escalada militar. Esa probabilidad, que los analistas estiman en un 25-35% según los modelos de riesgo geopolítico, es suficiente para mantener los precios en niveles que las economías europeas consideran dolorosos pero soportables. El problema es que la probabilidad podría escalar rápidamente si Trump decide actuar: un ataque aéreo selectivo contra instalaciones nucleares iraníes, incluso si es «corto y potente» como desea el presidente, provocaría casi con certeza una respuesta iraní que podría incluir ataques con misiles a las instalaciones petroleras saudíes, el cierre total del estrecho de Ormuz o ataques con drones contra buques comerciales, cualquiera de los cuales dispararía el Brent muy por encima de los 150 dólares.

El debate dentro de la OTAN es, más allá de la crisis iraní inmediata, un debate sobre la naturaleza misma de la alianza y sobre los límites de la solidaridad entre sus miembros. El artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte — la cláusula de defensa colectiva — solo se activa en respuesta a un ataque armado contra un miembro de la alianza, y la crisis iraní no cumple esa condición: ningún miembro de la OTAN ha sido atacado por Irán, y la acción de la MFC es una operación unilateral estadounidense en la que participan aliados individuales de forma voluntaria, no una operación de la OTAN. Esta distinción jurídica es crucial porque significa que la negativa de España a ceder sus bases no viola ninguna obligación derivada del tratado fundacional de la alianza, y que la amenaza del Pentágono de «ajustar la arquitectura de la OTAN» en represalia es, jurídicamente, una presión política sin base legal. Pero en las relaciones internacionales, como en la vida, la diferencia entre lo legal y lo posible es a menudo irrelevante: Estados Unidos tiene la capacidad fáctica de reducir su cooperación con España en ámbitos bilaterales — inteligencia, tecnología militar, formación de tropas — sin necesidad de invocar ningún artículo del tratado, y esa capacidad convierte la amenaza en algo mucho más serio de lo que su falta de base jurídica podría sugerir.

La noche del 30 de abril se cierra con un panorama geopolítico que los diplomáticos europeos describen con una palabra que se repite en todos los despachos de las cancillerías: «peligroso». Trump tiene sobre su mesa un plan de ataque que sus generales han calificado de viable. Irán mantiene su programa nuclear y su control sobre el estrecho de Ormuz. La MFC bloquea petroleros pero no resuelve la crisis de fondo. Europa se divide entre atlantistas y prudentes. España desafía al Pentágono con una negativa que es jurídicamente sólida pero políticamente arriesgada. Y el petróleo, que es el termómetro infalible de las tensiones geopolíticas, se mantiene en niveles que ya están causando daño económico real a cientos de millones de personas. Mayo comienza mañana con la posibilidad — todavía remota pero ya no descartable — de una acción militar estadounidense que podría cambiar el mapa geopolítico del planeta. Europa, y España en particular, deben decidir si están preparadas para ese escenario. Las señales, hasta ahora, sugieren que no.

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