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Irán ataca bases de EE UU en tres países del Golfo y Trump amenaza con represalias

La Guardia Revolucionaria responde a la operación estadounidense en el estrecho de Ormuz y el portavoz iraní advierte de que el proceso diplomático necesita un «clima mínimo» para seguir; el intercamb

Por Redacción de El Hemiciclo·
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La Guardia Revolucionaria de Irán lanzó en la madrugada del miércoles 10 de junio de 2026 ataques contra instalaciones militares de Estados Unidos en Jordania, Baréin y Kuwait, en respuesta directa a la ofensiva que Washington había ejecutado en el entorno del estrecho de Ormuz después de que un helicóptero militar estadounidense fuera derribado el martes.

Un helicóptero derribado activa la cadena de escalada en menos de 24 horas

El detonante inmediato fue el derribo, el martes 9 de junio, de un helicóptero militar estadounidense en las proximidades del estrecho de Ormuz, paso marítimo por el que transita en torno al 20-21 % de la demanda mundial de petróleo según estimaciones de la Agencia Internacional de la Energía correspondientes a 2024. Washington atribuyó el incidente a fuerzas vinculadas a Teherán sin identificar públicamente a un actor concreto, y respondió en cuestión de horas con una operación de precisión contra posiciones en los alrededores del estrecho. La cadena de causa y efecto se cerró antes del amanecer del miércoles: la Guardia Revolucionaria ejecutó ataques nocturnos simultáneos contra tres países del Golfo.

El estrecho de Ormuz mide apenas 33 kilómetros en su punto más angosto, flanqueado por Irán al norte y Omán al sur. No existe una alternativa de capacidad comparable: el oleoducto Trans-Arábigo que conecta Arabia Saudí con el mar Rojo tiene una capacidad de unos cinco millones de barriles diarios, insuficiente para absorber el volumen que transita por Ormuz. Irán conoce esa geometría y la ha empleado históricamente como palanca de presión. Durante la llamada «guerra de los petroleros» de 1987-1988, la Guardia Revolucionaria y la marina iraní atacaron más de 400 buques en el Golfo Pérsico, forzando el despliegue de la Operación Earnest Will, mediante la cual la Armada de Estados Unidos escoltó petroleros kuwaitíes re-abanderados bajo pabellón estadounidense. Aquel conflicto de baja intensidad pero alta tensión sistémica es el precedente histórico más pertinente para calibrar el alcance del episodio actual.

Tres soberanías atacadas a la vez: la geometría diplomática del daño

La elección simultánea de tres objetivos en distintos países no es operativamente neutral. La base de Al-Azraq en Jordania alberga personal de rotación de la coalición liderada por Estados Unidos. Las instalaciones en Baréin están vinculadas al cuartel general avanzado del Mando Central estadounidense (CENTCOM) en la región, y la Quinta Flota tiene su sede permanente en ese archipiélago. Las instalaciones en Kuwait funcionan como nodo logístico e inteligencia, en un país que fue escenario de la guerra del Golfo de 1991 cuando Iraq invadió su territorio y cuya liberación requirió una coalición de 34 países bajo mandato de Naciones Unidas.

Atacar de forma simultánea tres soberanías distintas —Jordania, con tratado de paz con Israel desde los Acuerdos de Wadi Araba de 1994; Baréin, gobernado por la dinastía suní Al Jalifa pese a contar con mayoría de población chií; y Kuwait, tradicional mediador en disputas del Golfo— multiplica la complejidad diplomática y eleva el coste político para los aliados regionales de Washington. Los tres gobiernos se encuentran ante la disyuntiva de exigir responsabilidades a Teherán, lo que agravaría la tensión, o amortiguar públicamente el incidente para no convertirse en objetivo recurrente. Hasta el cierre de esta edición ninguno de los tres había emitido una posición oficial coordinada.

La aritmética de 38 promesas incumplidas y el peso del JCPOA

CNN cuantificó en 38 las ocasiones en que Trump había descrito el acuerdo con Irán como a punto de cerrarse o prácticamente listo a lo largo de los dos meses de alto el fuego. Ese patrón recuerda al ritmo de las negociaciones sobre el programa nuclear iraní bajo el Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA), firmado en Viena en julio de 2015 tras más de dos años de negociación formal en el formato 5+1 —los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad más Alemania— estructurado desde 2013. Trump retiró a Estados Unidos del JCPOA en mayo de 2018 y reimpuso sanciones que, según datos del Fondo Monetario Internacional, redujeron las exportaciones petroleras iraníes de 2,5 millones de barriles diarios a menos de 500.000 entre 2018 y 2019, contrayendo los ingresos en divisas del régimen de forma drástica.

La salida unilateral de Washington del JCPOA dejó también a la Unión Europea en una posición estructuralmente débil. El mecanismo INSTEX, diseñado por Francia, Alemania y Reino Unido para mantener intercambios comerciales con Irán sorteando las sanciones estadounidenses, nunca generó transacciones de entidad y fue disuelto en 2023. Sin acceso a los canales de negociación directa entre Washington y Teherán, el papel de la UE en el conflicto actual se reduce a la declaración de principios. Fuentes del Servicio Europeo de Acción Exterior han reiterado en los últimos meses su apoyo a «una solución diplomática verificable», pero la Alta Representante no había emitido hasta el cierre de esta edición una declaración específica sobre los ataques de la madrugada del miércoles.

Bagaei congela sin romper: la señal de semáforo iraní

El portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores iraní, Esmaeil Bagaei, fue el primer funcionario de Teherán en pronunciarse públicamente tras los ataques. Sin anunciar una ruptura formal de las negociaciones, Bagaei declaró que Irán «revisará la situación» de los contactos diplomáticos y subrayó que «el proceso diplomático necesita un clima mínimo» para avanzar. La formulación es deliberadamente ambigua: no es una suspensión, pero equivale a una advertencia de que cualquier escalada adicional justificaría congelar la mesa. El régimen iraní ha empleado este tipo de señales —ni ruptura ni continuidad— en repetidas ocasiones durante las décadas de negociación sobre su programa de enriquecimiento de uranio para preservar margen de maniobra interno sin quemar los canales.

La referencia histórica más cercana en tono es la reacción iraní tras el derribo accidental del vuelo IR655 de Iran Air por el crucero USS Vincennes en julio de 1988, con 290 muertos. Aquel episodio, que EE UU nunca calificó formalmente de error de manera inmediata, no condujo a una guerra total pero erosionó la capacidad de Irán para continuar el conflicto con Iraq y aceleró el alto el fuego de agosto de ese año. La lección que Teherán extrae de ese ciclo —que la escalada descontrolada tiene un coste políticamente letal— explica en parte la contención táctica de Bagaei frente a la presión de sectores más duros del régimen.

Trump responde con amenaza pública directa en su red social

Frente a la cautela calculada de Teherán, Trump optó por la presión pública inmediata. «Han tardado demasiado en negociar un acuerdo que habría sido genial para ellos. ¡Ahora tendrán que pagar el precio!», escribió el presidente en su red social. El estilo es reconocible: Trump utilizó una retórica similar en agosto de 2019 cuando amenazó con «obliterar» partes de Irán tras ataques a instalaciones saudíes, y en enero de 2020 cuando ordenó la eliminación del general Qasem Soleimani en Bagdad, acción que elevó la tensión bilateral al nivel más alto desde la crisis de los rehenes de 1979-1981.

La diferencia contextual en junio de 2026 es que el fuego cruzado ocurre sobre el trasfondo de un alto el fuego formal. Eso convierte cada intercambio de golpes en una violación de un marco acordado, aunque ninguna de las dos partes ha reconocido oficialmente haberlo roto. Desde el punto de vista del derecho internacional, un alto el fuego no es un tratado de paz sino un acuerdo de cese de hostilidades que puede denunciarse unilateralmente; no existe, en este caso, un mecanismo de verificación multilateral equivalente al que la ONU desplegó, por ejemplo, en los altos el fuego de la guerra del Líbano de 2006, supervisados por FINUL. La ausencia de ese árbitro externo amplía el margen de ambigüedad que ambas partes están explotando.

Qué ocurre si la escalada no se detiene: plazos e hitos críticos

El calendario de presiones sobre el proceso diplomático se acumula en las próximas semanas. Cualquier nueva operación militar en Ormuz o en territorio de los aliados del Golfo antes de que se restablezca algún canal de comunicación puede confirmar la lectura de Bagaei y forzar una suspensión formal de los contactos. Por su parte, Trump deberá decidir si la amenaza pública se traduce en una acción militar concreta —lo que elevaría el conflicto a un nivel cualitativamente distinto— o si permanece en el plano retórico, con el riesgo de erosionar su credibilidad ante aliados y adversarios por igual.

Para la región, el escenario más inmediato es que Jordania, Baréin y Kuwait presionen a Washington en privado para que module la respuesta y evite convertir sus territorios en campo de batalla recurrente. Arabia Saudí, que no fue objetivo directo pero cuya infraestructura petrolera en el Golfo quedaría expuesta en una escalada mayor, tiene interés estructural en la desescalada. Omán, que comparte con Irán el control del estrecho y ha ejercido históricamente de canal de comunicación discreto entre Washington y Teherán —fue el intermediario clave en las conversaciones secretas que precedieron al JCPOA en 2013— podría activar ese papel si las partes lo permiten. La pregunta es si el ciclo de amenazas y ataques deja tiempo político suficiente para que esa geometría diplomática se ponga en marcha.

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