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Rystad recorta a 8,95 millones de bpd la producción de crudo ruso en 2026

La consultora noruega rebaja su previsión en 90.000 barriles diarios y la atribuye a las sanciones y a los ataques ucranianos contra refinerías y petroleros.

Por Redacción de El Hemiciclo·
4 min de lectura
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La consultora noruega Rystad Energy ha revisado a la baja su previsión de producción de crudo ruso para 2026, hasta una media de 8,95 millones de barriles diarios, 90.000 menos que en su cálculo anterior, según el análisis recogido por el portal especializado Oilprice.com. El ajuste, difundido este mes de agosto de 2026, anticipa además un descenso mayor en 2027, hasta 8,6 millones de barriles diarios.

El recorte, aunque modesto frente a la escala del mercado mundial del petróleo, confirma una tendencia que se viene consolidando desde hace meses: la producción efectiva rusa lleva trimestres cayendo por debajo de lo que anticipaban los propios modelos de la industria, y la brecha entre el dato real y el proyectado se ensancha con cada revisión. Rystad Energy subraya que las pérdidas ya no se limitan a un trimestre aislado, sino que alteran la senda de producción para 2026 y 2027.

Rusia continúa siendo uno de los mayores productores mundiales de crudo. En los años previos a la invasión de Ucrania, iniciada en febrero de 2022, su bombeo de crudo y condensados se situaba en el entorno de los 10-11 millones de barriles diarios, según cifras históricas de la Agencia Internacional de la Energía. La comparación con esos niveles previos a la guerra ilustra la magnitud del deterioro: la previsión actual para 2026 implica una pérdida sostenida de más de un millón de barriles diarios respecto a la etapa anterior al conflicto.

Dos frentes que se retroalimentan

El deterioro combina dos factores. El primero es el paquete de sanciones renovado sobre la exportación rusa, que ha ido añadiendo restricciones sobre fletes, aseguradoras y compradores intermedios desde que la Unión Europea y el G7 impusieran el techo de precios al crudo ruso en diciembre de 2022. El segundo, de efecto más directo sobre la producción física, es la campaña ucraniana de ataques contra refinerías, terminales portuarias y petroleros, que ha restado capacidad de refino y de transporte durante los últimos meses.

Estos ataques han abierto una fase distinta a la de los primeros años de guerra. En 2022 y 2023, las restricciones occidentales buscaban sobre todo impedir que el crudo ruso llegara a Europa, un objetivo que Moscú sorteó reorientando sus exportaciones hacia Asia, principalmente India y China, que pasaron a absorber una parte sustancial del barril que el continente europeo dejó de comprar. Los golpes contra petroleros apuntan ahora a la capacidad rusa de mover crudo hacia cualquier destino, lo que reduce la elasticidad de una oferta que hasta hace poco podía redirigir cargamentos con relativa rapidez.

Ese redireccionamiento hacia Asia no eliminó la vulnerabilidad: alargó las rutas, encareció los fletes y dejó a la exportación rusa más expuesta a los cuellos de botella marítimos. La combinación de sanciones y daños físicos eleva los costes de transporte y reduce la flota disponible, lo que obliga a aplicar descuentos más profundos para colocar el barril frente a marcadores internacionales de referencia como el Brent. Al vender por debajo de esos marcadores, el margen fiscal del Kremlin —muy dependiente de la renta petrolera y gasística— se resiente, en un círculo que la consultora refleja al rebajar tanto 2026 como 2027.

Rystad Energy advierte de que la industria petrolera rusa se está quedando sin margen para absorber nuevas perturbaciones. La infraestructura de exportación opera ya cerca de sus límites logísticos, de modo que un solo ataque adicional sobre un puerto estratégico o una nueva ronda de sanciones podría desencadenar caídas de producción superiores a las que contemplan incluso los escenarios más conservadores.

El precedente más claro de sanciones y disrupciones físicas como palanca sobre un productor de energía se remonta a la crisis del petróleo de 1973, cuando el embargo árabe alteró de forma duradera los flujos globales de crudo y forzó una reconfiguración de las rutas de suministro que tardó años en digerirse. La diferencia relevante en el caso ruso es que la presión no proviene de una decisión unilateral del productor, sino de una combinación de sanciones multilaterales y acciones militares directas sobre su infraestructura.

Moscú, Kiev y Bruselas

Las autoridades rusas han negado sistemáticamente que las sanciones occidentales estén erosionando de forma significativa su capacidad exportadora, y han presentado los ajustes de producción como decisiones vinculadas a los acuerdos de la OPEP+, de la que Rusia forma parte junto a Arabia Saudí y otros grandes productores. El Kremlin sostiene que su economía ha demostrado capacidad de adaptación frente a un régimen de sanciones que calificó de sin precedentes.

Desde Kiev, el Gobierno ucraniano ha reivindicado los ataques contra refinerías y terminales rusas como parte de una estrategia deliberada para reducir la capacidad de Moscú de financiar la guerra a través de los ingresos energéticos, que representan una parte sustancial de los ingresos fiscales del Estado ruso. La Unión Europea, por su parte, ha endurecido de forma escalonada los sucesivos paquetes de sanciones desde el inicio de la invasión, con restricciones sobre buques y empresas navieras vinculadas al transporte de crudo ruso fuera de los circuitos autorizados. Bruselas ha defendido que estas medidas buscan reducir la financiación bélica de Moscú sin provocar una disrupción abrupta del mercado energético global.

El mercado mundial de crudo, que en los últimos años ha operado con márgenes de holgura relativamente estrechos entre oferta y demanda, encuentra en la producción rusa una de sus principales válvulas de escape ante shocks de oferta en otras regiones. Cada revisión a la baja de la producción rusa reduce ese colchón, un factor que puede presionar los precios internacionales del petróleo si coincide con nuevas tensiones geopolíticas en otras zonas productoras.

De cara a los próximos meses, el foco estará en si la Unión Europea y el G7 avanzan hacia un nuevo paquete de sanciones antes de que termine 2026, y en si Ucrania mantiene el ritmo de ataques contra infraestructura energética rusa. La evolución de la previsión de Rystad Energy para 2027, que ya apunta a una caída adicional hasta los 8,6 millones de barriles diarios, dependerá en gran medida de si ambos frentes de presión se mantienen o se intensifican en los próximos trimestres.

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