Bam, invitada a un panel sobre movilización política juvenil en el foro alemán, describió cómo las protestas nepalís se convirtieron en referencia para otros movimientos surgidos poco después, como el que en octubre de 2025 derivó en la salida del presidente de Madagascar y la llegada al poder del coronel Randrianirina tras semanas de disturbios. Según relató, manifestantes malgaches llegaron a portar banderas de Nepal como símbolo de rebelión, un gesto que interpretó como prueba de que lo ocurrido en Katmandú había trascendido las fronteras del país himalayo. La activista reconoció, a su vez, que su movimiento se nutrió de precedentes recientes: "Seguimos esos movimientos en Bangladés e Indonesia. El mundo entero estaba sufriendo", afirmó.
Ese contagio de descontento generacional, según su relato, se extendió también a Marruecos, donde las movilizaciones de la Generación Z pusieron en cuestión la estabilidad del Gobierno de Rabat en los últimos meses. Pese a ese ciclo de protestas en cascada, la coordinadora introdujo un matiz sobre el momento actual del movimiento: la necesidad de frenar y evaluar lo conseguido. "Necesitamos paz ahora mismo, hemos visto demasiada destrucción", declaró, en una reflexión que contrasta con el tono más combativo de los primeros meses tras la caída de Oli.
De la calle a la oposición al nuevo Gobierno
Las protestas de la Generación Z en Nepal, que se prolongaron durante septiembre de 2025, tuvieron como detonante el hastío de los jóvenes frente a la corrupción institucional y el desempleo, y desembocaron en la salida de Oli, un episodio que se sumó a una serie de crisis políticas en el sur y sureste asiático protagonizadas por manifestantes menores de treinta años. El desenlace fue la formación de un nuevo Gobierno cuyo desempeño es ahora objeto de escrutinio por parte del propio movimiento que forzó el cambio.
Bam reivindicó ante los asistentes de Hamburgo el papel de la Generación Z como principal actor de control político frente al nuevo Ejecutivo, una función que en democracias parlamentarias corresponde habitualmente a los partidos de la oposición formal, pero que en el caso nepalí ha sido asumida, al menos en parte, por una red de activismo juvenil surgida fuera de las estructuras partidistas tradicionales. Ni el Gobierno nepalí surgido tras la caída de Oli ni otras formaciones del país figuran en el material con una respuesta directa a las afirmaciones de la activista sobre ese papel de contrapeso, lo que por el momento impide contrastar hasta qué punto las autoridades reconocen o discuten esa función.
El uso de redes sociales y plataformas de mensajería para coordinar protestas ha sido un rasgo común de estos movimientos, facilitando una organización horizontal difícil de replicar por estructuras políticas convencionales. Esa característica ayuda a explicar la rapidez con la que ideas y simbología —como el uso de banderas nacionales como símbolo de protesta— se trasladan de un país a otro en cuestión de semanas.
Precedentes de la protesta juvenil
La articulación de movimientos juveniles como motor de cambio político no es un fenómeno inédito. Cabe recordar la Primavera Árabe de 2011, cuando el descontento de generaciones jóvenes frente al desempleo y la falta de libertades desembocó en la caída de varios gobiernos en el norte de África y Oriente Próximo, o las movilizaciones estudiantiles que en distintas etapas de las democracias contemporáneas han actuado como catalizador de reformas sin intermediación partidista. La entrevistada situó su experiencia en esa genealogía al señalar la inspiración recibida de Bangladés e Indonesia.
La participación de Bam en la Conferencia de Sostenibilidad de Hamburgo, un foro internacional centrado en desarrollo y gobernanza, evidencia el interés académico y político por un fenómeno que ha desbordado las fronteras de Asia. Su intervención en un panel sobre movilización juvenil refleja la voluntad de comprender las dinámicas que llevaron a la caída de varios gobiernos en apenas un año y de anticipar posibles réplicas en otros contextos con problemas similares de desempleo y desconfianza institucional.
De cara a los próximos meses, la incógnita principal es si el Nepal Gen Z Front logrará traducir su capacidad de movilización en una influencia política sostenida, bien mediante la creación de una fuerza electoral propia, bien mediante la presión continuada sobre el nuevo Gobierno desde la sociedad civil. La experiencia de otros movimientos juveniles similares, como los surgidos en Bangladés o Indonesia, sugiere que el tránsito de la protesta callejera a la representación institucional no está garantizado y suele topar con las dificultades de estructuras políticas poco permeables a actores nuevos.


