El episodio reuniría, según esas mismas fuentes, todas las condiciones para ser considerado guerra híbrida: el recurso combinado y coordinado a capacidades civiles, militares, navales, aéreas y espaciales para presionar sobre un territorio de soberanía española sin llegar a un conflicto armado declarado. Los análisis apuntan a un despliegue sin precedentes recientes de todos los vectores a disposición de Rabat.
«Han puesto en el tablero prácticamente todas sus capacidades terrestres, marítimas, aéreas y espaciales», señala una de las fuentes militares citadas.
El componente terrestre de la operación recuerda, según esos análisis, a la Marcha Verde organizada por Rabat en noviembre de 1975 para forzar la cesión española del Sáhara Occidental, cuando cerca de 350.000 civiles marroquíes cruzaron la frontera bajo supervisión del Ejército alauita. Medio siglo después, la entrada de entre 80.000 y 100.000 personas en Ceuta habría seguido una lógica similar de uso de masas civiles como instrumento de presión política.
La diferencia estaría en la composición del grupo. Entre los asaltantes se habrían detectado agentes de inteligencia marroquí realizando labores de coordinación, así como militares en activo que, al ser identificados, se presentaron como «desertores». Las fuentes militares descartan esa versión: un desertor real no buscaría refugio en un territorio desde el que puede ser repatriado y juzgado por abandono de servicio.
Emboscadas con tácticas de guerrilla
Más grave resultaría la sospecha, investigada por el área de seguridad interna del Ejército de Tierra, de que militares marroquíes hubieran participado en la organización de emboscadas contra patrullas españolas en Ceuta. Según desveló THE OBJECTIVE, se detectaron tácticas de guerra de guerrillas: preparación previa del terreno con obstáculos, bloqueo de la retaguardia del vehículo atacado y maniobras de cerco sobre la patrulla.
El frente naval concentraría algunos de los incidentes de mayor gravedad. Se habrían contabilizado en torno a una decena de incursiones de buques de guerra marroquíes dentro de las 12 millas náuticas que constituyen aguas de soberanía española alrededor de Ceuta, según Confidencial Digital, con la participación de entre 12 y 15 navíos distintos. Uno de esos episodios habría implicado riesgo de colisión y, en otro una corbeta clase SIGMA se situó a unos 15 kilómetros de la costa ceutí, dentro del alcance de su cañón principal.
El dato que más llamaría la atención sería que todas esas intrusiones se habrían producido con el sistema AIS de geolocalización apagado, el mecanismo internacional que permite rastrear en tiempo real la posición de buques mercantes y militares. Los registros de ese sistema muestran, según la información publicada, que la fragata Mohammed VI, buque insignia de la marina real marroquí, desapareció de los radares 24 horas antes de la invasión a las 14.33 del 29 de julio, mientras estaba fondeada en Casablanca.
Esa misma unidad habría protagonizado una de las incursiones posteriores en aguas españolas, junto a la corbeta Tarek Bin Zayed, bautizada con el nombre del general que dirigió las primeras expediciones de la conquista de Al-Ándalus en el siglo VIII. La diplomacia marroquí ya habría recurrido a figuras históricas similares en la puesta en escena de algún viaje oficial de Pedro Sánchez a Rabat, en un uso del pasado medieval como herramienta de proyección nacional.
El marco de las 12 millas náuticas
Las invasiones navales habrían sido ocultadas inicialmente por el Gobierno español, según las fuentes citadas, hasta que el propio almirantazgo forzó una comunicación directa con su contraparte marroquí para exigir el cese de las incursiones. El episodio remite al marco jurídico que rige estas aguas: la Convención de Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar de 1982 fija en 12 millas náuticas el límite del mar territorial sobre el que un Estado ejerce plena soberanía, y la entrada de un buque de guerra extranjero sin autorización constituye en principio una violación de ese espacio.
El componente espacial de la operación, con el paso reiterado de satélites militares sobre Ceuta en los días previos al asalto, añadiría una dimensión de vigilancia estratégica poco habitual en episodios migratorios. Para las fuentes consultadas, ese elemento refuerza la lectura de una operación planificada con antelación y coordinada entre distintos vectores, y no de una oleada espontánea.
La crisis se inscribe en una relación bilateral marcada por disputas territoriales de larga duración —Ceuta, Melilla y el Sáhara Occidental— y por la dependencia mutua en el control fronterizo, en la que Rabat ha empleado la presión migratoria como palanca de negociación. El precedente más cercano es la crisis de Ceuta de mayo de 2021, cuando cerca de 10.000 personas cruzaron la frontera en apenas 48 horas tras la acogida española del líder del Frente Polisario, Brahim Ghali.
El trasfondo regional conecta con la posición de Marruecos como socio estratégico de potencias como Estados Unidos, que reconoció en 2020 la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental, y con el papel de España como frontera sur de la Unión Europea, un equilibrio que convierte cualquier gesto de fuerza en Ceuta o Melilla en un mensaje dirigido tanto a Madrid como a Bruselas.
Las fuentes militares insisten en que el conjunto de indicios —despliegue terrestre, naval, aéreo y espacial coordinado en el tiempo— convertiría el episodio de julio en un caso de estudio.
«Se estudiará en las escuelas de guerra», resume una de esas fuentes al valorar el alcance de la operación atribuida a Rabat.