Aceptemos, pues, la tesis completa, que es lo elegante. Dice Delgado: «Se acabó el tiempo de unir a los partidos, es el tiempo de unir a la gente». Magnífica frase. Desplaza el foco de las cúpulas hacia el electorado, de la trastienda hacia la plaza, de la negociación entre siglas hacia la movilización directa. Es, nos aseguran, una fórmula que aleja la atención de las disputas entre marcas. Y como el propio material reconoce que esas disputas han marcado a la izquierda a la izquierda del PSOE durante los últimos ciclos, hay que darle la bienvenida al que por fin se baja de ese carrusel.
Sigamos. Si de lo que se trata es de unir a la gente y no a los partidos, entonces el acto del Manzanares fue un éxito rotundo: puso en pie a los simpatizantes. La gente, unida. Primer objetivo cumplido. Vamos con el segundo, que es donde la lógica empieza a pedir paso. Porque el Frente Amplio, esa coalición que integran Izquierda Unida, Comuns, Más Madrid y Movimiento Sumar, a la que se suman acuerdos territoriales en Aragón, Baleares, la Comunidad Valenciana y Canarias, es —permítanos la observación— una unión de partidos.
No se lo tome a mal. Es, de hecho, la definición exacta de coalición. De modo que la novedad que Delgado proclama —se acabó unir partidos— la proclama desde una candidatura que es precisamente eso: cuatro formaciones nacionales y varias autonómicas que han decidido, con mucho esfuerzo de cúpulas, presentarse juntas. El hombre que anuncia el fin de la era de unir siglas encabeza la lista de la unión de más siglas disponible en el mercado. Concedámoslo también: hay cierta valentía en denunciar el oficio desde el escaparate.
Aceptemos entonces la premisa siguiente, que ellos mismos ponen sobre la mesa. El material recuerda que la ley electoral española, de reparto proporcional corregido por la fórmula D'Hondt, penaliza el voto cuando se fragmenta en varias candidaturas. Es decir: la aritmética castiga que la gente vaya separada. Y la única manera conocida de que la gente no vaya separada es que los partidos vayan juntos. De donde se deduce, con rigor molesto, que para unir a la gente —el objetivo noble— hay que empezar por unir a los partidos —la tarea que acaban de declarar superada—. El fin que proclaman exige el medio que acaban de enterrar.
Escribió Larra que «escribir en Madrid es llorar», y uno sospecha que negociar coaliciones en Madrid se le parece bastante. Larra lo decía de la censura; aquí la censura la pone D'Hondt, que no lee discursos pero cuenta papeletas, y cuenta sin dramatismo ninguno, con una frialdad que ya quisiera Delgado para su mensaje. La fórmula no se emociona cuando alguien grita «no more drama». La fórmula suma, divide y reparte restos. Y a quien llega fragmentado, le resta.
Llegamos así al punto donde el razonamiento revienta solo, sin que nadie lo empuje. Si unir a la gente es lo que importa, y si unir a la gente exige unir a los partidos, y si el Frente Amplio ha dado por cerrado el pacto frustrado con Podemos justo antes del 29-N, entonces lo que se ha anunciado en el Parque Lineal del Manzanares no es el fin del tiempo de unir partidos: es el fin del tiempo de unir a toda la gente. Queda la de ellos, que no es poca, pero queda a un lado la otra. El relato elige las palabras; D'Hondt elige los escaños. Y como el plazo de presentación de candidaturas ante las juntas electorales fijará el límite real para cualquier reconsideración, la frase en inglés tiene fecha de caducidad: el drama no se acaba, se aplaza hasta el día del recuento.
Mientras tanto, conviene señalar que el espectáculo de la casta cerrada no distingue de aceras. En estas mismas semanas, el centroderecha presentó el plan de Feijóo para blindar fronteras ante las instituciones europeas tras la crisis migratoria de Ceuta. Cada club con su acto, cada acto con su eslogan, cada eslogan desplazando el foco hacia donde más conviene: unos hacia la gente para no hablar de las siglas que no cuajaron, otros hacia las fronteras para no hablar de lo de dentro. El votante, usted, asiste a la función como quien paga la entrada de un teatro donde los actores le explican que la obra ya no va de actores, va de público. Y luego pasan la gorra.
La verdadera pregunta, la que queda colgada cuando se apagan los focos del Manzanares y D'Hondt enciende la calculadora, no es si Delgado cree su propia frase. Es más sencilla y tiene respuesta concreta, aunque no se dé: si de verdad se acabó el tiempo de unir a los partidos, ¿quién firmó la coalición de cuatro siglas desde la que se anuncia que ya no toca firmar coaliciones?