La técnica consiste en introducir partículas, generalmente yoduro de plata o determinadas sales, en nubes ya formadas. Esas partículas actúan como núcleo de condensación: facilitan que el vapor de agua se agrupe en gotas o cristales de hielo con el tamaño suficiente para precipitar. Las operaciones se ejecutan desde aviones o desde generadores instalados en tierra, y requieren que existan ya nubes con potencial de lluvia sobrevolando la zona.
Conviene precisar sus límites. La siembra de nubes no genera precipitaciones donde no hay nubes ni multiplica de forma sustancial el agua disponible: como mucho exprime ligeramente más una masa nubosa que de todos modos iba a descargar parte de su humedad. No es, por tanto, una herramienta capaz de revertir por sí sola una sequía prolongada ni de alterar el reparto de lluvias entre países vecinos.
Marruecos experimenta con esta tecnología desde hace más de cuatro décadas a través de Al-Ghait, su programa estatal de modificación del tiempo. El ministro de Equipamiento y Agua, Nizar Baraka, ha cifrado la inversión del país en unos 160 millones de dírhams —cerca de 14,7 millones de euros— entre 2021 y 2023, un periodo marcado por la intensificación de la actividad: de una media de 23 operaciones anuales entre 2020 y 2023 se pasó a 70 intervenciones en los primeros diez meses de 2024.
Las autoridades marroquíes concentran estas actuaciones en las zonas montañosas próximas a los embalses, buscando reforzar el manto de nieve y las lluvias que alimentan los cauces que abastecen al país. La ventana operativa coincide con los meses de noviembre a abril, el periodo en el que circulan sobre el territorio marroquí más sistemas nubosos susceptibles de ser tratados. Baraka ha situado el incremento de precipitaciones en las áreas intervenidas entre un 14% y un 17%, aunque esa estimación procede de evaluaciones realizadas entre 1984 y 1989.
Qué dice la AEMET sobre el riesgo transfronterizo
La pregunta que resurge periódicamente en el sur de España es si esta actividad puede alterar el régimen de lluvias al otro lado del Estrecho. La AEMET ha explicado que, dada la escala limitada en la que operan estas técnicas, la siembra de nubes no afecta a las precipitaciones de las zonas vecinas. La intervención sobre una nube concreta en el Atlas o el Rif no equivale a sustraer agua que de otro modo llegaría a Andalucía, Ceuta o Melilla, ni a provocar fenómenos extremos al otro lado de la frontera marítima.
El propio Gobierno marroquí ha tenido que salir al paso de interpretaciones que vinculaban el programa con episodios meteorológicos adversos. En 2024, Baraka negó cualquier relación entre la siembra de nubes y las inundaciones que afectaron a varias regiones del sureste del país, y precisó que no se había realizado ninguna operación en las zonas donde se registraron aquellas lluvias torrenciales. El episodio responde a un patrón: cuando coincide en el tiempo una intervención de modificación del tiempo con un fenómeno extremo, la tentación de establecer causalidad crece, aunque la evidencia no la respalde.
La técnica de la siembra no es nueva en el mundo. Estados Unidos la experimenta desde finales de los años cuarenta, cuando investigadores de General Electric lograron las primeras precipitaciones inducidas con hielo seco en 1946, y países como China la han escalado hasta convertirla en una herramienta estatal de gestión del clima. Marruecos arrancó su propio recorrido en los años ochenta, en paralelo a las primeras grandes sequías que marcaron la política hídrica del Magreb.
El escepticismo que persiste entre los meteorólogos
Pese a las cuatro décadas de experimentación, la AEMET ha recordado que la siembra de nubes sigue generando un escepticismo considerable en la comunidad científica. La dificultad de fondo es metodológica: resulta extremadamente complicado aislar qué fracción de la lluvia registrada se debe a la intervención y cuál habría caído de todas formas, dada la variabilidad intrínseca de los sistemas atmosféricos. Sin un grupo de control equivalente, cualquier atribución de mérito a la técnica conserva un margen de incertidumbre notable.
El invierno pasado ilustra esa cautela. Marruecos dio por concluida en enero de 2026 una sequía que se había prolongado durante siete años, tras una temporada de lluvias especialmente generosa. Ese alivio hídrico, sin embargo, no puede achacarse a la siembra de nubes, sino a un cambio en el patrón de precipitaciones que se extendió por buena parte del norte de África y que no guarda relación directa con la intensidad de las operaciones de Al-Ghait.
La gestión del agua, el verdadero frente abierto
Tanto en Marruecos como en España, los especialistas coinciden en que la modificación del tiempo puede funcionar, en el mejor de los casos, como un complemento marginal dentro de una estrategia hídrica mucho más amplia. La batalla real contra la escasez de agua se libra en otros terrenos: la desalinización de agua de mar, la reutilización de aguas residuales tratadas, la protección de los acuíferos frente a la sobreexplotación y una gestión más eficiente del regadío, que concentra el grueso del consumo hídrico en ambos países mediterráneos.
Esa presión compartida sobre recursos escasos atraviesa toda la cuenca mediterránea, donde los episodios de sequía prolongada se han encadenado en la última década a ambos lados del Estrecho. La cooperación transfronteriza frente a amenazas ambientales ya se ensaya en otras latitudes, como ilustra la red binacional de 24 meses contra la planta invasora pilosela acordada entre Argentina y Chile, aunque en un contexto geográfico muy distinto.
Cuando los aviones del programa Al-Ghait vuelvan a despegar sobre el Atlas y el Rif en noviembre, no existen, según los datos disponibles, motivos técnicos para que el sur de España perciba un riesgo directo sobre sus propias precipitaciones. La lección que deja el debate, compartida a ambos lados del Estrecho, apunta a la necesidad de gestionar con mayor rigor cada litro de agua que cae, en un contexto de aridez creciente que no distingue fronteras.
