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Un periodista español rastrea en Nigeria al estafador de su madre

El relato de Carlos Barragán, difundido por la BBC y recogido en un libro, describe el patrón de las estafas románticas que también registran las autoridades panameñas.

Por Redacción de El Hemiciclo·
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El periodista español Carlos Barragán viajó desde Madrid hasta Lagos, Nigeria, para localizar al hombre que había estafado a su madre haciéndose pasar por un militar estadounidense enamorado, en un caso difundido por el Servicio Mundial de la BBC y recogido en el libro Los Yahoo Boys, del propio autor.

Según el relato de Barragán, su madre —a quien identifica como Silvia, una odontóloga que abrió su propia clínica antes de los 30 años— conoció en diciembre de 2015 a un hombre que se presentaba como Brian, un supuesto soldado estadounidense de 52 años destacado en Siria, a través de una aplicación de citas. La relación escaló con rapidez: en cuestión de un mes, el supuesto militar ya hablaba de mudarse a España para vivir junto a ella, y Silvia llegó a comprar dos anillos y a anunciar a sus hijos que pronto convivirían.

El periodista, que trabaja como investigador, logró rastrear la dirección de IP desde la que se enviaban los correos electrónicos. El rastro no conducía a Siria ni a Estados Unidos, sino a Nigeria. Fue así como confirmó que Brian no existía. «Era muy romántico y apasionado desde los primeros correos. A mi madre le encantaban esas palabras tan bonitas», relató Barragán a la BBC. Antes de eso, el hermano mayor del periodista, militar de profesión, ya había advertido a su madre: «Suena muy raro. Probablemente sea una estafa, mamá».

Barragán reconoció que descubrir el fraude no fue un alivio inmediato. «Recuerdo haber pensado: ¿cómo va a afrontar esto mi madre? Porque se ha enamorado de alguien que en realidad no existe. Eso genera mucha vergüenza», contó. Silvia, según su hijo, borró la mayoría de los correos y siguió adelante, aunque quedó visiblemente afectada. Ese desenlace fue el detonante del viaje del periodista a Lagos.

Los Yahoo Boys y el retrato del estafador

En la capital nigeriana, Barragán se apoyó en un intermediario local para acceder a los llamados Yahoo Boys, apodo con el que se conoce en Nigeria a los jóvenes que ejecutan fraudes en línea, a menudo con poca educación formal, escasos recursos y limitadas oportunidades laborales. Uno de ellos, al que llama Biggie, de veintitantos años, lo introdujo en Ikotun, un suburbio abarrotado de Lagos. «No dejaba de pensar… ¿cómo es posible que alguien como él se convierta en un estafador que pasa las noches hablando con gente solitaria en internet?», reflexionó el periodista, cuya búsqueda se prolongó durante cuatro años.

El propio relato revela una paradoja: fue Barragán quien, meses antes, al notar que su madre se sentía sola, la había animado a descargar la aplicación de citas donde después conoció al falso Brian. Silvia, divorciada desde hacía cerca de una década, escribió en un correo al estafador una frase que su hijo interpreta como la raíz de su vulnerabilidad: «Toda mi vida he cuidado de los demás y ahora quiero a alguien que cuide de mí».

El mecanismo descrito —construcción de una identidad falsa, avance emocional acelerado y explotación de la soledad de la víctima— coincide con el patrón que en Panamá se persigue a través del Ministerio Público. En el país no existe una tipificación penal específica para la estafa romántica; los casos suelen encuadrarse en las figuras generales de estafa y en los delitos contra la seguridad informática previstos en el Código Penal, lo que dificulta contar con estadísticas desagregadas sobre esta modalidad concreta.

La Autoridad de Protección al Consumidor y Defensa de la Competencia (Acodeco) ha advertido en distintas campañas sobre fraudes que se originan en redes sociales y aplicaciones de citas, y ha recomendado a la ciudadanía verificar identidades antes de compartir información personal o financiera con contactos conocidos únicamente por internet. Su mensaje reiterado es que ninguna transferencia de dinero debería realizarse a personas con las que jamás ha existido un encuentro presencial verificable.

El caso relatado no es un hecho aislado a escala mundial. Las estafas románticas se dirigen con frecuencia a personas divorciadas, viudas o que atraviesan periodos de aislamiento social, un perfil que coincide con el de la víctima del relato. La reducción del contacto presencial durante la pandemia de covid-19 y el auge del uso de aplicaciones de citas y redes sociales han sido señalados por especialistas en seguridad digital como factores que facilitaron la expansión de este tipo de fraude en los últimos años.

Panamá cuenta con precedentes de suplantación de identidad en el entorno digital que han motivado alertas oficiales. El Tribunal Electoral ha advertido en distintos momentos sobre la creación de perfiles falsos en redes sociales, si bien en ese caso el fenómeno se vinculó a procesos electorales y no a fraudes sentimentales. La diferencia sustancial radica en que la estafa romántica explota un vínculo afectivo individual y no la confianza en las instituciones.

Para las autoridades de consumo, la principal herramienta de prevención sigue siendo la educación digital: verificar fotografías mediante búsquedas inversas de imágenes, desconfiar de relaciones que avanzan con excesiva rapidez y no enviar dinero a contactos conocidos exclusivamente por medios digitales. El caso Barragán, aunque ocurrido fuera de las fronteras panameñas, funciona como referencia para la actualización de los protocolos de atención a víctimas de fraude digital, en un contexto en que el uso de aplicaciones de citas continúa en expansión entre la población adulta del país.

El propio autor sintetizó la conclusión más inesperada de su viaje al describir a los estafadores que conoció: «No me parecieron tan sofisticados. No me parecieron tan inteligentes… Eso me dejó boquiabierto». Su libro documenta tanto el itinerario de su búsqueda personal como las condiciones socioeconómicas que rodean esta actividad en algunas zonas de África occidental, un ángulo que desplaza el foco desde la figura del criminal experto hacia la de jóvenes que operan por necesidad económica.

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