La joven abandonó su empleo urbano tras varios años de una rutina que, según ha relatado en el pódcast Agrolife, la obligaba a entrar y salir del trabajo de noche, con escaso contacto con la luz natural. Aquella etapa, sostiene, no la valoró en su justa medida hasta que regresó al entorno rural y redescubrió el simple placer de pasar tiempo al aire libre. Ahora reside en una localidad rodeada de pequeños pueblos, donde dice apreciar especialmente el sentimiento de comunidad y la posibilidad de recurrir a los vecinos.
Su discurso, difundido en vídeos grabados mientras conduce su tractor, parte de una idea recurrente en el debate sobre el mundo rural: la advertencia de que conviene dejar de romantizar el campo. «La gente dice: 'Hay que dejar de romantizar el campo'. No estoy de acuerdo», afirma en uno de sus vídeos, antes de introducir un matiz que ha resonado entre sus seguidores: «Habrá que dejar de romantizar los precios del campo». Para ella, reconocer los problemas económicos de la agricultura no obliga a renunciar a hablar de lo que hace atractiva la profesión.
La agricultora describe los aspectos que, a su juicio, hacen del oficio algo gratificante: levantarse con el amanecer, disfrutar del fresco del verano, observar la naturaleza, escuchar a los pájaros y trabajar acompañada de su perro. «Pocos trabajos habrá que sean gratificantes como la agricultura», asegura, y llega a precisar cuál es su momento preferido: «Estar a la luz del sol con mi perro, número uno». Su defensa del oficio no elude, sin embargo, la cuestión central: «Otra historia es que con el salario que se percibe se pueda vivir, que eso ya da para otro libro», reconoce.
Nuévalos matiza también el alcance de su crítica a la ciudad. Reconoce que los espacios cerrados y las rutinas urbanas son necesarios y forman parte de multitud de profesiones, y que su comparación de la vida urbana con una «cárcel» responde a su experiencia personal —marcada por turnos nocturnos y escasa exposición a la luz natural— más que a un juicio generalizado sobre el trabajo de oficina. En Valencia, ha contado, echó en falta una relación más cercana con quienes la rodeaban.
Una brecha económica que arrastra el sector
La contradicción que describe no es nueva ni exclusiva de su experiencia. El sector agrario español lleva años señalando el desajuste entre los precios que perciben los productores y los que paga el consumidor final, una brecha que ha motivado movilizaciones de agricultores y ganaderos en distintas comunidades autónomas, con reivindicaciones centradas en los márgenes de la cadena alimentaria, la competencia de importaciones de terceros países y el peso de la burocracia vinculada a la Política Agraria Común (PAC).
En ese marco se sitúa la Ley de la Cadena Alimentaria, aprobada en España en 2021 y modificada posteriormente, que obliga a que los contratos entre productores, distribuidores y grandes superficies reflejen los costes efectivos de producción, con el objetivo declarado de evitar la venta a pérdidas en origen. Su aplicación sigue siendo objeto de debate entre las organizaciones agrarias, que reclaman mayor control por parte de la Agencia de Información y Control Alimentarios (AICA), dependiente del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación. La renta de quien trabaja la tierra queda condicionada, además, por los precios en origen, los costes de producción y fenómenos meteorológicos como el granizo, la sequía o las heladas.
El regreso al campo de perfiles cualificados no es un fenómeno inédito en España. Tras la crisis económica de 2008, distintos análisis sociológicos detectaron episodios de retorno a la actividad agraria de personas con formación superior sin salida laboral en las ciudades. La diferencia respecto a aquellas etapas es que ahora ese relato se construye y difunde en gran medida a través de redes sociales, donde cuentas como @agropauli atraen a seguidores interesados tanto en el contenido divulgativo sobre agricultura como en el testimonio vital del cambio.
El caso conecta con uno de los principales desafíos estructurales del campo español: el relevo generacional. La edad media de los titulares de explotaciones agrarias es elevada, según el Censo Agrario que elabora el Instituto Nacional de Estadística (INE), lo que ha llevado a las administraciones a mantener líneas de ayuda específicas para la incorporación de jóvenes agricultores, cofinanciadas con fondos de la PAC. En paralelo, la despoblación del interior peninsular convive con saldos migratorios positivos en municipios rurales próximos a núcleos urbanos, impulsados en parte por el teletrabajo.
Mientras ese relevo avanza a un ritmo desigual según las regiones, testimonios como el de Nuévalos aportan una perspectiva que combina la reivindicación del entorno rural con una denuncia explícita de sus limitaciones económicas, sin que ambas lecturas resulten, a su juicio, incompatibles. El debate de fondo —cómo garantizar precios que hagan viable la actividad y facilitar la incorporación de nuevos agricultores— seguirá marcado por la aplicación de la Ley de la Cadena Alimentaria y por la negociación de la PAC, cuyo marco financiero se revisa en los próximos ejercicios en el seno de la Unión Europea.

