El mecanismo que describe el texto es una reacción en cadena: cuanto más saturada está una órbita, más probable es que los restos existentes colisionen entre sí y multipliquen su número, sin necesidad de añadir nuevos satélites al sistema. Los modelos estadísticos citados elevan a unos 54.000 los objetos de más de 10 centímetros, 1,2 millones de entre 1 y 10 centímetros y hasta 140 millones de fragmentos de entre 1 milímetro y 1 centímetro, con una masa conjunta superior a las 17.000 toneladas. De todos ellos, solo 46.650 están catalogados y siguen un rastreo regular; el resto se conoce únicamente por estimaciones.
Desde 1957 se han lanzado unos 27.490 satélites, de los que aproximadamente el 69% permanece en el espacio, aunque solo el 58% sigue operativo. El número total de objetos en órbita se ha multiplicado por 2,43 en la última década, según datos de la Agencia Espacial Europea (ESA) recogidos en el informe, que valora el sector espacial mundial en 420.000 millones de euros. El principal motor de ese crecimiento son las megaconstelaciones de comunicaciones en órbita baja, con Starlink a la cabeza: la compañía concentra aproximadamente dos tercios de los satélites activos del planeta, favorecida por lanzamientos más baratos y satélites de menor tamaño.
La distribución del problema es muy desigual entre franjas orbitales. La órbita baja acumula 25.060 objetos catalogados, frente a 1.303 en la órbita media y 961 en la geoestacionaria, y los restos suponen ya el 37% de lo que hay en órbita baja, por apenas el 10% en la geoestacionaria. La diferencia obedece a la física: en órbita baja la resistencia atmosférica acaba haciendo caer los fragmentos, aunque el proceso puede tardar años, mientras que a 36.000 kilómetros de altura la fricción es prácticamente nula y los objetos pueden permanecer indefinidamente si no se envían a una órbita cementerio.
El síndrome de Kessler, formulado en 1978
El escenario más temido es el síndrome de Kessler, formulado en 1978 por los físicos de la NASA Donald Kessler y Burton Cour-Palais, que describe una cascada de colisiones capaz de inutilizar por completo ciertas franjas orbitales. A una velocidad relativa típica de 10 kilómetros por segundo en órbita baja, un fragmento de apenas 1 milímetro puede dañar los sistemas de un satélite, y uno de más de 1 centímetro provocar su destrucción parcial o total. El precedente que cita el informe es la colisión de 2009 entre el satélite comercial estadounidense Iridium y el ruso Kosmos-2251 a 800 kilómetros de altura, el primer choque accidental entre dos satélites intactos, que generó más de 2.000 fragmentos rastreables todavía en órbita.
La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) estima que un escenario tipo Kessler supondría pérdidas mundiales de unos 165.000 millones de euros, mientras que la evaluación de impacto de la propuesta de Ley Espacial europea eleva a un 2,56% del PIB mundial el golpe hipotético de perder el acceso al espacio. Sin llegar a ese extremo, el coste ya es tangible: las maniobras de evitación consumen combustible y acortan la vida útil de las misiones, y se prevé que su número se multiplique por 2,5 entre 2019 y 2059, hasta suponer entre el 5% y el 10% del coste total de una misión.
Europa ya ha sufrido las consecuencias de esta congestión. En 2021, un satélite del sistema de navegación Galileo permaneció dos semanas fuera de servicio tras una alerta de riesgo de colisión, un dato que el informe subraya porque aproximadamente el 10% del PIB de la Unión Europea depende de la navegación por satélite. El sistema europeo de vigilancia y seguimiento (EU SST), en el que participan 19 Estados miembros, detectó en 2025 más de 30.000 conjunciones o aproximaciones peligrosas entre objetos, de las que 4.500 fueron de alto interés —más de diez al día— y el 81% se produjo en órbita baja.
El número de satélites registrados en el servicio europeo de evitación de colisiones ha pasado de 63 en 2016 a 723 en agosto de 2026, aunque el informe recuerda que ninguna entidad internacional centraliza todos los datos del tráfico espacial. A ese vacío de coordinación se suma otro riesgo creciente: las reentradas incontroladas de objetos, cuyo umbral de probabilidad de víctima se sitúa habitualmente en 1 entre 10.000 por reentrada, aunque el riesgo agregado podría llegar a 0,1 víctimas al año en 2030 según las previsiones del documento, que cita también el riesgo de que un avión sea alcanzado por un fragmento.
La congestión orbital también afecta a la observación astronómica, en un momento en que otros proyectos científicos buscan respuestas fuera de los laboratorios, como muestra una expedición hispano-argentina que viajará en diciembre a los Andes para examinar un posible geoglifo. Los satélites y restos en órbita reflejan la luz solar y elevan el brillo del cielo nocturno al menos un 10%, dejan estelas en las imágenes astronómicas e interfieren con la radioastronomía, además de dificultar la detección de asteroides potencialmente peligrosos que se aproximen a la Tierra.

