El artículo 4 del Tratado del Atlántico Norte permite a cualquier aliado convocar consultas cuando considera amenazada su seguridad, sin activar la respuesta armada colectiva que sí prevé el artículo 5. La iniciativa comunitaria buscaba dotar a la Unión de un foro equivalente y de un mecanismo de reacción propio, de modo que un ciberataque contra infraestructuras energéticas o un sabotaje en redes de telecomunicaciones pudiera desencadenar una respuesta conjunta de los Veintisiete sin recurrir a la Alianza liderada por Washington.
La jefa de la diplomacia europea, Kaja Kallas, ha advertido de que el encuentro entre el ministro de Exteriores alemán, Johann Wadephul, y su homólogo ruso, Sergei Lavrov, terminó sin avances, una circunstancia que interpreta como prueba de que el Kremlin no tiene intención de negociar. Ese resultado ha reforzado, a la vez, a los partidarios de dotar a la UE de herramientas propias de disuasión y a quienes prefieren no abrir un frente institucional nuevo mientras la OTAN siga siendo el paraguas de seguridad de referencia.
Varios Estados miembros, sobre todo los más integrados en la arquitectura de la Alianza, han trasladado su incomodidad ante la posibilidad de que un mecanismo europeo de respuesta automática solape competencias con la OTAN o genere ambigüedad sobre quién decide activar una réplica militar. Esa cautela remite a un debate que atraviesa la construcción europea desde la firma del propio Tratado del Atlántico Norte en 1949: el equilibrio entre una defensa común comunitaria y la dependencia estructural de la garantía estadounidense.
El funcionamiento de la política exterior y de seguridad común, que exige unanimidad o mayorías cualificadas reforzadas, dificulta que una cláusula de este tipo salga adelante sin el respaldo explícito de los grandes socios con capacidad militar, entre ellos Alemania, Francia y Polonia. La discusión llega en paralelo a otros expedientes que reflejan la misma tensión entre soberanía europea y dependencia exterior, como la reforma que prepara Bruselas para permitir cortes selectivos de suministro eléctrico en crisis, o el plan de Alemania y Países Bajos para desarrollar chips de inteligencia artificial sin depender de Estados Unidos.
La Unión ya había dado un paso previo en defensa colectiva con la aprobación de los primeros proyectos de interés común orientados a sistemas antidrones y al refuerzo del flanco este del continente, un movimiento que anticipa la voluntad de Bruselas de reforzar su autonomía estratégica frente a lo que distintos gobiernos describen como una campaña sostenida de acciones híbridas rusas contra el continente.
Kallas, que desde su llegada al cargo de Alta Representante para Asuntos Exteriores ha defendido una postura de firmeza frente al Kremlin, insiste en que el episodio entre Wadephul y Lavrov confirma la falta de voluntad negociadora de Moscú, un argumento con el que presiona a los socios reticentes para que no cierren la puerta por completo al proyecto de Von der Leyen, aunque sea en una versión reducida o aplazada a un debate posterior del Consejo Europeo.


