MUFACE, la Mutualidad General de Funcionarios Civiles del Estado, cubre a los empleados públicos de la Administración General del Estado desde su creación en 1975, como heredera de un sistema de previsión social específico para funcionarios que se remonta a mediados del siglo XX. Su particularidad es que ofrece a los mutualistas la posibilidad de elegir cada año entre la sanidad pública autonómica o entidades aseguradoras privadas concertadas, un modelo de libre elección que no tiene equivalente exacto en el resto del sistema sanitario español. En torno a un millón de titulares y beneficiarios —funcionarios en activo, jubilados y familiares— han optado por la vía concertada frente a los servicios públicos autonómicos.
El nuevo concierto, que cubre el trienio 2025-2027, eleva la financiación hasta los 4.808,5 millones de euros, frente a los cerca de 3.532 millones del acuerdo precedente. El incremento de 1.276,5 millones se traduce en una subida acumulada de la prima media del 41,2%, un ajuste que el Gobierno ha presentado como necesario para evitar que las aseguradoras abandonaran el sistema. Óscar López defendió el acuerdo como un "esfuerzo sin precedentes" del Ejecutivo, con el que, según sostuvo, se garantizaba la continuidad del mutualismo administrativo durante los próximos tres años.
La renovación contrasta con la posición sostenida por Mónica García, que en distintas comparecencias ha cuestionado el modelo de mutualismo administrativo y ha reclamado "ir internalizando de manera progresiva" a sus beneficiarios dentro de la sanidad pública gestionada por las comunidades autónomas. La ministra ha vinculado esa transición a criterios de equidad dentro de un sistema nacional de salud universal, frente a la existencia de un circuito sanitario diferenciado para los funcionarios.
La clave para entender la aparente contradicción reside en el reparto de competencias. MUFACE no depende del Ministerio de Sanidad, sino del Ministerio para la Transformación Digital y de la Función Pública, en virtud de la estructura orgánica del Gobierno. Esto significa que, aunque Sanidad pueda fijar posición política sobre el modelo, las decisiones ejecutivas sobre financiación, primas y renovación de conciertos recaen en exclusiva sobre el departamento de López. Dos ministerios del mismo Ejecutivo de coalición mantienen así enfoques distintos sobre el mismo asunto sin que ello implique una ruptura formal de la política sanitaria.
Desde el punto de vista normativo, el marco de MUFACE se rige por el texto refundido de la Ley sobre Seguridad Social de los Funcionarios Civiles del Estado, aprobado por Real Decreto Legislativo 4/2000, que establece el derecho de los mutualistas a elegir modalidad de asistencia sanitaria cada año dentro de los plazos fijados por la propia mutualidad. Los conciertos con las entidades de seguro se renuevan periódicamente mediante concurso público, en el que las aseguradoras deben aceptar las condiciones económicas ofertadas por el Estado para mantener su presencia en el sistema.
En los concursos previos, varias aseguradoras habían advertido de la posibilidad de retirarse del concierto si no se revisaban al alza las primas, alegando el desajuste entre lo que percibían del Estado y el coste real de la asistencia prestada a una población mutualista envejecida. Ese contexto de tensión con el sector privado ayuda a explicar la magnitud del incremento aprobado para el trienio 2025-2027, muy superior a las subidas registradas en convocatorias anteriores. El proceso de licitación llegó a tener que reformularse en ocasiones anteriores ante la falta inicial de ofertas suficientes.
El debate sobre el futuro de MUFACE no es nuevo. En la anterior legislatura, sectores del espacio de Sumar plantearon revisar el modelo de conciertos por considerarlo una fórmula de sanidad privada financiada con fondos públicos. Frente a esa crítica, organizaciones de funcionarios y mutualistas han defendido la continuidad del sistema, esgrimiendo el grado de satisfacción y la rapidez de acceso a especialistas de la vía concertada. Entre las centrales sindicales, CSIF ha defendido tradicionalmente la libertad de elección, mientras CCOO y UGT se han mostrado más abiertos a explorar fórmulas de integración progresiva sin supresión inmediata de los derechos de los actuales mutualistas.
Los presupuestos generales del Estado recogen la partida destinada a las tres grandes mutualidades de funcionarios —MUFACE, MUGEJU e ISFAS, esta última para el personal de las Fuerzas Armadas—, que en conjunto representan una fracción minoritaria pero significativa del gasto sanitario público gestionado por la Administración General del Estado. El modelo de mutualismo administrativo ha sobrevivido a sucesivos debates de reforma desde la Transición sin que ninguno haya alterado su arquitectura básica de libre elección.
El desenlace de este pulso interno dentro del Gobierno de coalición dependerá de la evolución del concierto renovado y de si Sanidad logra articular una propuesta legislativa concreta para la integración de MUFACE en el Sistema Nacional de Salud, algo que hasta la fecha no se ha traducido en ninguna iniciativa normativa formal presentada ante las Cortes Generales. Mientras tanto, el concierto firmado por Función Pública garantiza la continuidad del modelo actual, al menos, hasta 2027, cuando expirará su vigencia y deberá abrirse un nuevo proceso de licitación.

