El punto de partida se remonta a 2013, año en que la contaminación atmosférica en Pekín alcanzó su máximo histórico con esos 89,5 microgramos de media anual. Episodios de smog severo, con visibilidad reducida y recomendaciones sanitarias de no salir a la calle, colocaron a la capital china en el punto de mira de organismos internacionales. Ese mismo año, el Gobierno central y el municipal aprobaron un plan de acción específico contra la polución atmosférica centrado en dos focos: el transporte y la industria pesada.
Doce años después, los datos oficiales muestran una tendencia sostenida de mejora, sin retrocesos significativos. La Oficina Municipal de Ecología y Medio Ambiente sostiene que la evolución no responde a un fenómeno coyuntural ligado a condiciones meteorológicas puntuales, sino a una reducción constante de las emisiones procedentes del tráfico y de la industria pesada.
Menos días de smog severo, más jornadas de aire limpio
Uno de los indicadores más reveladores es el de los episodios de contaminación grave. A comienzos de la década de 2010, Pekín acumulaba decenas de jornadas al año con niveles calificados como severos por el Índice de Calidad del Aire chino, condicionando la actividad económica y la vida cotidiana de la ciudad. En 2025, según los mismos registros municipales, solo una jornada alcanzó ese umbral crítico. En paralelo, la capital registró 311 días con niveles bajos o aceptables de PM2.5, la cifra más alta desde que se inició la monitorización sistemática de la calidad del aire.
Las PM2.5 son partículas de un diámetro inferior a 2,5 micrómetros, lo suficientemente pequeñas como para penetrar en los pulmones y llegar al torrente sanguíneo. Su exposición prolongada se asocia a un mayor riesgo de enfermedades respiratorias y cardiovasculares, motivo por el que se han convertido en el indicador de referencia para medir la calidad del aire urbano en las grandes ciudades del mundo.
Pese a la mejora, Pekín todavía no cumple la referencia de la Organización Mundial de la Salud, que sitúa el límite recomendado de exposición media anual en 10 microgramos por metro cúbico de PM2.5, muy por debajo de los 27 registrados en la capital en 2025. La distancia con ese estándar sanitario internacional pone en perspectiva el alcance de la mejora: notable en términos relativos, pero aún insuficiente frente a los criterios de salud pública más exigentes.
Entre las medidas que las autoridades chinas señalan como determinantes figura la retirada progresiva de vehículos antiguos y contaminantes, sustituidos por parques de coches sometidos a estándares de emisiones equivalentes a la normativa europea Euro 6, y la limitación de la circulación durante los episodios de alta contaminación mediante sistemas de matrículas pares e impares, fórmula que otras megaciudades como Ciudad de México o Nueva Delhi han ensayado con resultados desiguales.
La ampliación de la red de transporte público ha sido otro de los pilares del plan. Pekín ha extendido de forma sustancial sus líneas de metro y su flota de autobuses en la última década, con el objetivo de reducir la dependencia del vehículo privado. A ello se suma un control más estricto sobre la industria pesada, en particular las plantas de acero, cemento y las centrales térmicas de carbón del área metropolitana y de provincias vecinas como Hebei, tradicionalmente señaladas como una fuente relevante de la contaminación que llegaba a la capital arrastrada por el viento.
Del Gran Smog de Londres al reto pendiente
China no es el único país que ha afrontado un reto de esta magnitud. Londres vivió su punto de inflexión tras el Gran Smog de 1952, que provocó miles de muertes y llevó a la aprobación de la Ley del Aire Limpio de 1956, pionera en la regulación de la contaminación atmosférica urbana. Los Ángeles, por su parte, redujo drásticamente sus niveles de ozono y partículas a partir de la década de 1970 gracias a normativas de emisiones para vehículos que sirvieron de modelo para buena parte de la legislación ambiental estadounidense posterior.
La comparación histórica sitúa el caso de Pekín como uno de los procesos de mejora más rápidos documentados en una gran metrópoli, aunque los organismos internacionales de salud insisten en que la reducción de partículas debe mantenerse en el tiempo y extenderse a otras ciudades chinas de tamaño similar, muchas de las cuales siguen registrando niveles considerablemente superiores a los de la capital.
La mejora de la calidad del aire se enmarca en la política ambiental china, en paralelo a los compromisos de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero asumidos en el Acuerdo de París, del que el país es signatario desde 2016. Pekín se ha fijado alcanzar el pico de sus emisiones de carbono antes de 2030 y la neutralidad climática en 2060, unos plazos que la Agencia Internacional de la Energía considera exigentes dado el peso que el carbón mantiene en la matriz energética del país.
De cara a los próximos años, la atención de las autoridades ambientales se centrará en consolidar la tendencia y extender las medidas aplicadas en Pekín a otras regiones industriales, donde persisten niveles de contaminación muy superiores. El reto, según los responsables municipales, no es solo mantener los avances, sino acercar la capital al umbral de 10 microgramos que marca la OMS como referencia de salud pública.


