Shageyev encarna uno de los episodios más simbólicos de la anexión rusa de Crimea de 2014: como oficial de la Armada ucraniana, entregó a Moscú el Zaporiyia, el único submarino con el que contaba entonces Ucrania, en un gesto de deserción que aceleró el desmantelamiento de las fuerzas navales ucranianas en la península. Tras aquel episodio se incorporó a las Fuerzas Armadas rusas y ascendió hasta convertirse en subcomandante de la brigada de submarinos con base en Sebastopol, un puesto de relevancia dentro de la estructura militar que Rusia mantiene en la ciudad desde entonces.
Su muerte, más de una década después, se produce en un contexto de sabotajes y atentados selectivos contra figuras vinculadas a la administración rusa en los territorios ocupados de Ucrania, una modalidad de acción que rara vez es reivindicada oficialmente por ninguna de las partes. Razvozháyev ha atribuido el asesinato a un encargo de los servicios secretos ucranianos; Kiev, por su parte, no ha reconocido ni desmentido formalmente su implicación, en línea con la pauta habitual de las operaciones de inteligencia, que no suelen asumirse públicamente.
El segundo suceso registrado en la ciudad, con la muerte de cuatro artificieros y un vigilante durante las labores de desactivación de un artefacto, apunta a un dispositivo de considerable complejidad, aunque las autoridades locales no han detallado el tipo de explosivo empleado ni su objetivo original. Sebastopol, sede histórica de la Flota del Mar Negro rusa desde el siglo XVIII y base naval estratégica para Moscú incluso antes de 2014, ha sido escenario recurrente de ataques ucranianos con drones marinos y aéreos a lo largo de la guerra, dada su importancia logística para las operaciones rusas en el mar Negro.
La jornada ha estado marcada además por un ataque ruso con dron contra un tren de pasajeros en la región ucraniana de Odesa, que ha causado la muerte del maquinista y su ayudante. El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, ha asegurado que el convoy transportaba a unas 340 personas y ha denunciado que el aparato tenía como objetivo una infraestructura civil, no un blanco militar. Moscú no se ha pronunciado sobre este ataque concreto.
Ataques a refinerías rusas y protesta por los comicios ocupados
En territorio ruso, una refinería de petróleo situada en Orsk, región de Oremburgo, ha suspendido por completo su actividad tras un ataque con drones ucranianos. El gobernador regional, Yevgeni Solntsev, ha señalado que la metralla dañó infraestructuras esenciales cuya reparación podría demorarse hasta seis meses, un plazo que atribuye a las dificultades para importar equipos técnicos debido a las sanciones que la Unión Europea, Estados Unidos y otros socios occidentales impusieron a Rusia tras la invasión a gran escala de febrero de 2022.
Los drones ucranianos también alcanzaron la refinería Gazprom Neftekhim Salavat, una de las mayores de Rusia, ubicada en la república de Bashkortostán, donde se declaró un incendio en instalaciones próximas pertenecientes a la plataforma de comercio electrónico Wildberries, conocida como el «Amazon ruso» por su volumen de negocio en el país. Estos ataques se enmarcan en una campaña ucraniana sostenida contra la infraestructura energética rusa, con el objetivo declarado de mermar los ingresos petroleros que financian el esfuerzo bélico del Kremlin.
Rusia y Ucrania protagonizaron el jueves un intercambio de restos de soldados fallecidos, un mecanismo humanitario repetido en distintas ocasiones desde el inicio de la invasión de febrero de 2022. Según las autoridades ucranianas, Rusia entregó 261 cuerpos que Moscú identifica como pertenecientes a militares ucranianos, mientras que Kiev transfirió 24 cuerpos a la parte rusa. Este tipo de canjes, junto a los intercambios de prisioneros, constituye una de las escasas vías de contacto operativo que ambos bandos han mantenido a lo largo del conflicto.
El gesto ha coincidido con una protesta de Kiev por la celebración de elecciones al Parlamento ruso en las regiones ucranianas ocupadas por Moscú. El Gobierno ucraniano sostiene que cualquier proceso electoral organizado por Rusia en territorio reconocido internacionalmente como soberanía ucraniana carece de validez jurídica, en línea con la posición de la mayoría de los países occidentales y con resoluciones previas de la Asamblea General de Naciones Unidas que no reconocen las anexiones rusas de 2014 y 2022. Moscú defiende que esos territorios forman parte de la Federación Rusa tras los referendos que organizó, no reconocidos por la comunidad internacional.
Paralelamente, y según informa la agencia Reuters, Kiev ha trasladado a Moscú, a través de un país mediador cuya identidad no ha trascendido, una propuesta para que ambas partes cesen los ataques contra buques civiles en el mar Negro, con el objetivo de restablecer un corredor seguro para el transporte de cereales. Moscú no ha respondido a la iniciativa. La navegación comercial en el mar Negro y el mar de Azov se ha visto afectada desde julio por ataques que han alcanzado a cerca de 220 embarcaciones, según la citada agencia.
El propio jueves, Rusia atacó el puerto ucraniano de Izmail, en la región de Odesa, situado en las proximidades de la frontera con Rumanía. Este enclave ganó relevancia logística para las exportaciones agrícolas ucranianas después de que la Iniciativa de Cereales del Mar Negro, pactada en 2022 con mediación de Turquía y Naciones Unidas para permitir la salida de grano por vía marítima, quedara en suspenso tras la retirada rusa del acuerdo en julio de 2023.
La combinación de estos episodios —el atentado en Sebastopol, los ataques a infraestructuras energéticas y portuarias y la disputa por la legitimidad de los comicios en los territorios ocupados— confirma que, más de cuatro años después del inicio de la invasión a gran escala, el conflicto sigue sin una vía de negociación estable. Ambos bandos combinan gestos humanitarios puntuales, como el intercambio de cadáveres, con la continuidad de operaciones militares y de sabotaje en la retaguardia del adversario, mientras la propuesta ucraniana sobre el mar Negro queda pendiente de una respuesta rusa que no tiene plazo fijado.


