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Japón estudia usar la isla de Minamitori para tierras raras y residuos nucleares

Tokio evalúa el potencial del islote del Pacífico, rico en minerales críticos, para reducir su dependencia de China en plena tensión regional.

Por Redacción de El Hemiciclo· · Actualizado:
4 min de lectura
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El Gobierno de Japón evalúa destinar la remota isla de Minamitori, en el océano Pacífico, a un doble uso: la extracción de tierras raras y el almacenamiento de residuos nucleares, según ha trascendido este agosto de 2026.

Minamitori, también conocida como Marcus Island, es un atolón de apenas 1,51 kilómetros cuadrados situado a unos 1.850 kilómetros al sureste de Tokio, en pleno océano Pacífico. Administrada por la Fuerza de Autodefensa Marítima japonesa, alberga una base militar y una pista de aterrizaje, pero carece de población civil permanente. Su relevancia estratégica ha crecido en la última década tras hallazgos geológicos que sitúan en sus fondos marinos yacimientos de tierras raras entre los más ricos del planeta.

Estudios previos atribuidos a la Universidad de Tokio y a la Agencia Japonesa para las Ciencias y Tecnologías Marino-Terrestres (JAMSTEC) sostienen que los sedimentos en torno a la isla contendrían depósitos de itrio, disprosio, terbio y otros elementos esenciales para la fabricación de imanes permanentes, baterías, semiconductores y componentes de defensa. Esas evaluaciones calculaban reservas potenciales para cubrir la demanda japonesa durante décadas, si bien la extracción a profundidades superiores a los 5.000 metros plantea desafíos técnicos y económicos aún sin resolver.

El interés japonés responde a un problema de concentración de la oferta. China controla, según datos del Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) correspondientes a 2024, en torno al 60% de la producción mundial de tierras raras y un porcentaje aún mayor de su procesamiento, lo que le otorga una posición dominante en la cadena de suministro de tecnologías críticas para la electrónica, la automoción eléctrica y la defensa. Pekín ha utilizado en varias ocasiones las restricciones a la exportación de estos materiales como instrumento de presión diplomática, lo que ha empujado a Japón, Estados Unidos y la Unión Europea a buscar fuentes alternativas.

En ese marco se inscribiría la evaluación gubernamental sobre Minamitori, que buscaría no solo diversificar el origen de las tierras raras sino resolver en paralelo uno de los problemas más persistentes de la política energética japonesa: la gestión de los residuos nucleares generados por sus centrales. La combinación de ambos usos en una misma infraestructura insular reduciría, según la propuesta que se baraja, los costes logísticos y evitaría la oposición social que suele generar la instalación de almacenes nucleares en el territorio principal.

Japón mantiene desde el accidente de Fukushima, en 2011, una política energética marcada por la cautela hacia lo nuclear, aunque el Gobierno ha revertido parcialmente esa tendencia en los últimos años ante la necesidad de garantizar la seguridad energética y cumplir objetivos de descarbonización. El país no dispone todavía de un almacén definitivo para el combustible nuclear gastado, un problema compartido por buena parte de las potencias con programas atómicos y que en España, por ejemplo, ha alimentado décadas de controversia en torno al Almacén Temporal Centralizado.

Precedentes de instalaciones nucleares en islas remotas

La elección de un enclave remoto y deshabitado para concentrar instalaciones sensibles no es novedosa en la política nuclear internacional. Estados Unidos utilizó el atolón de Bikini, en las Islas Marshall, para sus pruebas atómicas entre 1946 y 1958, y Francia empleó Mururoa, en la Polinesia, con fines similares hasta 1996. Ambos precedentes dejaron un legado de contaminación radiactiva y litigios que las autoridades japonesas previsiblemente querrían evitar mediante protocolos de seguridad más estrictos si finalmente se opta por Minamitori.

La evaluación llega en un momento de fricción diplomática entre Japón y Rusia. Putin viajó recientemente a las islas Kuriles, un archipiélago que Japón reclama parcialmente bajo la denominación de Territorios del Norte y cuya soberanía disputan ambos países desde el final de la Segunda Guerra Mundial. El Ministerio de Asuntos Exteriores ruso ha calificado de «inviolable» la soberanía rusa sobre el archipiélago, en una declaración que ha reavivado un contencioso sin resolver desde 1945 y que ha impedido la firma de un tratado de paz formal entre Moscú y Tokio.

Ese pulso territorial se solapa con la disputa por los minerales en un tablero donde Japón trata de reforzar su autonomía estratégica frente a dos vecinos con los que mantiene fricciones: Rusia, por las Kuriles, y China, por las islas Senkaku (Diaoyu, en la denominación china) en el mar de China Oriental. Estados Unidos ha intensificado su cooperación con Tokio en materia de seguridad de suministro de minerales críticos, un ámbito que la Casa Blanca declaró prioritario desde 2022 mediante distintas órdenes ejecutivas orientadas a reducir la dependencia occidental de China.

Organizaciones ecologistas y expertos en derecho marítimo han advertido en el pasado sobre los riesgos de instalar infraestructuras nucleares en zonas sísmicamente activas del Pacífico, una región donde Japón sufre con frecuencia terremotos y tsunamis, como demostró el propio desastre de Fukushima. Cualquier propuesta de almacenamiento en Minamitori tendría que abordar esas objeciones, previsiblemente con estudios geológicos específicos sobre la estabilidad del atolón y su entorno submarino.

El Gobierno japonés no ha ofrecido hasta ahora un calendario oficial ni una confirmación definitiva sobre el proyecto, que se encontraría en fase de estudio de viabilidad técnica y ambiental. Cualquier decisión de este calado requeriría, conforme a la legislación japonesa de energía atómica y a los compromisos suscritos por Tokio ante el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), someterse a evaluaciones de impacto y a un proceso regulatorio que podría prolongarse varios años antes de una eventual puesta en marcha.

A falta de una confirmación oficial más amplia, Minamitori se perfila como un ejemplo de cómo la competencia por los materiales críticos está redibujando prioridades estratégicas en Asia-Pacífico, entrelazando energía, defensa y disputas territoriales heredadas de la posguerra. Las eventuales comunicaciones del Ministerio de Economía, Comercio e Industria japonés deberían aclarar en los próximos meses si el proyecto avanza hacia una fase de desarrollo concreto o queda, como otras iniciativas similares, en el terreno de la exploración técnica.

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