El recinto más emblemático, según estas informaciones, sería el Palacio Real de Fez, que ocuparía una superficie equivalente a unos 80 campos de fútbol y cuya entrada estaría flanqueada por siete grandes puertas decoradas con azulejos y elementos dorados. El complejo albergaría, además de las dependencias reales, instalaciones educativas vinculadas a la corte, en línea con la tradición de las escuelas palaciegas que en Marruecos han formado históricamente a las élites cercanas al trono.
La residencia oficial del monarca sería, sin embargo, el Palacio Dar al-Makhzen de Rabat, situado en el recinto de Touarga, en el corazón de la capital. El edificio actual se levantó en el siglo XIX sobre construcciones anteriores, en un patrón habitual en la arquitectura palaciega marroquí, donde los sucesivos monarcas han reconstruido y ampliado recintos preexistentes en lugar de levantar residencias completamente nuevas. El acceso al recinto permanecería vetado al público, como sucede con la práctica totalidad de estas propiedades.
La red se extendería por buena parte del territorio marroquí combinando función política y uso estacional. En Bouznika, entre Rabat y Casablanca, existiría una residencia empleada para periodos de descanso, actividades cinegéticas y encuentros oficiales, aprovechando su proximidad al océano Atlántico. En el norte, el Palacio Real de Tetuán y el Palacio de M'diq, conocido como Palacio de Rincón, servirían para las estancias estivales de la familia real, este último con un embarcadero privado que permitiría el acceso directo al Mediterráneo.
Marrakech, ciudad imperial y uno de los principales destinos turísticos del país, alojaría otra de las grandes residencias reales, de origen histórico y remodelada en distintas épocas. En sus proximidades se encuentra el Palacio de la Bahía, uno de los monumentos más visitados de la ciudad, que en ocasiones habría acogido recepciones oficiales de la Casa Real, aunque su gestión cotidiana estaría más orientada al uso turístico y patrimonial que al residencial.
El patrimonio atribuido a Mohamed VI trascendería las fronteras marroquíes. Entre las propiedades en el extranjero figuraría el castillo de Betz, en Francia, heredado del rey Hassan II, padre del actual monarca, fallecido en 1999 tras casi cuarenta años de reinado. A esta herencia se sumaría la adquisición de un palacete en el distrito VII de París, cerca de la Torre Eiffel, por una cantidad que se ha estimado en unos 80 millones de euros, una cifra que, de confirmarse, situaría la operación entre las compras inmobiliarias de mayor cuantía realizadas por una casa real extranjera en la capital francesa.
Mantener una infraestructura de estas dimensiones exigiría una organización considerable. Seguridad permanente, jardinería, personal doméstico, conservación de edificios históricos y preparación de las residencias para visitas oficiales conformarían una maquinaria que funcionaría de manera continua, incluso en los periodos en que el monarca no reside en ellas. Algunas estimaciones sitúan en más de un millar los empleados vinculados a este entramado, aunque las cifras oficiales no se han hecho públicas por parte del Majzén, el entramado de poder que rodea a la monarquía alauita.
Un hermetismo con raíces históricas
El secretismo sobre las finanzas de la Casa Real marroquí no es un fenómeno nuevo. A diferencia de otras monarquías europeas, que publican presupuestos detallados sometidos a control parlamentario, la dotación de la Casa Real marroquí se integra en los Presupuestos Generales del Estado bajo la partida de la Lista Civil, una asignación cuyo desglose no se somete a fiscalización pública detallada. Esta opacidad contrasta con el papel institucional del monarca, que en la Constitución de 2011 —reformada tras las protestas del movimiento 20 de febrero, enmarcadas en la Primavera Árabe— conserva competencias amplias como jefe del Estado y como Comendador de los Creyentes, título que le otorga autoridad religiosa suprema en el país.
El patrimonio de la monarquía alauita se enmarca en una tradición de acumulación de propiedades reales que se remonta a los sultanatos previos al protectorado franco-español (1912-1956) y que, tras la independencia, se ha mantenido y expandido bajo los reinados de Mohamed V, Hassan II y el actual Mohamed VI, coronado en 1999. Los holdings empresariales vinculados a la Corona, como el grupo Al Mada (antiguo ONA), han sido objeto de escrutinio por su peso en sectores estratégicos de la economía marroquí, desde la minería hasta la banca.
Marruecos, con una renta per cápita en torno a los 3.700 dólares según el Banco Mundial en su último informe disponible, mantiene fuertes contrastes sociales que han alimentado periódicamente el debate público sobre el patrimonio real, un asunto que sin embargo permanece prácticamente ausente de los medios marroquíes debido a las restricciones legales que protegen la figura del monarca frente a la crítica, contempladas en el Código Penal del país. Organizaciones como Human Rights Watch y Reporteros Sin Fronteras han documentado en sus informes anuales condenas a periodistas y activistas por publicaciones relacionadas con la Casa Real, lo que dificulta la verificación independiente de datos como los relativos a estas propiedades.
Las cifras que circulan sobre el patrimonio real marroquí proceden mayoritariamente de estimaciones periodísticas internacionales y de trabajos de investigación publicados fuera del país, sin que el Palacio Real haya emitido desmentidos ni confirmaciones oficiales. Esa ausencia de respuesta deja sin corroborar extremos como el número exacto de empleados, el valor total del patrimonio o la superficie agregada de todas las residencias.
En un contexto de reformas económicas impulsadas por Rabat para atraer inversión extranjera y de una proyección internacional creciente de Marruecos —marcada por la organización conjunta del Mundial de fútbol de 2030 junto a España y Portugal—, el patrimonio de la monarquía seguirá siendo, previsiblemente, un asunto tratado con la misma discreción que ha caracterizado a la institución durante décadas. La cita mundialista, que llevará a Marruecos a construir y renovar estadios e infraestructuras, situará al país bajo un foco mediático inédito en el que la transparencia de sus instituciones volverá al primer plano.


