La recomendación se enmarca en la campaña divulgativa «Close Before You Doze» («cierra antes de dormir»), impulsada por el FSRI. Los ensayos, replicados en distintos escenarios de incendio doméstico, comparan de forma sistemática lo que sucede en una habitación con la puerta cerrada frente a otra con la puerta abierta mientras el fuego avanza por el resto de la vivienda.
Los resultados, según esos estudios, son contundentes. En una habitación con la puerta cerrada, la temperatura se mantendría por debajo de los 37,7 grados centígrados, un ambiente todavía respirable durante los minutos que tarda en llegar la ayuda. En la misma estancia, pero con la puerta abierta, la temperatura podría superar los 537,7 grados, una diferencia de hasta 500 grados que resultaría incompatible con la supervivencia.
La puerta cerrada actuaría también como barrera frente a los gases tóxicos que genera cualquier incendio. Según los mismos trabajos, el nivel de monóxido de carbono en una habitación cerrada podría mantenerse en torno a las 1.000 partes por millón, mientras que en una con la puerta abierta esa cifra se multiplicaría por diez, hasta las 10.000 partes por millón, una concentración capaz de provocar la pérdida de conciencia en poco tiempo.
Por qué el margen de escape se ha reducido
A estos factores se suma un cambio material que explicaría por qué la recomendación resulta hoy más urgente que hace décadas. Los materiales sintéticos que componen la mayoría de los muebles, colchones y elementos decorativos actuales arden con mayor rapidez que los materiales naturales empleados en el pasado, lo que habría reducido de forma drástica el tiempo de reacción disponible ante un incendio doméstico.
Según las estimaciones divulgadas por el FSRI, hace cuatro décadas una persona podía disponer de hasta 17 minutos para evacuar una vivienda en llamas antes de que la situación se volviera crítica; hoy ese margen se habría reducido a menos de tres minutos en muchos casos. El cambio se atribuye a la sustitución progresiva de fibras naturales como la madera, el algodón o la lana por derivados del petróleo en el mobiliario y la decoración del hogar.
En ese contexto, cualquier elemento capaz de ganar unos minutos adicionales se convertiría en un factor determinante. Una puerta cerrada retrasa la propagación de las llamas, limita la entrada del oxígeno que alimenta el fuego y ralentiza la acumulación de humo y gases tóxicos en la habitación, ganando así tiempo para que los ocupantes escapen o sean rescatados.
La preocupación por estos materiales no es nueva. Ya en los años setenta y ochenta, coincidiendo con el auge de los plásticos en el mobiliario doméstico en Europa y Estados Unidos, distintos cuerpos de bomberos comenzaron a alertar sobre la mayor toxicidad y velocidad de combustión de estos productos frente a las fibras naturales empleadas hasta entonces. La diferencia, cuatro décadas después, es que la evidencia experimental permite cuantificar ese cambio de riesgo.
Las medidas que complementan el gesto
Los servicios de extinción subrayan que cerrar la puerta del dormitorio no sustituye al resto de medidas básicas de seguridad, sino que las complementa. La instalación de detectores de humo en cada planta de la vivienda, con revisión periódica de su funcionamiento, sigue considerándose la primera línea de defensa, al permitir detectar el fuego en sus fases iniciales.
Los cuerpos de bomberos recomiendan además tener pensado de antemano un plan de escape con al menos dos rutas de salida posibles desde cada habitación. Mantener las llaves de puertas y ventanas accesibles durante la noche evitaría perder tiempo buscándolas en plena emergencia. Entre las recomendaciones reiteradas figura también evitar la sobrecarga de los enchufes del dormitorio, dado que los fallos eléctricos se sitúan entre las causas más habituales de los incendios domésticos que se producen mientras los ocupantes duermen.
En España, la normativa de protección contra incendios en edificios de viviendas, recogida en el Código Técnico de la Edificación, regula elementos como la resistencia al fuego de puertas y paredes o la instalación de sistemas de detección en función del uso y la altura del inmueble, pero no obliga a mantener cerradas las puertas de las habitaciones durante la noche, una decisión que queda en el ámbito de los hábitos personales y sobre la que inciden estas campañas.
Los propios investigadores del FSRI defienden que su mensaje no pretende sustituir a los protocolos oficiales de los servicios de bomberos de cada país, sino complementarlos con un gesto cotidiano y fácil de recordar. La eficacia de la medida, según esos estudios, no dependería de la antigüedad ni del tamaño de la vivienda, sino de un principio físico básico: cuanto más aislada esté una habitación del foco del incendio, más tiempo transcurre antes de que las condiciones en su interior se vuelvan letales.

